En tiempos marcados por la prisa, la ansiedad por la visibilidad digital y la fascinación —a menudo acrítica— frente a la inteligencia artificial, conviene recuperar una advertencia fundacional de la filosofía moral moderna. Kant lo formuló con precisión inapelable: “Trata a la humanidad siempre como un fin y nunca solamente como un medio”. Esta consigna no es un vestigio del pasado; es un criterio urgente para evaluar el presente tecnológico.
Diversos pensadores, desde tradiciones científicas, filosóficas y humanistas distintas, han coincidido en un punto esencial: la técnica solo es legítima cuando amplía la autonomía humana. En palabras recurrentes del pensamiento tecnológico clásico, la técnica debe ayudar al ser humano a hacer por sí mismo, no a sustituirlo ni a someterlo.
Hoy atravesamos un periodo crítico. Los avances de la ciencia y de la tecnología digital han comenzado a sembrar una duda inquietante: ¿sigue siendo el ser humano capaz de decidir su propio rumbo? Para algunos, los algoritmos ya nos gobiernan. No por la fuerza, sino por la seducción: nos asombran, nos entretienen, nos ordenan el mundo y, silenciosamente, nos conducen según una lógica que no siempre comprendemos ni controlamos.
Con los nuevos instrumentos del saber —plataformas, modelos predictivos, sistemas de recomendación— hemos ingresado casi sin advertirlo en una dictadura de la eficiencia. El algoritmo se ha convertido en el arquitecto invisible de nuestras decisiones cotidianas. Frente a ello, resulta imprescindible recordar algo elemental: el conocimiento, incluso en su forma más avanzada, debe ser humilde. Toda máquina, todo sistema, toda inteligencia artificial debe requerir siempre la confirmación última de la voluntad humana.
Es inaceptable que el algoritmo trate a la persona como un simple generador de “clics”. Hacerlo implica explotación económica, subordinación política y degradación social. Un sistema que reduce al usuario a dato traiciona la dignidad que dice optimizar. El algoritmo debe reconocer a la persona como sujeto, no como recurso; como fin, no como medio.
En esta encrucijada histórica, la voz del Papa Leon XIV, ha irrumpido con una claridad inesperada en el debate tecnológico global. Su Encíclica “Magnifica Humanitas”, es un llamado a preservar la magnificencia de la voluntad humana .No es una consigna religiosa aislada, sino una propuesta ética: colocar la tecnología al servicio del prójimo y comprender la inteligencia digital como una co-creación responsable, no como un poder autónomo ni moralmente neutro.
Desde esta perspectiva, el Papa propone un concepto disruptivo: “Algorética”. No se trata de un término nuevo en sentido estricto, pero sí de una resignificación profunda. La Algorética transforma las guías técnicas de buenas prácticas en imperativos morales orientados a la supervivencia ética de la especie humana en la era digital. Integra la ética de datos de la computación, el análisis de sesgos de las ciencias sociales y el humanismo filosófico para configurar una auténtica ciencia de la responsabilidad total.
Lo que está en juego no es menor: se trata de salvar la esencia del alma humana de su disolución en la lógica digital.
¿Qué significa Algorética?
Etimológicamente une algoritmo y Etica, Afirma que el código no es neutral. Detrás de cada línea de programación existe una decisión humana, un valor implícito o un sesgo estructural. Reconocerlo implica asumir la responsabilidad moral que emana de toda creación digital.
Propone un lenguaje común entre ingeniería y humanidades. No es “ética para informáticos”, sino una disciplina emergente que estudia cómo codificar valores —justicia, equidad, veracidad— en la arquitectura misma de los sistemas tecnológicos y delimita la frontera de lo humano. Define qué procesos pueden automatizarse y cuáles deben permanecer estrictamente humanos para preservar la dignidad, la libertad y la responsabilidad que constituyen a la persona.
Tal vez el gesto más audaz del Papa no haya sido advertir sobre los riesgos de la inteligencia artificial, sino atreverse a hablarle a la ciencia desde la Etica sin pedir permiso, y a la tecnología desde la dignidad sin complejos. En un mundo donde Silicon Valley dicta narrativas y los algoritmos reclaman obediencia, su voz introduce una anomalía poderosa: recordar que ningún avance técnico es progreso si reduce al ser humano. En ese sentido, su aportación no es solo teológica ni moral; es profundamente científica y radicalmente contemporánea. La algorética no es un freno al desarrollo: es la condición para que el futuro siga siendo humano.

