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sábado, marzo 28, 2026

Octavio Paz: la sonrisa de las estatuas

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Guillermo Sheridan

(Fragmento)

 

Cualquier guijarro lanzado al lago de la obra de un poeta, si es un gran poeta, producirá resonancias singulares. Por pequeño que sea, genera ondas que se expanden sobre el agua hasta alcanzar la ribera de sus grandes intereses o preocupaciones. Arrojaré sobre la obra de Octavio Paz una pequeña pregunta: ¿qué significa la risa, qué hay en una sonrisa? De entrada, se antojaría que es un asunto baladí: en nuestros días, la risa casi es sinónimo de tontería.

 

No es infrecuente que, a raíz de la muerte de Octavio Paz, al evocarlo, sus amigos lo recuerden sonriendo en sus últimos días. Es cierto. Lo recuerdo también así y es el recuerdo inicial por el que ingreso a otros. Quizás lo hago para protegerme de una inteligencia que, aunque generosa, era un tanto intimidatoria. Él se preguntó alguna vez, siguiendo a Aristóteles, por qué los hombres excepcionales en la filosofía, la ciencia, la poesía y las artes son melancólicos. Dudo que él lo fuera —aunque era excepcional. Del carácter melancólico, quizás le interesaba más el lloroso y pensativo Heráclito que la contraparte cordial y riente de Demócrito. Quizás se sujetaba al consejo de Epicteto en el sentido de que la risa no debe ser mucha, ni frecuente, ni descontrolada (Enquiridión CLXV). Pero en su rostro era legible a la vez la severidad de la inteligencia y la hospitalidad de una sonrisa. Su obra no escatima esta sonrisa. Ni a él ni a su pensamiento les era difícil sonreír, y es injusta una apreciación que le regatea esa virtud, sobre todo, en la opinión mexicana que le es adversa, atareada en presentarlo como un agelasta intratable. Sonreía más con los ojos que con la boca y, cuando se reía, entonces sí lo hacía con todo el rostro. Sonreía la última vez que lo vi, a pesar del dolor. Más allá de mi interés personal en la risa como problema cultural, es el gusto de recordar sonriendo a Octavio lo que me ha llevado a preguntarme: ¿de qué se reía, con qué se sonreía?

 

De entrada, hay que señalar que existe una clara diferencia en su obra entre risa y sonrisa. La risa es tema cultural casi exclusivo de su trabajo crítico, mientras que la sonrisa es más un signo lírico-poético; pero ambas le intrigan como expresión. El hecho de que “el órgano de la risa sea el mismo que el del lenguaje: la lengua y los labios” (Conjunciones y disyunciones oc 10: 113) parecía fascinarle.

 

 

La risa en su obra crítica podía expresar sin decir las más diversas cosas: el deseo, la alegría, la moral. En su poesía, la sonrisa es signo y sorpresa: una dádiva y una cifra del instante. La risa equivale al paisaje del rostro: es lo que el amanecer al día; es la sílaba tónica de lo que el rostro dice. En otras ocasiones, es un acento del erotismo íntimo, una fiesta en miniatura, una rendija por donde se ingresa a un instante privilegiado. Y más aún: a veces, el poema mismo es una traducción al “idioma” sonrisa: no un poema divertido o risible, sino en sonrisa: un traslado de la sonrisa al papel. Pero, también, el hecho de que los humanos rían y las preguntas asociadas a este fenómeno —cómo, por qué y de qué— lo condujeron —al igual que a Baudelaire, Bergson, Freud, Nietzsche y Lacan— a lucubraciones de índole metafísica, antropológica y religiosa.

Hay dos ensayos cruciales de Paz sobre el significado de la risa: “Risa y penitencia”, escrito en París en 1962, es un texto sobre el sacrificio ritual mesoamericano, su relación con el arte y la naturaleza del trabajo, así como la función que juega la risa en ese esquema. El otro es Conjunciones y disyunciones (oc 10: 113 y ss.), en el que estudia la risa, pero ya no a la luz del mito, sino de la sociedad. Comentemos primero este último, porque hay en él elementos que, a mi entender, veremos luego operar en la poesía.

