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sábado, marzo 28, 2026

Dos poetas en la noche mexicana

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  La primera vez que leí a Nicanor Parra
fue en un piso de Paseo de la Reforma,
cerca de donde Octavio Paz tenía su penthouse en el que se incendió su biblioteca,
   lo que le trajo enfermedades, depresiones
y cierta animadversión a su gata Nagara,
quien provocó un corto circuito tan terrible
  que el fuego barrió con las ediciones príncipes de Sor Juana, Eliot, Pound,
Baudelaire y William Carlos Williams, entre otros.
   Javier y Regina, empresarios y amigos,
me llevaron a la poesía del poeta chileno nacido en 1914,
   fecha en la que también nació Octavio Paz, quien tras el incendio de su biblioteca perdió en parte las ganas de vivir.
Fue en una velada nocturna poblada de vinos y quesos, cuando Javier y Regina pusieron en mis manos una edición bilingüe de los Antipoemas.
Yo era paciano en ese tiempo
   y no aceptaba otra voz que no fuera la del hombre que hizo a un lado las ganas de vivir
cuando perdió su biblioteca por culpa de una gata callejera que le obsequió un poeta joven
   y que fue bautizada con el extraño nombre de Nagara: “sin embargo”, en japonés.
La primera lectura de Parra fue una revelación.
   Fue como leer a Paz en el origen.
Y mientras Javier y Regina se turnaban
algunos versos de los Antipoemas,
   desde los ventanales de su piso
yo veía la luz encendida del penthouse de Paz y lo imaginaba discutiendo con su esposa por asuntos domésticos como “¿dónde está el vino que nos regaló Carlos Fuentes?” o “¿dónde guardas las servilletas de papel?”.
   Javier y Regina abrieron dos o tres botellas de un vino francés para celebrar los poemas de Parra.
En consecuencia, brindamos veinte o treinta veces mientras leíamos los Versos del Salón, las Canciones Rusas o, en particular, “Lo que el difunto dijo de sí Mismo”,
aunque desde el primer momento un antipoema se metió en mi gusto: el galán imperfecto que se dedica a leer una revista mientras la novia triste desmaleza la tumba de su padre.
En un momento prodigioso, Octavio Paz y su mujer salieron a mirar la noche a la terraza con una copa de vino cada uno.
Pensé entonces en ese poema de la Antología Palatina en el que el poeta, en homenaje a Claudio Ptolomeo, se enfrenta a la inmensa noche poblada de estrellas y termina diciendo algo así como “en este instante alguien me deletrea”.
Paz señalaba con su mano izquierda las constelaciones,
y seguramente recitaba algunos versos de poetas griegos o latinos, o japoneses, sobre las vicisitudes de la noche.
   O decía de memoria algunos hai-kús alusivos a la luna.
O simplemente le decía “esa es la Osa Menor” o “esa es Chandra y aquella Mangala”,
en referencia a la luna y a Marte.
   O quizás no veían ninguna estrella en el cielo, ningún planeta lejano,
y sólo comentaban sobre la polución que ahoga a la ciudad de México.
   Instantes después la pareja regresó
al interior de su penthouse
y nosotros volvimos a Parra y sus antipoemas.
   De vuelta a casa miré desde abajo el piso
de Octavio Paz y me pregunté si los poetas hablan de poesía a todas horas,
   Y si esa obsesión no aburre a sus mujeres, aunque ellas sean normalmente las musas inspiradoras.
¿Tanto verso no cansa?
¿Tanto Cernuda o Gil de Biedma?
¿Tanto soneto de Sor Juana, de Góngora o Quevedo?
¿No fatigan por momentos los pies quebrados o las rimas en ix?
¿O la mirada del poeta en un partido de futbol?
   Escribo a la luz de ese recuerdo,
y me emociona saber que un día Paz y yo miramos la misma noche mexicana poblada de estrellas, de fulgores encendidos
y de la inevitable polución.

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