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miércoles, enero 21, 2026

Revocación de mandato: la conversión de Ricardo Anaya

Revocación de mandato: la conversión de Ricardo Anaya

Publicado originalmente por Vanessa Romero Rocha en El País, compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico:

El coordinador del PAN en el Senado, que desechó el llamado a las urnas del revocatorio con Andrés Manuel López Obrador, hoy predica para que Sheinbaum se someta al mismo examen electoral.

Desde la incorporación de la revocación de mandato al sistema político mexicano, las fuerzas partidistas ajenas a Morena —tildándolo de rito pagano— lo han despojado de su sentido democrático.

Ricardo Anaya, sin embargo, se ha transformado.

Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, Anaya predicó que la revocación de mandato era una trampa. La emparentó con los mecanismos derogatorios usados en Venezuela y Bolivia —las viejas brujas— y advirtió que sería la antesala de la prolongación del mandato presidencial.

Los espectaculares que pedían “que siga AMLO” eran, para el hoy coordinador del PAN en el Senado, evidencia visible del plan perpetuador.

Señalaba, además, que lo que Obrador buscaba con la revocación de mandato no era un llamado a la participación ciudadana, sino a la discordia. Confrontarnos. Según esa lectura, el presidente no buscaba gobernar a un país, sino irritarlo. “Echarnos a pelear entre mexicanos”.

Entonces, Anaya nos llamó a la abstinencia. No votar. “Hacerle el vacío a López”. Una fórmula que Acción Nacional volvería a ensayar en la elección judicial: quedarse en casa como si de covid se tratara.

El Anaya de entonces —sin claroscuros— sostenía una posición abiertamente anti-revocación.

Aquel Anaya se ha ido. El coordinador del PAN en el Senado ha cambiado de palabra, de obra y de omisión.

En noviembre pasado ocurrió el viraje. Anaya abandonó la condena y adoptó el lenguaje de la revocación. La aceptó, la impulsó, buscó ampliarla. Retó a Morena a colocar a Sheinbaum en la boleta y anticipó que su caída vendría desde dentro.

Envalentonado, Anaya propuso extender la revocación de mandato a los gobernadores, olvidando que se trata de procesos sujetos a leyes locales y que es la política territorial —esa práctica en la que su partido tropieza— la que permite la activación del mecanismo fuera del centro.

Fiel a su conversión, recientemente —con el regreso del debate sobre la inclusión de Sheinbaum en la boleta del 2027— Anaya ha vuelto a hablar desde la fe. Precisa, retirando la mano de la lumbre, que la oposición no promueve el ejercicio; pero sostiene que, si Sheinbaum llega a la revocación, la perderá. Ya no por la traición de un Judas interno, sino —dice ahora— por el sensato juicio ciudadano.

Que Morena se desmorona, que la gente está inconforme y que la seguridad es la principal herida abierta: alguien no ha estado prestando atención.

Para dimensionar los malos cálculos del senador blanquiazul, conviene recordar que, durante el revocatorio de su mayor adversario, Anaya hizo el mismo cálculo numerario y la realidad corrió a desmentirlo. El Macuspano, siempre dispuesto a contrariarlo, obtuvo más votos en la revocación de mandato que los que Anaya consiguió como candidato presidencial: 15 millones de votos lo contradijeron.

Anaya es el político de los otros datos.

Consumada la conversión —del ateísmo a la creencia—, pide corregir las sagradas escrituras. Que si Sheinbaum pierde, no se aplique la Constitución; que no sea el Congreso quien nombre al sustituto, sino que se convoque a una nueva elección. Porque —advierte— la verdadera intención del rito revocatorio es colocar al hijo de López Obrador.

La oposición mexicana y sus extravíos. Más atentos al hijo del expresidente que sus propios seguidores.

Punto democrático para la fracción más sensata de la oposición que, después de un ajuste de creencias, hoy respalda un mecanismo democrático que se usa en buena parte del mundo y que amplía la participación política. El tiempo y sus milagros.

Lo que no ha cambiado es su mala lectura de la realidad y el pánico ante la política territorial. Aceptado el mecanismo, lo que a la oposición parece incomodarle es la necesidad de convocar a la gente a las temidas urnas.

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