 

Conjunciones y disyunciones analiza la naturaleza defensiva de la risa frente a lo que nos resulta insoportable por ser verdadero o por ser un secreto que se devela, es decir, la risa como atenuante del peso del conocimiento o la carga de la revelación. Reírse, explica Paz, es una reconciliación entre el alma y el cuerpo. Al reír, habla el alma sin las aduanas de la razón, del orden, de las reglas de convivencia. Pero esa risa, “al mismo tiempo que celebra la reconciliación del alma y del cuerpo, la disuelve, la vuelve irrisoria”. No lejos de Baudelaire, propone:

 

la sonrisa y en general lo cómico son los estigmas del pecado original o los atributos de nuestra humanidad, el resultado y el testimonio de nuestra violenta separación del mundo natural. La sonrisa es el signo de nuestra dualidad; si a veces nos burlamos de nosotros mismos con la acrimonia con que nos burlamos diariamente de los otros, es porque somos siempre dos: el yo y el otro.

 

La risa es también solución, anulamiento de una responsabilidad intelectual insufrible, o bien defensa ante el “temblor psíquico”. Propone Paz: “agitados por la violencia de nuestras sensaciones e imaginaciones, pasamos de la seriedad a la carcajada”, que “es una síntesis provisional entre el alma y el cuerpo… La carcajada es semejante al espasmo físico y psicológico: reventamos de risa. Esta explosión es lo contrario de la sonrisa”. La carcajada es también una metáfora de esa violencia: al carcajearse, “la cara se vuelve falo, vulva o culo, expresión de la violencia fisiológica y cósmica”. Así pues, “la risa loca no es únicamente una respuesta al principio del placer ni tampoco su copia o reproducción, aunque sea ambas cosas: es la metáfora del placer”. La carcajada es “un regreso a un estado anterior, volvemos al mundo de la infancia, colectiva o individual, al mito y al juego. Vuelta a la unidad del principio, antes del tú y del yo, un nosotros que abarca a todos los seres, las bestias y los elementos”.

 

Me interesa destacar, sobre todo, dos ingredientes de esta reflexión, útiles para lo que vendrá más tarde. El primero es el que cierra el párrafo anterior, de donde se desprende la idea de que la risa es, por una parte, abolición del tiempo y, por otra, signo y certificación de la “unidad” primordial sobre la que descansa ese vector clave del pensamiento de Paz: el concepto de nosotros, la abolición de la individualidad y la contingencia en el reino “sin nombres” de la poesía. Por otro lado, la noción de la risa como “síntesis provisional entre alma y cuerpo” me parece interesante no sólo por la puntualidad de la propuesta —un verdadero hallazgo—, sino por la forma en la que tal identificación regirá la aparición, la presencia y la función de la risa en su obra lírica.

 

El primer ensayo al que me referí, “Risa y penitencia”, es un escrito anómalo. Si bien derivará hacia el ensayo, no cabe duda de que comienza como poema en prosa no del todo diferente en carácter a algunos textos de ¿Águila o sol? Se origina de una circunstancia poética: el poeta mira al sol que avanza al amanecer, iluminando progresivamente su estudio. El sol parece buscar algo: “palpa las paredes, se abre paso entre las manchas rojas y verdes del cuadro, trepa la escalinata de los libros”. De pronto, sus rayos tocan una pequeña escultura prehispánica con una sonrisa perturbadora. Apenas la toca el sol, su carita “ríe y sostiene la mirada sin pestañear”.

