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domingo, enero 18, 2026

Ese afán de presumir

Ese afán de presumir

Nunca he entendido a las personas a las que les gusta llamar la atención con las marcas que presumen, los coches que manejan, los accesorios que los adornan o hasta el café que se van a tomar. Como si la vida fuera una pasarela permanente y estuviéramos obligados a presumir para ganarnos un lugar en el mundo.

Constantemente me aparecen en redes sociales sugerencias de influencers cuyo único talento consiste en abrir cajas. Bolsas de mano, ropa, gadgets, relojes: cualquier cosa con el logotipo visible merece ser desempacada frente a una cámara. Yo, que soy curiosa por naturaleza —y chismosa por disciplina— termino viendo el video… pero, sobre todo, leyendo los comentarios.

Debería existir ya un verbo para eso, ¿no? Para eso que todos hacemos: fisgonear, husmear en los comentarios. Porque aceptémoslo, suelen ser mucho mejor contenido que el post original. Ahí están los que envidian, los que critican, los que se burlan y los que, sin haber sido invitados, opinan de la vida, el gusto y la solvencia económica del prójimo. Miles con algo que decir.

Ante ese espectáculo me he formulado varias teorías, ninguna comprobada científicamente, pero todas intentando responder a la misma pregunta: ¿de dónde viene ese afán de presumir?

Una de ellas es que hay un profundo sentimiento de inferioridad que se intenta subsanar pagando por esas marcas. Como si el precio elevado viniera acompañado de un certificado de valía personal. Aunque, pensándolo bien, eso no los vuelve superiores, sino más bien esclavos de las grandes marcas… y regresamos al punto de partida.

Otra posibilidad es la falta de afecto. Tal vez creen que pueden “brillar” generando envidia. O que la atención —buena o mala— es mejor que el anonimato. Que no importa si hablan bien o mal, con tal de que hablen. Una especie de aplauso ruidoso, incómodo y hueco.

También está la teoría más compasiva: las carencias de la infancia. Esa necesidad de decirle al mundo —y quizá a uno mismo—: “¿ves?, ahora sí tengo lo que antes no”. Presumir para curar una herida que sigue ahí, aunque venga envuelta en bolsas de lujo. Aunque, ¿no saldría más barato —y más efectivo— pagarse una terapia?

A veces pienso que este comportamiento será material de análisis para los humanos del futuro. Algún estudioso se preguntará por qué, teniendo acceso a tanta información, decidimos usar la tecnología para mostrar bolsas, zapatos y cafés espumosos, o para aplaudir a quienes presumían sus Versace, Louis Vuitton, Mercedes-Benz o hasta el oso de Starbucks. Quizá concluya que, en medio de tanta incertidumbre, necesitábamos pruebas visibles de que existíamos y de que valíamos algo.

Tal vez no sea una cuestión de lujo, sino de vacío. Y ese vacío no se llena con la admiración de desconocidos a través de una pantalla ni gastando miles de pesos en marcas solo para aparentar. Al final, lo único que queda es la persona que uno es cuando nadie está mirando.

No lo sé de cierto, como diría Sabines. Pero me inquieta esta idea de medir a las personas por lo que compran y no por lo que piensan, sienten o hacen. Me entristece pensar que este afán de presumir dice menos de lo que se tiene y más de lo que se carece.

Como sea, prefiero aplaudir —y sí, también envidiar un poco— a quien escribió un libro, compuso una buena canción o pintó una obra de arte. Mea culpa.

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