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viernes, junio 14, 2024

Víctimas de la marea postelectoral

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La llegada de una mujer al poder máximo de la nación mexicana ha provocado, al parecer, no sólo festejos y algunas inconformidades poco sustentadas. Otro fenómeno que no ha tardado en emerger es el asalto —así, sin más vueltas o eufemismos— de la delincuencia cibernética contra personas deseosas de participar del festín de la victoria. Muchas de ellas salieron en meses previos de las distintas dependencias que conforman la red de servicios y atención a la ciudadanía en todo el país. Otras, en cambio, esperan desde hace mucho su oportunidad dorada. Al fin les llegó la victoria. Pero aguas… 

En Puebla, en una especie de blitzkrieg —táctica de guerra usada por Hitler para penetrar con fiereza y velocidad las filas de los países invadidos—, las llamadas de personas que se hacen pasar por funcionarios de Gobernación en busca de perfiles para tal o cual cargo empiezan a sonar como ejércitos enemigos entrando a estas tierras del mole y los chiles en nogada. Con una táctica muy bien planeada (tanto que parece perpetrada por gente del interior de las dependencias), primero contactan a una persona de alto nivel directivo, de preferencia de alguna institución de renombre (universidades casi siempre) que pueda recomendar personas para la noble tarea de poner orden en las vapuleadas arcas y los muy mal representados cargos directivos de ciertos sectores gubernamentales. Y digo “ciertos” porque hasta ahora sólo me consta dicho fraude en tres: el SAT, Educación, y la Secretaría de Cultura. Con el proverbial pretexto de “usted es el mero bueno, el que anda buscando la jefa (Sheinbaum, por supuesto) para poner alto a la mediocridad de los funcionarios ubicados en sus efímeros puestos por la casualidad y también por personas cercanas al jefe”, el asaltado da sus generales, dice a todo que sí, sí, por supuesto que quiero, se deja convencer por el canto de una sirena envejecida a juzgar por su voz aguardentosa que contrasta con la foto que de ella nos muestra el internet. Su nombre pretendido: Yolanda Carolina Saucedo Pérez. Llama del teléfono 5656006633, que de seguro es un desechable. El nombre es real, el cargo también. Lo que no puede ser real es la voz de la funcionaria. En las imágenes de internet la jefa se ve de unos treinta y pocos años. La voz al teléfono suena a la de una matrona cansada, fumadora, alcohólica y vieja.  Promete, entre otras cosas, inscribir al incauto en turno en el sindicato de trabajadores de la dependencia federal correspondiente y darle un puestazo directivo en la estatal. Por supuesto, los tambores resuenan, se oyen timbres de alarma, enloquecen las banderas rojas. ¡Fraude, fraude! Se oye la estentórea voz en la cabeza del futuro timado. Pero la familia es grande y el hambre aprieta. Como le han dicho que no lo haga jamás, ahí está poniendo dinero para que esas buenas almas lo inscriban en el sindicato y así “nadie te mueva, mucho menos la gente del nuevo gobernador”. Si se descontextualizaran esas palabras sonarían a broma macabra. Pero no, en el contexto de la información rápida y perentoria, el cerebro de la víctima se cierra. Sólo quiere cumplir. Nada más. Y suelta el dinero para “asegurar su lugar en el sindicato”. Y córrele al banco o de perdis al Oxxo. Ellos (y digo ellos porque una de las personas afectadas me dijo que eran varios en el trasfondo de las llamadas que le hicieron), insisten, no quitan el dedo del renglón: van a cerrar la plataforma, el sindicato quiere tener la seguridad de tu cumplimiento, deposita, deposita… 

Lo hacen (ahora lo sabemos) en las horas más tardías, para poder señalar el cierre de las opciones. No queda más que correr (si de verdad te interesa el puesto, le dicen), depositar y escuchar: “Mañana me traes los originales, no te preocupes”. Pero el dinero ya se fue. Está en la cuenta de una tal Salma, supuesta representante de los seguros de gastos médicos mayores de la casa GNP. 

A la mañana siguiente, no hay nadie en el Italian’s Coffee, lugar donde se realizaría la junta y la firma de los papeles. Sentada en una de las mesas pequeñas se halla una mujer que hojea una revista con demasiada atención. No mira el celular. Se embebe en las páginas de la publicación y mira distraídamente hacia el horizonte en momentos que parecen calculados. La víctima le pregunta si ella es la tal Yolanda Catalina (tiene más o menos la edad de la que aparece en el internet. También un cierto parecido).  La mujer no contesta con palabras. Sonríe, mueve la cabeza y eleva los hombros como descartando esa estúpida idea. Se niega a hablar. Quizá porque el tono de voz sería el de la defraudadora. De un golpe vuelve a su revista. A lo lejos, caminando a la mitad de la calle, transita una pareja. Parecen abuela y nieto. Ella, una viejilla enteca y de cabello corto, maltratado, entre tinte rojizo y canas, ve a la mujer sentada y le hace una seña. El nieto es un joven robusto con cara de pocos amigos.  La chica se aproxima y habla con ellos. A veces se vuelve hacia el local de café, como si el horizonte se hubiera trasladado ahí. Luego de parlamentar unos minutos de alejan con toda tranquilidad hacia el zócalo. El afectado piensa si ese trío no estará conformado por los perpetradores del fraude en el que cada vez está más seguro de haber caído. Y ¿qué tal si la joven estuvo escuchando su conversación nerviosa mientras hacía las primeras denuncias por el celular? A los sindicatos, a la institución que la recomendó, a la Fiscalía, a la persona de la cual tomaron la identidad y el nombre. Los extraños se alejan hacia el escurridizo horizonte. La víctima no lo sabe aún, pero el fraude está hecho. Los bancos no regresan dinero a los que caen en trampas, engaños, esquemas Ponzi, contratos de Moradigna, ahorros en la financiera Coofia o Sitma, cajas de ahorro, cooperativas, tandas incumplidas o mercadeo en red. Eso les pasa por no detener la velocidad de la conversación, por no colgar y volver a llamar, por no negarse a entregar el dinero que se ha ahorrado para asuntos, en esta época, vitales.  

Y como siempre le han hecho las personas de corazón roto y confianza fracturada, la víctima, ya posicionada como tal, lanza una maldición gitana a las livianas aguas del Telegram. La cuenta desaparece, la realidad grita y se desgreña. Antes de pedir la cuenta, el estafado piensa, al estilo del Sun Tzu: ante la inminente blitzkrieg, hay que actuar con rapidez y precisión, de otra manera los invasores se harán más fuertes y se adentrarán más en nuestro territorio. De ese día en adelante pontificará a quienes lo quieran oír:  

No hagamos caso de discursos que nos hablan de modificaciones aviesas a procesos establecidos en códigos y leyes. No demos nuestros datos a completos extraños. Antes de mandar dinero, colguemos, investiguemos. Quizá no se irá la oportunidad dorada de nuestra vida y sí, en cambio, nos evitaremos estar mandando maldiciones gitanas que, aunque los defraudadores no lo crean, sí funcionan. 

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