 

 

Al cruzar sus miradas, el sol y la sonrisa se reconocen. Que la mínima carita le sostenga la mirada al sol sin pestañear ya hace sonreír al espectador y, eventualmente, al lector. La sonrisa en Paz siempre es contagio, pacto de simpatía en sonrisas que tienen cierta cualidad musical, que se juntan, entonan y afinan en armonía. Son como las rimas de los rostros que redactan juntos el texto de lo compartido.

 

 

El instante en el que el sol, la carita y el poeta armonizan es un perfecto instante poético. Que esta armonía entone al sol divino y al pequeño trozo adánico de barro es gracioso en ambos sentidos de la palabra: algo sonriente y tocado por la gracia. En el momento de sonreírse, el sol, la estatuilla y el poeta, en un instante luminoso, se hacen equivalentes. Se establece entre ellos también la complicidad de quienes comparten, sonriendo, un secreto. En esa complicidad hay además un gozo poético por excelencia: el de atestiguar una correspondencia entre seres u objetos disímbolos que se reconcilian:

 

¿De quién o por qué se ríe? Ríe con el sol. Hay una complicidad, cuya naturaleza no acierto a desentrañar, entre su risa y la luz […]. e para sí y porque sí. Ignora nuestra existencia; está viva y ríe con todo lo que está vivo. Ríe para germinar y para que germine la mañana. Reír es una manera de nacer (la otra, la nuestra, es llorar). Si yo pudiese reír como ella, sin saber por qué… Hoy, un día como los otros, bajo el mismo sol de todos los días, estoy vivo y río (118).

La sonrisa ante el milagro es fugaz: se convierte en la sonrisa triste de quien se sabe condenado a pensar en la naturaleza de su risa, de quien sabe que toda sonrisa es pasajera. Toda sonrisa conlleva la tristeza de su fugacidad.

 

Este elemental reconocimiento de “estar vivo y reír” es frecuente en la poesía de Paz: recordémoslo en “1930: Vistas fijas”, donde exclama: “¡Ah, estar vivo, desgranar la granada de esta hora y comerla grano a grano!”. Suele ocurrir al alba, como si la risa fuese un pasaporte para cruzar la frontera de la jornada que comienza y acceder al país cotidiano. A su vez, cuando la sonrisa es a otra hora del día, esa hora se convierte en un alba súbita. En “1930: Vistas fijas”, el poeta joven recorre la ciudad. De pronto…

 

al cruzar la calle, porque sí, como un golpe de mar […], como el sol que rompe entre nubarrones: la alegría, el surtidor de dicha instantánea, ¡ah, estar vivo!

 

La risa tiene dos labios, dos ojos, dos filos: uno hacia el mundo y otro hacia adentro. La risa se dirige también hacia uno mismo, contra sí mismo. Dice Paz:

 

La ironía es el hombre que se ríe de los demás y se ríe de sí mismo; la metaironía consiste en ir más allá de este diálogo con el yo: la metaironía se ríe del yo que se ríe del mundo. La ironía es cruel, la metaironía disuelve la crueldad.

 

Esta disolución se da en la compasión y la piedad (“En el filo del viento…” oc 8: 471). Otra reconciliación: si me río de mí, reconozco mi debilidad y, a la vez, la atenúo; si me río de mí, admito que me quiero, que soy el primer sujeto de mi ironía. Entonces, ese amor propio me conduce a compadecerme de mí y a compadecer todo aquello de lo que uno se ríe. La risa es crítica y autocrítica. Es simpatía hacia el mundo y compathia con uno mismo. Los listones de la risa flotan entre los opuestos irreconciliables —entre la vida y la muerte, entre la ignorancia y la sabiduría—, listos para reconciliar.

 

 

Paz conjetura que lo que hace sonreír a la carita es “la unión de las dos vertientes de la existencia”, la vida y la muerte, en el momento del sacrificio humano. Calcula que es la misma risa que convulsiona a los participantes en las orgías bacanales y saturnales de la cultura mediterránea: “La risa sacude al universo, lo pone fuera de sí, revela sus entrañas”. La risa nos mata de la risa.

