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sábado, marzo 28, 2026

Nocturno de San Ildefonso

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(Fragmento)

 

1

Inventa la noche en mi ventana

otra noche

otro espacio:

fiesta convulsa

en un metro cuadrado de negrura.

Momentáneas

confederaciones de fuego,

nómadas geometrías,

números errantes.

Del amarillo al verde al rojo

se desovilla la espiral.

Ventana:

lámina imantada de llamadas y respuestas,

caligrafía de alto voltaje,

mentido cielo/infierno de la industria

sobre la piel cambiante del instante.

Signos-semillas:

la noche los dispara,

suben,

estallan allá arriba,

se precipitan,

ya quemados,

en un cono de sombra,

reaparecen,

lumbres divagantes,

racimos de sílabas,

incendios giratorios,

se dispersan,

otra vez añicos

La ciudad los inventa y los anula.

Estoy a la entrada de un túnel.

Estas frases perforan el tiempo.

Tal vez yo soy ese que espera al final del túnel.

Hablo con los ojos cerrados.

Alguien

ha plantado en mis párpados

un bosque de agujas magnéticas,

alguien

guía la hilera de estas palabras.

La página

se ha vuelto un hormiguero.

El vacío

se estableció en la boca de mi estómago.

Caigo

interminablemente sobre ese vacío.

Caigo sin caer.

Tengo las manos frías,

los pies fríos

—pero los alfabetos arden, arden.

El espacio

se hace y se deshace.

La noche insiste,

la noche palpa mi frente,

palpa mis pensamientos.

¿Qué quiere?

 

2

Calles vacías, luces tuertas.

En una esquina

el espectro de un perro.

Busca, en la basura,

un hueso fantasma.

Gallera alborotada:

patio de vecindad y su mitote.

México, hacia 1931.

Gorriones callejeros,

una bandada de niños

con los periódicos que no vendieron

hace un nido

Los faroles inventan,

en la soledumbre,

charcos irreales de luz amarillenta.

Apariciones,

el tiempo se abre:

un taconeo lúgubre, lascivo:

bajo un cielo de hollín

la llamarada de una falda

C’est la mort —ou la morte…

El viento indiferente

arranca en las paredes anuncios lacerados.

A esta hora

los muros negros de San Ildefonso

son negros y respiran:

sol hecho tiempo:

tiempo hecho piedra,

piedra hecha cuerpo.

Estas calles fueron canales.

Al sol,

las casas eran plata:

ciudad de cal y canto,

luna caída en el lago.

Los criollos levantaron,

sobre el canal cegado y el ídolo enterrado,

otra ciudad

—no blanca: rosa y oro—

idea vuelta espacio, número tangible.

La asentaron

en el cruce de las ocho direcciones,

sus puertas

a lo invisible abiertas:

el cielo y el infierno.

Barrio dormido.

Andamos por galerías de ecos,

entre imágenes rotas:

nuestra historia.

Callada nación de las piedras.

Iglesias,

vegetación de cúpulas,

sus fachadas

petrificados jardines de símbolos.

Embarrancados

en la proliferación rencorosa de casas enanas,

palacios humillados,

fuentes sin agua,

afrentados frontispicios.

Cúmulos,

madréporas insubstanciales:

se acumulan

sobre las graves moles,

vencidas

no por la pesadumbre de los años,

por el oprobio del presente.

Plaza del Zócalo,

vasta como firmamento:

espacio diáfano,

frontón de ecos.

Allí inventamos,

entre Aliocha K. y Julian S.,

sinos de relámpago

cara al siglo y sus camarillas.

Nos arrastra

el viento del pensamiento,

el viento verbal,

el viento que juega con espejos,

señor de reflejos,

constructor de ciudades de aire,

geometrías

suspendidas del hilo de la razón.

Gusanos gigantes:

amarillos tranvías apagados.

Eses y zetas:

un auto loco, insecto de ojos malignos.

Ideas,

frutos al alcance de la mano.

Frutos: astros.

Arden.

Arde, árbol de pólvora,

el diálogo adolescente,

súbito armazón chamuscado.

12 veces

golpea el puño de bronce de las torres.

La noche

estalla en pedazos,

los junta luego a sí misma,

intacta, se une.

Nos dispersamos,

no allá en la plaza con sus trenes quemados,

aquí,

sobre esta página: letras petrificadas.

 

3

El muchacho que camina por este poema,

entre San Ildefonso y el Zócalo,

es el hombre que lo escribe:

esta página

también es una caminata nocturna.

Aquí encarnan

los espectros amigos

las ideas se disipan.

El bien, quisimos el bien:

enderezar al mundo.

No nos faltó entereza:

nos faltó humildad.

Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia.

