Una semana en San Francisco y mi recién conocida colega ya ocupaba mis mañanas, mis caminatas, mis dudas. Yo cargaba una culpa vieja, de esas que ya hacen horas extra.
Fui yo quien propuso ir al club de jazz pocos días antes de despedirnos: humo calculado, penumbra de catálogo, turistas con autenticidad de utilería. El lugar común: hombre + venezolana bellísima vestida de negro ajustado + jazz = intensidad prefabricada. Las personas huecas nos aferramos a estos clichés.
Ella estaba frente a mí, desacomodándome la cabeza sin esfuerzo. Su boca invitaba a cometer errores. La música empezó y me escondí en el ritmo. El jazz es perfecto para el farsante: puedes poner cara de hondura mientras piensas en la renta sin pagar. Yo incluso levantaba las cejas, en compás con un acorde inexistente.
—Estoy escuchando —dije cuando preguntó algo sobre la armonía—, pero en realidad masticaba el temor de que descubriera que estoy hecho de aire, que no sabía nada, que no tengo sustancia. Me aferré al ritmo sin fe, como rezando por costumbre.
La guitarra avanzó. Yo fingía concentrarme, pero estaba ajustando la máscara: la pausa correcta, el asentir justo, la mirada del entendido que no entiende. El repertorio del hombre vacío. Me refugié en la estructura del sonido para no cagarla. La forma de la música me sostenía. A falta de fondo, siempre quedaba imitar el compás del jazz.
Entonces ella se inclinó hacia el tipo de al lado y soltó una carcajada. Una carcajada que quebró algo. Tal vez mi relación oficial. Tal vez la extraoficial. Quizá la estructura improvisada que mantenía mis miserias en equilibrio.
Ella siguió conversando y riendo con él. Él tenía la bendición brutal de no tener opiniones, o al menos de no exhibirlas. Sentía sin justificarse, como si la vida fuera un gesto y no un ensayo. Un hombre sin teoría, sin pose, sin necesidad de esconderse detrás de estereotipos gastados.
Y yo, la carcasa poblana, refugiándome en la falsa hondura que me permite el jazz.
—¿Por qué me ignoraste toda la noche? —preguntó cuando salimos, fría como la cama de mi hotel.
Intenté hablar. Salió un silencio torcido. Mi repertorio —las pausas, la compostura, la elegancia prestada— se desplomó en un gesto. Ella vio al hombre plantilla y cerró la noche.
La música se apagó detrás de nosotros. El jazz jamás acompaña, sólo enmarca el derrumbe.
Regresé a mi habitación con una culpa por lo que hice, por lo que no hice y por lo que ya había imaginado hacer. Una culpa vieja instalada en un cuerpo que no tuvo tiempo de volverse real. Busqué la máscara. Ya no estaba.