 

 

La risa, expresión de libertad, también tiene un ingrediente subversivo. Es expresión privativa del género humano y, a la vez, un paréntesis de la razón. Significa, pero no sabemos qué significa. Se evade de la razón, pero reconcilia sus límites; es un gozo superior al discurso. Abomina del sentido articulado y lo libera en un tartamudeo asignificante. Al hacerlo, reconoce la supremacía del delirio sobre el significado, o, más bien, lo complementa. La risa más ruidosa y festiva se llama en castellano carcajada, una onomatopeya tartamuda (en un idioma poco afecto a calcar palabras de los ruidos) que genera ecos múltiples: la caja de la cara, el carcaj ajado, la cara como arcada del cuerpo riente.

 

La risa —dice Paz en el mismo ensayo— es un paréntesis en el orden y, a la vez, una crítica del orden: “Niega al trabajo, interrumpe la tarea y, sobre todo, pone en tela de juicio su seriedad. La risa es una suspensión y, en ocasiones, una pérdida del juicio”. Si el trabajo humaniza al mundo y le da sentido a la naturaleza, la risa, explica Paz:

 

devuelve el universo a su indiferencia y extrañeza originales […]. Por la risa, el mundo vuelve a ser un lugar de juego, un recinto sagrado y no de trabajo. El nihilismo de la risa sirve a los dioses… Por la muerte y la risa, el mundo y los hombres vuelven a ser juguetes: los objetos y sujetos del juego esencial que hay en el origen de toda iniciativa artística.

 

La especulación sigue una ruta singular en la que Paz explora el sentido de la divinidad y el papel que juega la risa en sus inexorables territorios: la risa mágica, la risa del cosmos parecería ser el lenguaje inicial de la creación. “En el principio fue la risa; el mundo comienza con un baile indecente y una carcajada”, dice en relación con un mito genésico japonés. Frente a otra estatuilla prehispánica, que representa a un “Dios que surge de una orquídea de barro”, con el mismo título (“Piedras sueltas” oc 11: 140), dice:

 

Entre los pétalos de arcilla nace,

sonriente,

la flor humana.

 

En “Risa y penitencia”, además, insinúa que la risa es un resto del lenguaje genésico, una suerte de lengua embrionaria, el big bang del logos:

 

Hoy sólo los niños se ríen con una risa que recuerda a la de las cabezas totonacas. Risa del primer día, risa salvaje y cerca todavía del primer llanto: acuerdo con el mundo, diálogo sin palabras, placer. Basta alargar la mano para coger el fruto, basta reír para que el universo ría…

 

Paz parece aceptar que el juego, la poesía y toda creación estética emanan de un principio placentero. De ser así, la sonrisa es la constatación de ese principio, la cara de ese principio. La poesía tiene un pie en el vértigo de la razón y otro en el balbuceo salvaje: juntos, procuran el conocimiento como gozo, desde y hacia el gozo. Esta idea de Paz recuerda a la de Freud:

 

el chiste y el arte tienen el mismo origen. El chiste y el poema son expresiones del principio del placer, victorioso por un instante del principio de realidad. En los dos casos el triunfo es imaginario, pero en tanto que el chiste se disipa en el arte hay una voluntad de forma.

 

No estoy diciendo, de ninguna manera, que Paz sea un poeta humorista o “divertido”. Es obvio que su poesía evadió meticulosamente el coqueteo con la humorada o la gracejada, el “chiste asesino” contra el que precavió Paul Verlaine en su “Art Poétique”. En cambio, el ánimo aleve del juego y su expresión por la sonrisa, aunque sutil, es perceptible. Juego en el sentido mexicano de “jugársela”, de tomar riesgos; en el sentido de que “el amor al juego conduce a jugarse la vida en una palabra” (¿Águila o sol? oc 11: 148).

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