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lunes, marzo 4, 2024

¿Estamos todos bien?

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Las redes sociales exhiben muchos de los vicios y carencias de la gente, empezando por la gran necesidad de aceptación y reflectores que casi todos tenemos; es por eso que la foto de perfil es la mejorcita que encontramos en el carrete, y además, si se puede, de paso la perfeccionamos con un filtro que nos borre la pata de gallo, nos quite el grano o nos ponga almendrado el ojo.

Pero dejemos fuera por un momento el tema de la imagen personal: la pantalla que queremos mostrarle a los demás pasada por la cosmética y anteponiendo, claro, los momentos felices y los supuestos logros que nos brinda la chamba. Ahora observemos un poco las palabras, lo que piensa la gente.

Mark Zuckerberg es un perverso, ¡obviamente!, ya que después de hacernos poner una foto que dé la cara por nosotros, incluye un espacio en blanco que dice “¿qué estás pensando?”. Cosa complicada en estos tiempos, cuando pensar es una actividad, o bien en desuso o bien peligrosa.

Los que piensan demasiado y profundamente son en su mayoría pesimistas, y las redes no quieren nunca gente negativa, más bien están abarrotadas de almas desgraciadas (pero buena onda) que lo único que buscan es, precisamente, deambular y perder el tiempo en el viboreo sin tener que pensar demasiado.

En sucesos importantes, escandalosos, coyunturales o sorprendentes, la turba solitaria que vive para navegar y se informa superficialmente, utiliza ese espacio del “qué estás pensando” para hacer notorias sus grietas mentales, su poco sentido común, su fanatismo y la estrechez de criterio y visión.

Ayer tembló.

Sí, otra vez en 19 de septiembre como en el 85 y en el 2017, y de ese evento sobreviene una cascada de estulticias.

La banda proto-iluminada siempre va a querer encontrar el secreto ulterior o la razón conspiracional de las cosas.

Busca desesperadamente llamar la atención de los otros, pero con una falta de originalidad sin límites.

Entrar al Facebook o al Twitter después de que tembló por tercera vez en un mismo día del mes es toparte con una vorágine de frases hechas que se repiten hasta el infinito. Pensamientos ramplones se vuelven memes y aquellos quienes los repiten creen que contribuyen en algo.

Esto sin mencionar que dentro de un mundillo artificial que más bien sirve para aislarse y evadir realidades, en sucesos como los ya mencionados a todos les brota un sentimiento de solidaridad y amor al prójimo, cuando lo único cierto es que a esos mismos que se lo pasan escribiendo “¿todos bien en casita?” lo que les gustaría recibir como respuesta es que no, que la neta al vecino o al amigo con el que chatean o al que estalkean le cayó una viga y le rompió la pierna o que la casa del tipo al que envidian en silencio se vino abajo y apachurro a toda la familia.

Esa es la respuesta que genuinamente quieren recibir los preguntones que se esbozan como los samaritanos más preocupados.

¡Sangre ajena, zozobra, desgracia y muerte para poder seguir dentro de la red!, alimentándose de miseria y pensar (sin tuitearlo) “ah, pues yo no estoy tan jodido”, y así continuar metidos en una conversación que les haga valer su día.

El lector disculpará este arrebato, pero es que es increíble cómo dentro de este espacio hecho de aire e imágenes falsas, una gran mayoría siente que abona en algo a la conversación pública mediante mitos geniales y aseveraciones ridículas, por no mencionar a los que se toman todo el día para dar sus respectivas versiones apocalípticas, conspiranoides y pleyadianas.

Cada vez que tiembla o que alguien importante muere o sucede alguna catástrofe, me dan ganas de cerrar mis redes sociales… (lo mismo han de decir muchos cuando ven mis publicaciones), sin embargo, lo que más me apena es descubrir que gente allegada a mí, hombres y mujeres que respeto, caigan en la trampa de subirse al tren de mame o de mentir descaradamente para convivir.

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