El primer libro que leí no lo escogí yo. Me lo impusieron. Y, curiosamente, eso fue lo mejor que pudo haberme pasado como lectora.
Se llamaba La tregua, de Mario Benedetti, y llegó a mis manos en la secundaria, cuando la profesora de literatura nos obligaba —sin remordimiento alguno— a llevar un libro y terminarlo. No había opción: o leías o leías. A mí me funcionó.
Me gustó La tregua. Es un libro digerible, perfecto para primeros lectores, y esa manera de contar una historia de amor en forma de diario me atrapó como suele atrapar todo lo que huele a romance cuando una es adolescente.
Tan me funcionó la estrategia de “obligarnos a leer” que después busqué más libros de Benedetti. Novelas, cuentos, poemas. Me los devoraba. Me gustaban… hasta que dejaron de hacerlo. Porque el uruguayo —hay que decirlo— abusó del tema del exilio político y llegó un momento en que sentí que estaba leyendo siempre el mismo libro con distinto título.
Irónicamente, aunque La tregua y los poemas a Laura Avellaneda los recuerdo con cariño por haber sido mi primer acercamiento al amor leído, fue Como Greenwich, un cuento del libro Geografías, el que más me marcó en esa edad de cambios hormonales y emocionales. Para entonces ya había descubierto a Jaime Sabines —mi poeta favorito— y podía sentir en esas letras una soledad muy específica. Esa resequedad del corazón que una cree definitiva cuando tiene quince años.
Le comparto al hipócrita lector un pasaje del mencionado cuento:
“—Sin embargo, hay una cosa que para vos tendría que ser reveladora. El solo hecho de que estés haciendo pucheros, de que tengas esas bárbaras ganas de llorar, eso significa que no estás fuera, que no estás al margen. Si realmente estuvieras al margen, te sentirías seca, más aún, reseca.
—¿Y vos cómo lo sabés?
Quiñones ha tomado un cigarrillo y trata de encenderlo, pero la operación demora un poco porque al fósforo le ha dado un inexplicable temblor.
—¿Cómo lo sé, eh? Porque yo sí he estado seco. Reseco.”
Me acordé de Benedetti estos días porque, en mi trayectoria como lectora joven, encontré un poema suyo —muy básico, si usted quiere— para desear feliz cumpleaños.
Y porque Gael, mi hijo, lleva ya varios días tachando el calendario de este 2026, contando cuántos faltan para su cumpleaños… y para el mío, que es apenas tres días antes. Cada día que pasa se emociona, me abraza y, desde ya, me felicita.
Él, a diferencia de mis lecturas adolescentes, no me ha hecho sentir reseca. Al contrario: me ha llenado el corazón con abrazos, risas y muchos “te amo”.
Para mi hijo y para mí, feliz cumpledías.
“Como siempre”
-Mario Benedetti
Aunque hoy cumplas
trescientos treinta y seis meses
la matusalénica edad no se te nota cuando
en el instante que vencen los crueles
entrás a averiguar la alegría del mundo
y mucho menos todavía se te nota
cuando volás gaviotamente sobre las fobias
o desarbolás los nudosos rencores.
buena edad para cambiar estatutos y horóscopos
para que tu manantial mane amor sin miseria
para que te enfrentes al espejo que exige
y pienses que estás linda
y estés linda
casi no vale la pena desearte júbilos
y lealtades
ya que te van a rodear como ángeles o veleros.
es obvio y comprensible
que las manzanas y los jazmines
y los cuidadores de autos y ciclistas
y las hijas de los villeros
y los cachorros extraviados
y los bichitos de san antonio
y las cajas de fósforos
te consideren una de los suyos
de modo que desearte un feliz cumpleaños
podría ser injusto con tus felices
cumpledías
acordáte de esta ley de tu vida
si hace algún tiempo fuiste desgraciada
eso también ayuda a que hoy se afirme
tu bienaventuranza
de todos modos para vos no es novedad
que el mundo
y yo
te queremos de veras
pero yo siempre un poquito más que el mundo.

