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viernes, febrero 28, 2025

Encuentro de escritores: entre la duda y Ia IA

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El viernes 21 y sábado 22 se llevó a cabo el Primer Encuentro Iberoamericano de Escritores y Escritoras de la Fundación Elena Poniatowska Amor. Llegué de rebote gracias a la invitación de una muy buena amiga, con quien viajé en el inefable e-bus que deja a los viajeros en el corazón mismo de la capital mexicana, muy cerca del mítico Ángel de la Independencia. De ahí agarramos nuestras valijas y nos dirigimos en Didi a la colonia Escandón de la Ciudad de México, muy a tiempo para la inauguración.

Ya para entonces la inquietud me carcomía. Siempre es un reto acudir a un encuentro de escritores. En mis primeros pasos por el mundo de las becas y los premios literarios me topé muchas veces con personajes de enorme catadura intelectual, como el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda, de quien siempre recibí los mejores consejos para defender mi obra de los depredadores de todo tipo. Me enseñó a defenderla y a creer en ella. A no sumarme a grupos por grandes o chiquitos que fueran. A odiar a los guetos disfrazados de colectivos, a las sectas adoradoras de escritores famosos y a no confiar en nadie ni en nada que no fuera mi instinto creador. Está de más decir que le vivo eternamente agradecida. Su recuerdo es una especie de destello relampagueando entre la cada vez más espesa niebla del horizonte literario. De la misma forma conocí y llegué a estimar a muchos grandes escritores, quienes siempre hablaban de lo mismo: publicaciones, novelas en proceso, proyectos en camino, chambas de corrección o de traducción, becas, presentaciones del libro de fulano o de zutano. En fin, su universo entero era la literatura.

Reflexionar sobre la labor del escritor implica siempre asomarse al abismo de lo indeterminado, lo oscuro, lo recurrente y, sobre todo, aquello imposible de conocer. La duda campea siempre nuestras ficciones, atenaza a nuestros personajes, se convierte en el meollo de nuestros conflictos (literarios, se entiende) y pasa por múltiples cedazos antes de aterrizar en la página o la pantalla. Por ello, la fabulación implícita en este proceso no nos faculta para manejar verdades absolutas, ni siquiera permanentes. Convicciones sí, por supuesto. Y aun esas banderas acaban por incendiarse o languidecer con el tiempo.

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Para abrir boca, el encuentro ofreció una charla con David Martín del Campo, un escritor ya muy poco leído por las generaciones actuales. Lo usual en estos casos: el gran escritor hablando de su obra. Las preguntas (justo por eso) no fueron muy claras. En estos tiempos ya no llama la atención que el promedio de edad de los “nuevos escritores” participantes en una actividad sea de 45 años o más. Sin embargo, Martín del Campo se refería a ese tipo de público como quien empieza a abrir las puertas del paraíso literario a jóvenes principiantes, aunque muchos ya tenían obra publicada, premios y muchos habían estado muchos años bajo la tutela de uno de los organizadores del encuentro: el psicólogo y escritor Alejandro Villagrán. La conferencia-presentación, por lo tanto, ofreció un panorama amplio de la obra de un autor desconocido para la mayoría, así como tips y consejos que ya habían escuchado desde hacía mucho de diversas fuentes. En esa medida creo que la presencia del autor invitado, si de algo sirvió, fue para facilitar el diálogo de las mesas siguientes, al plantear una historia no exenta de altibajos editoriales.

Las mesas sostuvieron discusiones sobre las nuevas tecnologías y la actividad del escritor (la IA, por supuesto), la migración y la experiencia transfronteriza, la coyuntura actual en Iberoamérica y su influencia en la elección de la temática y el género literario; el cuerpo como territorio de la literatura; la evolución de los géneros, las rupturas, entre otros temas derivados. Al final no hubo lectura de conclusiones; el wrap up estuvo a cargo del público que, animado a reflexionar en segundos sobre todo lo ahí expuesto, participó con comentarios a veces más interesantes que los del panel.

Esta larga reflexión sobre una actividad antes muy respetada y ahora tema de whatpad y de la enorme cantidad de anécdotas derivadas de la autopublicación como una mala experiencia, me llevó a pensar en todo lo que estamos dejando de atender como creadores de la pluma. Nos preocupamos por las redes sociales, por la promoción de nuestro propio libro, de concursar por el dinero de los premios, por creer que escribimos porque tenemos la pulsión en lugar de tener algo que decir. Y sí, la escritura es una vocación. Un llamado. Un oficio que se forja a través del tiempo. También un refugio para nuestra imaginación, nuestra biografía o nuestra rebeldía. Algunos quizá piensan en una especie de condena, de sacrificio. A veces escribir resulta un atajo imaginario hacia algo que puede dejar un dinero sin más esfuerzo que estar sentado tecleando palabras todo el día.

En el fondo, como toda forma de creación, la literatura aparece en nuestro día a día cuando más indefensos nos hallamos. Cuando no estamos preparados para mirar ese abismo que nos mira desde la espuma del plato que lavamos. A veces su manotazo, desgarramiento o voz en la cabeza llega cuando aún somos niños. A veces —con más frecuencia—, llega con el primer amor de la adolescencia. Más tarde puede aparecer como un fantasma que nos rescata de nuestra derrota matrimonial, o del fracaso como hijos, de la pérdida del empleo, los ahorros, la casa. Viene con la viudez o la inminencia de la muerte ante la enfermedad propia o de alguien cercano. La literatura nos abre sus brazos para arroparnos con letras y largas historias. Nos salva del olvido, de las tinieblas de nuestros corazones maltratados. Nos pone a resguardo de la maldad del mundo y al mismo tiempo nos acerca tanto al mal que sus fauces parecen devorarnos sílaba a sílaba.

Mi conclusión es que escribir nos hace humanos, más de lo que suponemos.

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