“Una máscara no dura toda la vida, las cosas fingidas siempre vuelven a su condición natural” (Séneca)
Tener una actitud arrogante y pretenciosa asumiendo conocimientos, habilidades o competencias que no tenemos, generalmente nos hacen gastar energía que muy bien podría emplearse en adquirir eso que presumo o aparento.
Es muy notorio, y quien lo practica no se da cuenta, que el otro lo asume con cautela y cierta conmiseración.
Estas personas hablan con desdén sobre los demás y creen tener una superioridad inherente aunque sus habilidades y conocimientos son limitados y sus argumentos están basados en la repetición de lo que escuchan en la televisión o en las redes sociales.
Es muy sencillo identificar a este tipo de personas: por lo general, ignoran las contribuciones y opiniones de otros, creyendo, falsamente, que su perspectiva o forma de pensar y ver el mundo es la única válida.
Este tipo de actitudes arrogantes afectan las relaciones interpersonales al provocar menosprecio o desvalorización en otros.
El presumir tener capacidades o conocimientos, que en realidad están muy por debajo de su autopercepción, puede alimentar, todavía más, esa autoestima dañada de antemano.
Este tipo de actitudes aparecen cuando hay una necesidad de reconocimiento y validación por parte de los demás. Esa aparente confianza en sí mismo puede ser un reflejo de inseguridades ocultas.
Por otro lado, al no respetar las ideas ajenas puede ser un obstáculo para la creatividad en el trabajo conjunto.
Este tipo de actitud refleja arrogancia infundada, lo que puede provocar tensiones y enfrentamientos repercutiendo en el daño de relaciones personales, familiares, laborales o profesionales.
Los demás pueden percibirnos como menos genuinos o confiables dañando nuestra reputación y respeto de otros. A su vez, este tipo de actitudes provoca una desconexión con los demás individuos orillando al aislamiento, porque las personas tienden a evitar a quienes exhiben comportamientos arrogantes y fatuos.
Este tipo de actitudes, que no responden más que a la inflación del Ego, pueden impedir el aprendizaje, el crecimiento personal y la evolución del ser humano, ya que tiene como causa la cerrazón a nuevas ideas que no sean las propias, también se es reacio a las críticas constructivas, y porque no, a la autocrítica y a las oportunidades de conocer otras realidades ajenas al mundo que todos tenemos en la cabeza.
¿Cuáles son las consecuencias, imperceptibles por supuesto, ante estas mentiras patológicas en donde el individuo deforma la realidad?
Obviamente que existe una consciencia de la mentira, pero el individuo no puede evitarla, convirtiéndola en su forma de interactuar.
Este tipo de actitudes implican necedad, superficialidad o vanidad.
En este contexto, se hace uso de un encanto superficial para convencer a otros sin poseer un valor real o sustancial detrás de la actuación, por lo general asociado con personalidades histriónicas o narcisistas, en donde la persona utiliza un carisma falso para manipular y generar simpatía.
El objetivo principal es ser el centro de atención y admiración, incluso si la historia construida es inestable o incongruente, desde luego que el actor no la percibe.
Esa máscara de seguridad, por lo general refleja una profunda inseguridad, problemas de identidad y necesidad de perfeccionismo, similar a lo que ocurre en el síndrome del impostor (tendencia a subestimarse y no reconocer sus competencias), aunque llevado a la falsificación extrema de su propia persona.
“LA MEJOR ARMA DEL SER HUMANO ES EL CONOCIMIENTO Y EL AUTO CONOCIMIENTO: SU PEOR ENEMIGO EL AUTOENGAÑO Y LA SIMULACIÓN”

