La muerte de Alfredo Bryce Echenique no se siente primero como la desaparición de un escritor. Se siente como el silencio súbito de una conversación que llevaba décadas ocurriendo. Una de esas conversaciones que uno no siempre recuerda cuándo empezó.
En mi caso empezó con Martín Romaña.
No exagero si digo que durante años conversé con él como se conversa con ciertas personas que, sin estar presentes, forman parte de la vida cotidiana. Martín Romaña, ese limeño desorientado en París, sentimental hasta el desastre, irónico hasta la autodefensa, fue para muchos lectores algo más que un personaje. Era alguien con quien se podía discutir sobre el amor, sobre el ridículo inevitable de la vida adulta, sobre la melancolía de los latinoamericanos que se descubren extranjeros incluso dentro de sí mismos.
Bryce tenía ese talento extraño: sus personajes terminaban adquiriendo una densidad humana que los volvía interlocutores. Yo también conversé muchas veces con Pedro Balbuena. Y con Octavia de Cádiz. A veces lo hacía literalmente, releyendo La vida exagerada de Martín Romaña o El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, y otras veces de una forma más íntima, como ocurre con los personajes que se quedan a vivir en la memoria. Bryce no construía criaturas literarias: creaba presencias.
Por eso Un mundo para Julius sigue siendo una de esas novelas que uno vuelve a abrir con una mezcla de ternura y asombro. Julius mira el mundo de los adultos con una claridad moral que ningún adulto posee. La aristocracia limeña, con su elegancia fatigada y su ceguera social, aparece allí retratada con una ironía que nunca se vuelve cruel. Bryce entendía algo fundamental: que la comedia es muchas veces la forma más precisa de la compasión.
Con los años volví muchas veces también a la que sigo creyendo su obra más perfecta: No me esperen en abril. Hay novelas sobre la juventud, y luego está esa novela que logra capturar el momento exacto en que uno empieza a entender que crecer significa perder algo. Manongo Sterne atraviesa ese territorio con la mezcla de entusiasmo, torpeza y tristeza que todos reconocemos demasiado bien. Bryce escribía sobre el amor con una sinceridad peligrosa, como si todavía creyera en él incluso mientras se burlaba de sus propias ilusiones.
Lo conocí en Lima, en una de esas tardes que terminan convirtiéndose en noche sin que nadie lo decida. Yo presentaba El dinero del diablo, y Bryce apareció con esa mezcla suya de timidez y entusiasmo, como si siempre estuviera ligeramente sorprendido de encontrarse en medio de una reunión literaria. La conversación se alargó durante horas. Bryce contaba anécdotas que parecían capítulos de sus propias novelas. Se reía de sí mismo con una facilidad desarmante. Y, como en sus libros, una historia llevaba a otra hasta que la noche limeña terminó envolviendo la conversación y las cantidades infinitas de alcohol.
Era imposible hablar con él sin sentir que la vida misma estaba siendo narrada.
En estos días he vuelto a leer algunas páginas suyas. No sólo a Julius. También a Martín Romaña, que sigue paseando por París con su corazón desordenado. Y uno descubre algo curioso: Bryce no escribía para construir una obra monumental, sino para seguir conversando con nosotros. Sus novelas tienen el ritmo de las digresiones, de los recuerdos mal contados, de las confesiones que empiezan en broma y terminan revelando algo verdadero.
Quizá por eso su muerte pesa tanto. Porque cuando muere un escritor así no desaparece solamente una obra. Se interrumpe una voz que llevaba décadas acompañándonos. Y de pronto uno vuelve a abrir sus libros como quien marca un número antiguo esperando escuchar del otro lado la risa familiar.
Pero esta vez el teléfono ya no responde. Y lo que queda, inevitablemente, es una sensación muy parecida a la orfandad. Alzo mi copa y te digo salud, querido Alfredo.


