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lunes, febrero 23, 2026

El día que la voz se le quebró al General Trevilla, Secretario de la Defensa Nacional

El día que la voz se le quebró al General Trevilla, Secretario de la Defensa Nacional

En un país acostumbrado a los partes de guerra leídos con tono firme, casi mecánico, hubo un momento que rompió la narrativa habitual. El general Ricardo Trevilla Trejo, Secretario de la Defensa Nacional (Ejercito, Fuerza Aérea y Guardia Nacional) —acostumbrado al lenguaje seco de los informes y a la disciplina del uniforme— su voz se quebró al final de su discurso sobre la captura de “El Mencho”. No fue un gesto ensayado. Fue un acto totalmente humano.

La detención de “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), fue el resultado de meses —quizá años— de inteligencia, operativos de alto riesgo y, como recordó el Secretario, de sangre derramada.

Cuando Trevilla mencionó a los militares caídos en el operativo, el tono cambió. La narrativa dejó de ser institucional y se volvió íntima. En ese instante no habló solo el mando; habló el compañero de armas. La exposición dejó de girar en torno al éxito táctico y se centró en el costo humano.

Porque detrás de cada operativo exitoso hay nombres que no aparecen en los titulares. Soldados que regresan en ataúdes cubiertos por la bandera. Familias que reciben la noticia en silencio, en casas que desde ese día ya no vuelven a ser las mismas. La captura de un capo es una victoria del Estado, sí, pero nunca es gratuita.

La imagen del Secretario de la Defensa Nacional casi llorando tiene una fuerza simbólica poderosa. En una institución donde la fortaleza emocional es parte de la formación, mostrar vulnerabilidad no es debilidad: es memoria, es reconocimiento, es respeto a los militares caídos y a sus familias. Es reconocer que la estrategia tiene rostro, que la seguridad nacional no es un concepto abstracto, sino una lucha diaria que cobra vidas reales.

El discurso también envía un mensaje político y social. La guerra contra el crimen organizado no es una serie de comunicados; es un conflicto prolongado que ha desgastado a generaciones de elementos del Ejército, la Marina y la Guardia Nacional. La ciudadanía exige seguridad, pero pocas veces se detiene a dimensionar el sacrificio de militares, policías y personal de seguridad que esto implica.

Trevilla, al borde del llanto, recordó algo esencial: el Estado puede capturar a un líder criminal, pero no puede devolverle la vida a quienes murieron en el intento. Ese contraste —éxito operativo frente a pérdida irreparable— es el verdadero núcleo de la escena.

En tiempos donde el discurso público suele polarizarse entre aplausos automáticos o críticas sistemáticas, ese momento obligó a mirar más allá del debate político. Nos enfrentó a una realidad incómoda: la seguridad tiene un precio, y ese precio lo pagan, en primera línea, hombres y mujeres con uniforme, los militares, policías o personal de seguridad.

Quizá por eso la voz del General Trevilla se quebró. No por la captura en sí, sino por el recuerdo de quienes no estuvieron ahí para escuchar el anuncio y el darle el pésame a sus familias. Al final, más allá de la narrativa de victoria, lo que quedó fue el silencio que sigue a los nombres de los caídos.

Y ese silencio pesa, mis respetos para el Secretario Trevilla.

Gracias por leernos, tu amigo Conde, Daniel H. Conde.

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