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lunes, enero 10, 2022
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Don Pedro: Autor del Quijote

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Sancho amigo, has de saber que yo nací

por querer del cielo en esta nuestra edad

de hierro para resucitar en ella la de oro,

o la dorada, como suele llamarse.

Cervantes, Don Quijote…

 

Conocí a don Pedro Ángel Palou Pérez, como dice el tango, cuando las nieves del tiempo ya habían plateado su sien. Es decir, lo conocí en su mejor momento, en estado absolutamente fáustico: ya con los toros pasados lo que quedaba de la jornada era contar lo bailao.

Y me lo ha contado todo, sus mil aventuras, aquellas épicas triunfantes y, también, aquellas justas perdidas. Y es que uno se imagina con personajes como él, que salieron airosos ante el juicio de la historia, que todo en ellos fue laureles y guirnaldas. Todo lo contrario, los espíritus así, que intentan reformar la vida pública, encuentran en el camino muchísimas trampas para oso. Recuerdo cuando me contó los días nublados en que la prensa poblana derramó contra él hígado en su tinta. Lo llamó el entonces gobernador don Guillermo Jiménez Morales, don Pedro pensaba lo peor, que ante los embates de la mala prensa, el gobernador habría cedido y que seguramente lo removería, pidiéndole la renuncia. Cruzaron miradas más bien cómplices, no hubo amonestación alguna, el gobernador se limitó a decirle que si la mala leche de la prensa continuaba así por varios años, entonces sí lo removería. El sarcasmo de don Guillermo fue el salvoconducto para que don Pedro sintiera el respaldo suficiente como para fraguar el día a día de las actividades culturales en Puebla y también para erigir las instituciones culturales dignas de nuestro Estado. Fueron muchos los políticos que creyeron en don Pedro Ángel Palou, y esto hay que decirlo: don Pedro sabía convencer a los hombres de poder, poseía ese don de encanto y genio que, como decía Ortega y Gasset, aparecen uno por siglo. Tuvimos la suerte de que Puebla contara con ese genio y figura.

Decía que conocí a don Pedro en sus mejores años, cuando su pensamiento quijotesco armonizaba con una silueta cada vez más parecida a la estampa del caballero de la Mancha. Lo conocí cuando finalmente lograron convivir en aromonía su genio quijotesco y su figura quijotesca. Y es que don Pedro algún día, quizás abrumado de haber leído tantos libros de historia de Puebla, se levantó y decidió prolongar en los hechos ese esplendor glorioso de Puebla. Esta vez no desenfundó la lanza del astillero, simplemente tomó su sombrero del perchero y salió corriendo a reescribir una nueva era dorada, a reproducir un sueño de oro, a enamorar a los poblanos de Puebla, a velar las armas de los héroes caídos y a convencer al mundo de que la belleza y la inteligencia bien valen la vida de un hombre.

Conocí a don Pedro en su mejor momento, justo cuando terminaba de escribir su propio Quijote. (Nada nuevo, diría Borges, a todas las almas que desean un arcano mayor nos da por hacer lo del manco de Lepanto.) Siempre quise hacerle dos preguntas, y sólo me atreví a una: ¿se arrepiente de no haber salido de Puebla? Me contestó a la manera del de la triste figura: Yo me quedé aquí por el amor de los poblanos. El amor, como para Quijote, siempre fue su faro y a veces, su puerto. La segunda pregunta nunca la hice. Hoy la hago: ¿Por qué Sancho Panza nunca acudió a su llamado?

En el fondo sabemos la respuesta, muy adecuada para alguien con la naturaleza del profe Palou, a quien los hados siempre favorecieron: “Lo que natura non da, Salamanca non presta”.

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