14.1 C
Puebla
lunes, septiembre 25, 2023

¿Y en dónde queda el m-art-keting?

Más leídas

La frivolidad del espíritu y la trascendencia del alma, la pérdida de la consciencia y la apertura del corazón, represión mental y libertad, Kotler y Renoir: ¿qué tienen en común estos conceptos?, ¿en qué se relacionan?, ¿por qué hablamos de dualidades?

Resulta que después de varias tazas de café e insomnio tratando de relacionar dos campos que podrían parecer distantes y opuestos, llegué a la conclusión de que la mercadotecnia y el arte son amigas íntimas. Sí, quizá suena extraño o poco convincente; sin embargo, tiene mucho sentido cuando recordamos que Kotler definió a la mercadotecnia como un medio para obtener lo que los individuos necesitan y desean mediante la creación e intercambio de productos y valores con otros, mientras que, por su lado, el arte plástico es una expresión que moldea materiales para componer imágenes y formas con el fin de mostrar una perspectiva de la realidad o la visión que se tenga del contexto en el que se desarrolle, además de buscar plasmar valores estéticos y transmitir emociones con las que la gente se identifique.

Si pensamos en la mercadotecnia, rápidamente se nos vienen a la mente nombres como Mc Donald’s, Coca-Cola, Apple, Disney, etc. Pensamos también que son grandes corporativos que se han adueñado del mercado y han sabido explotar nuestras emociones para después vendérnoslas a un precio más alto por el placer de vernos reflejados en algo, de sentirnos identificados. ¿Cuál ha sido siempre la necesidad del ser humano por pertenecer? Nos debemos, como raza, a una larga historia de agrupación y búsqueda de supervivencia, misma que aumentó en grupo según precede la historia; a su vez, encontramos que el ser humano necesita plasmar sus vivencias, contarle al mundo lo que hace, dejar una huella en el tiempo porque no hay nada peor que el olvido o la trivialidad.

Quizá somos sólo demasiado egocéntricos y nos gusta decir “sí soy” cuando vemos un meme en Facebook, o leemos algo que nos recuerde una memoria, un sentimiento, una emoción. Es aquí donde entra el arte. Desde las pinturas rupestres, el arte bizantino, la pintura flamenca, el renacimiento, el barroco, rococó, hasta el impresionismo y expresionismo -entre otras vanguardias-, hemos maravillado nuestras pupilas con la belleza plasmada en superficies; la transformación de la materia en algo majestuoso nos produce placer o desagrado, nos hace sonreír o llorar, nos revela detalles del pasado e, incluso, nos critica bajo el pincel de alguien que nos pinta como nos percibe.

La función del arte va más allá de la representación de lo bello y lo divino: busca compartir un momento y plasmar en el tiempo la sutileza del comportamiento humano, o lo que nos recuerda un paisaje aun cuando nunca hayamos estado ahí. El arte trafica emociones y, uso el término traficar porque somos esclavos de nosotros mismos y la imagen social que debemos mantener, renegando de nuestros propios sentimientos y únicamente permitiéndonos soñar de noche, llorar con Titanic y sonreír con los girasoles de Van Gogh. El arte trafica emociones que nos ayudan a sobrellevar la carga de la existencia, porque ¿qué somos si no bestias que no sienten cuando vagamos por el mundo sin algo a lo que podamos aferrarnos?

Desde mi punto de vista, la mercadotecnia hace exactamente lo mismo, sólo que, en lugar de la noche estrellada, nos hace llorar con un comercial de Coca-Cola porque dice que en familia todo es mejor y qué mejor forma de unirnos que con una Coca en la mesa para compartir. Emociones, valores, sentimientos, la mercadotecnia es más que una estrategia de venta masiva. Somos vendedores de sueños y deseos, cargamos en nuestra maleta la pregunta de “¿qué necesitas?”, lo estudiamos y te mostramos un rollo de papel higiénico como el deseo de que al salir del baño estarás satisfecho de haber utilizado 16 capas de pura suavidad.

Podría parecer que la mercadotecnia sólo se trata de lucrar con la tendencia más reciente, pero en realidad comerciamos con recuerdos y valores como la familia, el amor, la amistad. Quizá Disney nos venda un pase para subirnos a una montaña rusa, pero en realidad nos regala la magia de volver a ser niño. Tal vez Starbucks vende café, pero en realidad nos regala la experiencia de que pongan nuestro nombre en un vaso, muchas veces mal escrito y poco legible, pero es nuestro vaso. La importancia de la identificación radica en la pertenencia y la búsqueda de un vínculo; en recordarnos que atribuirle valor emocional a un objeto o experiencia, nos acerca a la esencia más allá de lo que cueste.

