Diana Sánchez
(Para ti, mi querida Gabi, un aullido hasta las estrellas, dejaste una gran huella en mi corazón y por fortuna en la cultura poblana.
Como buena necia pudiste llevar a la acción la frase de la canción de Silvio Rodríguez “yo me muero como viví”).
Este escrito es para que, quienes no tuvieron el gusto de conocer a Gabi Puente, sean capaces de derrotar la creencia de que no se puede conocer a alguien que ya no se encuentra físicamente; porque, recordemos, uno puede llegar a esbozar un criterio de alguien a raíz de lo que otros hablan de ese alguien.
Cuando conocí a Gabi me pareció de las pocas personas capaces de ser auténtica (muy a la anti poblana), sin poses (muy a la poblana, creyendo que no las tenía, pero la realidad es otra) y con un sentido del humor impecable, cargado de un cinismo encantador.
Después conocí su poesía, porque primero fueron las ya acostumbradas pláticas en Profética; ella, amiga de amigos.
No era necesario convivir con Gabi tanto tiempo para darse cuenta de su postura ante la vida. Como los grandes precursores del movimiento beat, ella cumplía con muchas de las características: un cansancio y constante crítica por las posturas morales, un discurso transgresor, promulgando la libertad sexual y las adicciones —que ante su postura nunca parecían mala idea— y, bueno, no podemos dejar de lado una posición económica privilegiada que permitía dichos permisos sin morir en el intento. Y aquí es donde comienza el convivir, y con-beber, a su lado; alma siempre joven, con todo lo que eso implicaba e implicó. Primero, hablando de cine. Así la conocí, gracias a Café con cine y su tan contundente crítica: no puedes fingir algo que no eres, decía. Y esa crítica no sólo iba al cine y el arte sino al caminar de la vida.
Siempre apasionada del cine, lograba hacer crítica desde su percepción literaria y en general del lenguaje que se podía manejar en una propuesta cinematográfica, justo esa era una de sus virtudes, hacer crítica de cine sin la pose y la pretensión de querer ser crítico.
Ella que se atrevió a escribir esas letras salvajes pero estudiadas desde la rabia y de ese amor-odio de un lugar privilegiado, desde la ferocidad de quien a través de ese lugar puede aportar a proyectos culturales y literarios, pero al mismo tiempo evidenciando de una manera un tanto cínica aquellas actitudes de esa sociedad a la que pertenece.
Gabi no sólo lo escribía, sino que fue de las mujeres valientes que, pese a todo, decidió ser ella misma, incapaz de hacer juicios (al menos morales) a los demás, le daba un permiso de ser, y te invitaba a hacerlo, no sólo con palabras sino acciones cotidianas pero contundentes.
Con un corazón sensible, pero rockero, humor ácido y cínico, recuerdo que solía decir: en mi casa hay pura vieja, refiriéndose a su familia nuclear, que para vivir en Puebla era todo un caso.
Rechazando dicha moralidad poblana era alguien que invitaba a la rendición-derrota de tus propias sombras, reconocerlas y jugar con ellas. Era alguien que daba el permiso como quien no ve mal portarse “mal”. Alguien que auténticamente llevaba sus escritos a una coherencia, y forma de vida, y he ahí lo interesante de su obra. No sólo se leían como simples anécdotas de café, restaurantes, bares y calles. Su poesía buscaba derrotar la forma ortodoxa de las estructuras convencionales, pero sabemos que hay una norma muy clara: para romper las reglas hay que conocerlas primero. Una cosa es pretender hacerlo y otra es tener el conocimiento, y técnica, para realmente romperlas e invitar al estudio de estas.
Pocos han tenido la fortuna de Gabi en el sentido de que la postura como creadora artística fuera llevada a la vida, y viceversa. Siempre me pregunté si su forma de ser era llevada a las letras o su postura ante las letras, y el arte, era lo que la llevaba a vivir su día a día. Creo que la respuesta a esa interrogante no importa, ella sólo era y ya.
Como creadora feroz que gozaba de transgredir, cuestionar y mover a la cultura, lograba hacerlo con quienes compartía una charla; eso sí, esto no era posible si no tenía confianza en ti, cabe mencionar que para ganarte dicha confianza solo pedía lo que ofrecía (ser genuino y auténtico), tan simple y a la vez complejo en esta ciudad.
Nunca logró sonsacar una borrachera mía, sin embargo, gracias a su libertad pude inspirarme para vivir la mía, para tumbar muchos juicios y abrirme a re-conocer aquello que nunca me habría dado permiso de aceptar en mí. Y eso sólo lo logran personas coherentes con su camino. Podría confesar que mi grado de pipope bajó gracias a su influencia, y me dejó el regalo de relaciones que sin su apertura e impulso no me habría dado permiso a mí misma de experimentar.
Generadora de cambio cultural como aquel beat (derrota) cual senda en la tierra o el rumbo que llevan las aeronaves, y no solo hablo de la alta cultura sino de aquel cultivo que forjamos día a día como gotas de agua sobre la piedra con nuestras acciones diarias, ella con su manera de vivir fue esa gota rompiendo los estereotipos poblanos sociales (culturales) de los que tanto se burlaba, pues a ella no le contaban que se escondía tras bambalinas. Histriónica por naturaleza pero paradójicamente no tan extrovertida, hacía de sus presentaciones toda una experiencia performática. Gabi como los de la generación beat siempre desafío los límites impuestos sociales, culturales, sexuales… puedo casi asegurar que los odiaba, tanto que ella nunca se los auto impuso, le parecían tan absurdos muchos discursos que, vivía como alguien que no se autoproclamaba feminista, pues esos temas en sí no eran de su interés, pues odiaba el mal gusto de un discurso vacío o de pose.
Como cualquier personaje que no se conoce por dichos discursos sino por sus acciones, acciones que muchas veces Gabi disfrutaba realizar desde la sombra, su gran aliada. Y los que pudimos conocer, aunque fuera un poco de ese paraíso sombrío sin duda fuimos marcados y convidados a cambiar algo en nosotros mismos.
Esto, entre otras cosas más, fue el legado y puente que dejó Gabi .