Preceptos y conceptos,

soberbia de teólogos:

golpear con la cruz,

fundar con sangre,

levantar la casa con ladrillos de crimen,

decretar la comunión obligatoria.

Algunos

se convirtieron en secretarios de los secretarios

del Secretario General del Infierno.

La rabia

se volvió filósofa,

su baba ha cubierto al planeta.

La razón descendió a la tierra,

tomó la forma del patíbulo

—y la adoran millones.

Enredo circular:

todos hemos sido,

en el Gran Teatro del Inmundo,

jueces, verdugos, víctimas, testigos,

todos

hemos levantado falso testimonio

contra los otros

y contra nosotros mismos.

Y lo más vil: fuimos

el público que aplaude o bosteza en su butaca.

La culpa que no se sabe culpa,

la inocencia,

fue la culpa mayor.

Cada año fue monte de huesos.

Conversiones, retractaciones, excomuniones,

reconciliaciones, apostasías, abjuraciones,

zig-zag de las demonolatrías y las androlatrías,

los embrujamientos y las desviaciones:

mi historia,

¿son las historias de un error?

La historia es el error.

La verdad es aquello,

más allá de las fechas,

más acá de los nombres,

que la historia desdeña:

el cada día

latido anónimo de todos,

latido

único de cada uno—,

el irrepetible

cada día idéntico a todos los días.

La verdad

es el fondo del tiempo sin historia.

El peso

del instante que no pesa:

unas piedras con sol,

vistas hace ya mucho y que hoy regresan,

piedras de tiempo que son también de piedra

bajo este sol de tiempo,

sol que viene de un día sin fecha,

sol

que ilumina estas palabras,

sol de palabras

que se apaga al nombrarlas.

Arden y se apagan

soles, palabras, piedras:

el instante los quema

sin quemarse.

Oculto, inmóvil, intocable,

el presente —no sus presencias— está siempre.

Entre el hacer y el ver,

acción o contemplación,

escogí el acto de palabras:

hacerlas, habitarlas,

dar ojos al lenguaje.

La poesía no es la verdad:

es la resurrección de las presencias,

la historia,

transfigurada en la verdad del tiempo no fechado.

La poesía,

como la historia, se hace;

la poesía,

como la verdad, se ve.

La poesía:

encarnación

del sol-sobre-las-piedras en un nombre,

disolución

del nombre en un más allá de las piedras.

La poesía,

puente colgante entre historia y verdad,

no es camino hacia esto o aquello:

es ver

la quietud en el movimiento,

el tránsito

en la quietud.

La historia es el camino:

no va a ninguna parte,

todos lo caminamos,

la verdad es caminarlo.

No vamos ni venimos:

estamos en las manos del tiempo.

La verdad:

sabernos,

desde el origen,

suspendidos.

Fraternidad sobre el vacío.

 

4

Las ideas se disipan,

quedan los espectros:

verdad de lo vivido y padecido.

Queda un sabor casi vacío:

el tiempo

—furor compartido—

el tiempo

—olvido compartido—

al fin transfigurado

en la memoria y sus encarnaciones.

Queda

El tiempo hecho cuerpo repartido: lenguaje.

En la ventana,

simulacro guerrero,

se enciende y apaga

el cielo comercial de los anuncios.

Atrás

apenas visibles,

las constelaciones verdaderas.

Aparece,

entre tinacos, antenas, azoteas,

columna líquida,

más mental que corpórea,

cascada de silencio:

la luna.

Ni fantasma ni idea:

fue diosa y es hoy claridad errante.

Mi mujer está dormida.

También es luna,

claridad que transcurre

—no entre escollos de nubes,

entre las peñas y las penas de los sueños:

también es alma.

Fluye bajo sus ojos cerrados,

desde su frente se despeña,

torrente silencioso,

hasta sus pies,

en sí misma se desploma

y de sí misma brota,

sus latidos la esculpen

se inventa al recorrerse,

se copia al inventarse

entre las islas de sus pechos

es un brazo de mar,

su vientre es la laguna

donde se desvanecen

la sombra y sus vegetaciones,

fluye por su talle,

sube,

desciende,

en sí misma se esparce,

se ata

a su fluir,

se dispersa en su forma:

también es cuerpo.

La verdad

es el oleaje de una respiración

y las visiones que miran unos ojos cerrados:

palpable misterio de la persona.

La noche está a punto de desbordarse.

Clarea.

El horizonte se ha vuelto acuático.

Despeñarse

desde la altura de esta hora:

¿morir

será caer o subir,

una sensación o una cesación?

Cierro los ojos,

oigo en mi cráneo

los pasos de mi sangre,

oigo

pasar el tiempo por mis sienes.

Todavía estoy vivo.

El cuarto se ha enarenado de luna.

Mujer:

fuente en la noche.

Yo me fío a su fluir sosegado.

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