Una madre soltera manda a sus dos hijos al catecismo. Desea que se preparen para su primera comunión con el padre Buena Onda de su parroquia. Desde que se conocieron, el joven sacerdote estableció con ella una gran familiaridad y una confianza incuestionable. Los niños solían regresar de la iglesia con dulces y felicitaciones del padre. Una tarde, el más pequeño llegó a casa llorando. Su hermano intentaba en vano callarlo. La madre intentó saber qué le había pasado pero su hijo mayor la tranquilizó: no había podido responder unas preguntas sobre un pasaje de la Biblia y el padre lo había amonestado.
Con el tiempo, el pequeño dejó de asistir al catecismo. Su hermano hizo él solo la primera comunión. Su madre descubrió muy tarde que su hijo pequeño había sufrido agresiones sexuales reiteradas por parte del sacerdote, a quien le gustaban los niños menores de 6 años.
El sentimiento inmediato que surgió en la madre fue el de confusión, dolor por la traición, por el abuso de confianza, por haber minimizado su poder de madre (por ser soltera, por no tener quien la defendiera a ella ni a sus hijos), por el daño a su hijo menor y de paso también al mayor. Más tarde ese sentimiento evolucionaría hacia otro más poderoso, mucho más reconcentrado y definitivo. A partir de sus primeras manifestaciones en el ánimo de la señora, el odio quizá tomará rumbo hacia la venganza. Podría interponer una denuncia, pagar a conocidos para que le den una paliza al perpetrador, mandarlo matar, denunciarlo a la arquidiócesis, entre otras posibles acciones compensatorias. Sin embargo, lo único que la venganza no podría borrar es el sentimiento cocinado a fuego lento dentro del caldero de traumas, desilusiones, insatisfacciones y miedos en el corazón de la dolida madre. Poco a poco el golpeteo de sensaciones se concentraría en uno solo: el odio. Por su situación de mujer sola, por su falta de precaución, por su excesiva confianza en el sacerdote, por sentirse minimizada y víctima ella misma de abuso. Pero es casi seguro que esa furia interna no la llevará a buscar compensación ni justicia. Quizá con los años el odio se convierta en venganza o en cáncer. En estos casos es muy difícil saber en qué desembocará un daño de esa magnitud.
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En otro lugar, una madre es engañada por su exmarido, quien recoge a los niños por el fin de semana. En lugar de cuidarlo, el tipo los droga, los mata y los incinera. Lo atrapan y lo meten a la cárcel. Un escritor (de esos que se creen Truman Capote) se pasa 3 años visitando al convicto de filicidio y le saca la historia con todo y sus amargos aliños. El escritor va redactando las entrevistas y al final obtiene una novela que su editorial (Anagrama) considera una oportunidad de vender casi como bestseller, dado el gusto de muchos lectores por el famoso true crime. No contaron jamás, editor y autor, con el grito mediático de la madre de esos niños asesinados. ¿Qué se proponían? ¿Contar una historia donde sus dos hijos volvieran a morir a manos de su padre? ¿Un producto editorial para satisfacer el morbo de quienes leyeron los pormenores del cruel acontecimiento en los portales de noticias? Claro que sí, eso y mucho más. El libro se imprimió con un tiraje digno de las ambiciones del editor y el autor. De seguro el departamento de promoción y ventas de Anagrama se relamía de gusto al pensar en la mesa de novedades donde luciría esa portada un tanto surrealista en la cual aparecía en tres pisos el ceño contraído de un hombre que mira al comprador-lector con ojos inyectados de odio. Pero por una vuelta de las circunstancias, quizá los nuevos tiempos, las mujeres devotas de los libros de Anagrama, las feministas, el espanto natural de la sociedad (¡No, con los niños no!), la editorial decidió retirar todos los ejemplares de los puntos de venta. Sólo los periodistas que reseñan de manera regular las novedades editoriales recibieron su libro y lo han estado comentando en entrevistas en distintos programas de redes.
Odio, se titula el libro de marras. Su autor, Luisgé Martín, parece ser el único que no cree lo que su editorial lanzó en un comunicado culposo:
“La literatura trata desde siempre realidades complejas y dolorosas, también crímenes que han marcado a sociedades enteras. Desde Emmanuel Carrère o Truman Capote, y tantos otros, los escritores pueden trabajar con materiales difíciles y controvertidos. La obra de Luisgé Martín intenta dilucidar una violencia extrema, las condiciones en las que se produce y las implicaciones filosóficas y éticas de la crueldad como una pulsión en lo humano, explorando cómo la sociedad y la psicología individual convergen en actos que desafían la moral.
