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jueves, junio 20, 2024

Extravagancias en el paraíso

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Las confusiones no suelen tener recompensas, al menos no tan dulces e ilustrativas como aquella ocasión en la que, animado por la posibilidad de admirar una rara colección de ingenios de relojería, me apersoné en el museo Philippe–Patek del barrio de Acacias, en la ciudad de Ginebra. Sin embargo, grande fue mi desencanto en el momento en que miré el aviso donde se indicaba que dicha exhibición temporal no se encontraba abierta al público ahí, sino en un inmueble en la calle del Comercio, cerca del lago Léman. 

Estaba a punto de desistir cuando se acercó a mí una bella señora de mediana edad, a quien llamaré Eliza. Al notar mi contrariedad se ofreció a llevarme hasta allá, pues también estaba interesada en echar un ojo a dicha muestra de la casa relojera donde los mecanismos que persiguen el tiempo se convierten en joyas irrepetibles.  

Luego fuimos a cenar. Compartimos el gusto por el novelista Rodolfo Töpffer (1799-1846) y el filólogo y etnólogo Adolfo Pictet (1799–1875), ambos torales en el desarrollo cultural ginebrino de mediados del siglo XIX. Eliza sugirió un cierto Chardonnay para acompañar la cena, néctar de uva blanca que resultó una escalera al cielo donde mis sentidos se regodearon durante un buen rato.  

Por razones en las que no viene al caso detenerse, Eliza es conocida en las casas de subasta del antiguo Ginebra. Un día me invitó a una sesión de golpes de adrenalina apaciguados mediante inyecciones de equanil. Quedamos de vernos en el número 12 de la calle del Mont-Blanc. Ahí tiene su sede la conocida casa de subastas Christie´s, que hace unos días sufrió un ataque a su base de datos; los hackers pidieron rescate para no revelar la identidad de inversionistas y coleccionistas. 

Adentro se dejan ver mujeres ejecutivas un tanto glamorosas y hombres parsimoniosos con aires de suficiencia, si bien Eliza me asegura que todos ellos son licitadores que representan a alguien más, excepto alguno que otro extravagante fetichista ricachón.  

El martillero es un convincente subastador, pues consigue esta vez que todas las piezas del lote, entre las cuales destaca un juego de té chino con 800 años de antigüedad, dos samovares del carbonero del zar Nicolás II y un bacín que alguna vez utilizó la reina María Antonieta en sus aposentos de Versalles, se aprecien como el dueño nunca lo hubiera imaginado. Eliza se burla diciendo que el martillero espera que un día pase por aquí a besarle las manos. 

Persistimos en cultivar la costumbre de compartir la cena. Eliza me platica que no hace mucho se llevó a cabo una subasta peculiar. No se trató de un cuadro oculto detrás de otro famoso, ni de una pieza escultórica extraviada, tampoco de un manuscrito incunable. Se pujó una fuerte cantidad de dinero por una sola pluma de ave. 

– ¿De veras? –pregunté incrédulo. 

– Del pájaro huia –siguió diciendo ella–, especie que alguna vez habitó en las montañas de Nueva Zelanda.  

– ¿Y cuánto se pagó por ella? 

– Poco más de 28 mil dólares norteamericanos (46,500 dólares neozelandeses), cuando se esperaba que no rebasara los tres mil. 

Estas pequeñas aves saltarinas de agradable trino fueron sagradas para los Mäori; los jefes de las tribus lucían en sus penachos las plumas más hermosas y coloridas, mientras que sus familias solían comerciarlas. Entonces llegaron los colonizadores europeos, quienes las agregaron a su gabinete de caprichos, un objeto del deseo más de coleccionistas y snobs que iban a Nueva Zelanda, el sitio de moda. Así acabaron con la especie. Pero no con el plumaje. El apetito humano por lo exótico despertó la ambición de algunos granujas astutos, me aseguró Eliza, quienes conservaron pocos ejemplares. 

Para consuelo de quienes pudieron admirarla durante la subasta en Auckland, la pluma se encontraba dentro de un marco cuyo vidrio tiene protección UV, pues de otra manera los rayos solares acabarían con ella en poco tiempo. De hecho, quienes la vieron corroboraron la brillantez de sus colores. Además, el gobierno neozelandés obliga a mantener un registro de comprador autorizado, quien se compromete a no sacar del país este tipo de objetos culturales. 

Semejante puja me recordó una exposición temporal que pude ver en una sala remota del Museo del Louvre, en mayo de 2022. Allí se exhibía un espécimen de la llamada ave del paraíso, codiciada a lo largo de los siglos debido a su hermoso plumaje. Los primeros ejemplares se conocieron en Europa desde el viaje de Magallanes en 1522. 

Dado que llegaban destripados, la gente creía que nacían sin patas y así se desplazaban sobre el suelo. Fue hasta que se llevaron a cabo las colonizaciones del siglo XIX cuando los europeos pudieron observarlas vivas. Maravillados, les compraron a los naturales todos los individuos que quedaban con el propósito de venderlos en sus países de origen o en América. 

El gusto por lo exótico llevó al pintor John Glover a buscar nuevos derroteros. Inglés de nacimiento (1767), es considerado el pionero de la pintura paisajista australiana. Se dice que este hijo de granjeros comía mostaza todos los días a fin de conservarse saludable. Desde muy chico mostró talento para el dibujo, de manera que sus padres le pagaron clases con el ilustre paisajista William Payne. Glover adquirió notoriedad por sus escenas románticas, a la manera de los maestros italianos. 

A los 64 años, en 1831, decidió seguir un sueño extravagante: emigrar a la tierra de Van Diemen, la actual Tanzania. Allí mermó su salud, pero al fin pudo liberarse de los previsibles, ordenados jardines británicos a favor de la retorcida, inefable naturaleza salvaje. Como puede verse en el óleo Danza de indígenas de la región de Van-Diemen a la luz de la luna, pintado en 1840, los nativos son diminutas figuras fantasmagóricas, pequeños espectros en celebración, no importa cuánta algarabía proyecten, mientras que los verdaderos protagonistas son los gigantescos árboles, coronados por la montaña, las nubes grisáceas y una luna en cuarto creciente. 

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