El arte y la mercadotecnia son amigas, se complementan y se necesitan. Tan simple y complejo como que Renoir prefería centrarse en capturar el comportamiento humano en lugar de los paisajes como hicieron muchos de sus colegas impresionistas, como Monet. La mercadotecnia se centra en las personas, en lo que necesitan, desean, quieren y anhelan; es tan impresionista como un cuadro de Pissarro y tan barroca como la catedral de Puebla, así que, sin afán de echarle flores a mi bisne, es necesaria porque sin alguien que nos transporte a un momento, aroma, sabor, recuerdo, experiencia y de más, el arte perdería fuerza y sentido, así como nosotros.

Es entonces cuando nos percatamos de la importancia de conocer la forma de introducirse al mundo del dinero y la promoción; si bien el corazón es guía para plasmar nuestras ideas, el dinero es un impulsor para darlas a conocer. En la realidad poco romántica en la que vivimos, para ser un gran artista se necesita más que talento, se necesita un gancho fuerte para generar empatía con lo que se hace; esta generación busca la conexión con algo desesperadamente, pues hoy en día es difícil establecer vínculos duraderos, pero ¿cómo lograr enganchar al público con mi obra?

La mercadotecnia es un campo muy extenso para estudiar y se encuentra en constante evolución, sin embargo, hay ciertas fórmulas que podemos aplicar para tener un punto de partida, así que estos son algunos de los pasos que considero que todo aquel que tenga en mente vivir de su arte, y darse a conocer, debería seguir:

En primer lugar, es necesario definir el estilo propio. Una obra no tiene que ser una epifanía de algo jamás antes visto –cosa poco realista en esta la era de la información y las telecomunicaciones–, sino algo que impacte y se distinga para que tenga capacidad de permanencia en la mente de los consumidores.

Lo que me lleva al segundo punto: definir e identificar al público objetivo, es decir, a quién buscas dirigir tu arte, qué sector de la población podría interesarse en lo qué haces y cómo podrías con el tiempo, generar una comunidad que te respalde.

Es necesario realizar un análisis de tus ventajas y desventajas en el mercado respecto a tu competencia directa e indirecta. ¿Qué hace bien tu competencia que a ti podría funcionarte? ¡Ojo! No se trata de copiar su trabajo, sino de analizar las estrategias que implementa para determinar cuál es su ventaja competitiva sobre la tuya si es que la tiene y cómo eso puede ayudarte a impulsar tu negocio, en este caso, tu marca personal es tu arte.

Cuida de tu imagen y reputación. Si bien no es necesario parecer un miembro de la monarquía inglesa, sí que es importante estudiar a profundidad qué es lo que se quiere comunicar con lo que hacemos, cómo vestimos, la forma en que hablamos e incluso nuestro aroma; en este caso, deberás poner atención a lo que buscas proyectar con tu arte y si quieres que esté estrechamente relacionado con tu imagen pública; reitero, no hay nada mejor que tener un estilo propio y distinguible.

Utiliza las redes sociales de forma estratégica. Si lo que buscas es posicionar tu marca y tu trabajo, debes ser constante y desarrollar una estrategia que te funcione de acuerdo a los puntos analizados previamente. Define qué tanto relacionarás tu vida privada con la profesional y si buscas que la gente empatice contigo, debes mostrarte lo más real que los filtros te permitan.

Relaciónate con cuentas y personalidades que, más allá de tener muchísimos seguidores, tengan algo en común con tu trabajo; de esta forma crearás una identidad conjunta y un estilo, así que será más sencillo que si estás comenzando en esto de la merca, la gente te identifique si tu obra tiene algo que ver con lo que le muestra su algoritmo o sus intereses en común con quienes te desenvuelves.

Estos son sólo algunos tips muy básicos que bien aplicados te permitirán comenzar a abrirte camino en este universo de posibilidades, incluso existe un término denominado “branding art”, que busca integrar a la estética con el desarrollo y creación de una marca utilizando la iconografía de sus productos: un ejemplo claro es Ágatha Ruíz de la Prada con Clōe, Moschino y muchas marcas más que se han valido de este recurso y, hoy en día, son un ejemplo a seguir en este artículo escrito por una mercadóloga en formación.

De vez en cuando, la frivolidad del espíritu y la trascendencia del alma convergen para recordarnos que vivimos en una constante dualidad, entre vida y muerte, belleza y fealdad, felicidad y tristeza, blanco y negro; pero que entre ambos hay matices, escalas de color y muchísimas texturas para hacer de la vida y sus detalles, algo que contar.

Más artículos

Últimas noticias

Nada fácil

41 años con sus noches