El tratamiento literario de El odio se aleja y rechaza cualquier intención que no sea la de presentar al lector la maldad del asesino sin justificar ni exculpar el crimen sino al contrario, mostrando su horror”.
La sonrisa falsa de las fotografías promocionales de Luisgé parece desvanecerse de la pura desilusión. Un Truman de pacotilla al que se le escapa la fama de un libro superventas y el reconocimiento a su arduo trabajo de tres años entrevistando a un asesino.
Por supuesto, la editorial se ha reservado su derecho de sacar más adelante el libro a los escaparates de ventas. No podemos saber si de verdad los editores se hicieron eco del reclamo de la madre de los niños asesinados o simplemente vieron la oportunidad de un escándalo que pudiera hacer subir al cielo las ventas después de un fallo judicial propicio a la libertad de creación literaria y a la libre expresión de las ideas.
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En una oficina de alguna provincia mexicana, un cambio de administración obliga a los directores de las áreas a renunciar a su cargo. Vienen otros, aquellos llamados por el nuevo jefe para llevar a cabo su gran programa de trabajo rumbo al 2030. Nuevos directores aterrizan en sus escritorios con la sagrada encomienda de confiar en los empleados que no se fueron por, al parecer, ser los únicos que podrían entender los arduos tejemanejes de los procesos administrativos mientras los “nuevos” disfrutan de su “curva de aprendizaje”. Por supuesto, los “nuevos”, incluido el jefe, no saben nada de nada. Se dejan ir de a muertito, navegan en ese mar en apariencia inerte, sin olas ni mareas peligrosas. Firman a diestra y siniestra lo que les ponen enfrente. El jefe es creativo y manda pedir asuntos fuera de programa para poder rascar unos quintos al presupuesto. Quintos para su bolsillo, se entiende. A sus incondicionales ya les prometió mejorar su escalafón. Dos personas (mujeres) en particular se toman muy en serio lo de la promoción. Como conocen los vericuetos de lo administrativo, le tienden una trampa a la nueva directora (una mujer mucho mayor que ellas), la hacen caer y la despiden. Así se comportan con sus súbditos-empleados de más edad, que ya detestan sus gritos y maltratos, su conducta dictatorial, sus enloquecidas actas administrativas. Ellas prefieren hablar con los jóvenes. Las jefas son de edad media, entre 35 y 40, pero se sienten jóvenes y poderosas. Cuando pueden sacan a los empleados de más edad. No soportan la vista de esos hombres, ya abuelos, que las miran con infinita desconfianza. Y claro, lo que va surgiendo es el odio. Ellas no son pederastas ni tampoco matan a sus hijos (quizá porque no los tienen); mucho menos sufren de violencia vicaria. Pero su gerontofobia las coloca al nivel de un sacerdote pederasta o de un padre enloquecido de odio que mata a sus hijos en represalia porque su esposa lo dejó por ser un marido golpeador y violento.
El pensador italiano Francesco Alberoni afirma que en la amistad no hay lugar para el odio. “No se encuentra justicia en el amor, sino en la amistad”, nos dice. De ahí pienso que un complotista no puede tener amigos, ya que la amistad despoja a las relaciones humanas de la lucha de poder que, las más de las veces, se establece entre seres que compiten, abusan, violan, matan.
En el fatídico matrimonio de José Bretón y Ruth Ortiz no hubo amistad. Sólo violencia vicaria, una vil venganza contra la mujer que dejó al esposo exmilitar golpeador. De los tres casos, el único que ha encontrado respuesta y un poco de justicia fue ese justamente, el asesinato de los niños a manos de su padre. Al final, además de la sentencia de 40 años (que se rebajó finalmente a 25), José Bretón, quedó para siempre en las redes con su cara del patán satisfecho cuyo odio no se acabará, como no se acabarán los curas pederastas ni las personas gerontofóbicas. El odio entre los seres humanos tiene demasiadas facetas, pero lo que subyace en el fondo de las ruinas que va dejando es el miedo, la ignorancia y la promesa de la autodestrucción.