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lunes, diciembre 5, 2022
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Big Brother

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Mi generación creció con una amenaza general y permanente: hay alguien que siempre te vigila. Las de ahora crecen con la misma condición. La diferencia es que, la de hoy, es perversa, mal intencionada y peligrosa. La de antes era divina, preventiva y protectora. 

Todos estamos vigilados realmente. Pero ninguno sabemos para qué. Pensamos, ingenuamente, que es para tenernos como listado de posibles compradores de todo. Otros agregamos que también es para capturarnos como electores. La verdad indica que todo lo que hemos dicho, escrito y lo que pensamos está en algún lugar invisible, omnipotente, omnipresente y como Dios, en una nube. 

Las redes sociales, almacenan todo, nada olvidan, todo lo clasifican, lo relacionan con algo más y, aunque nos prometen que sólo lo utilizarían con fines comerciales o comunicacionales, la verdad, nos tienen cautivos, en todos los sentidos del concepto. 

Lo peor es que, nosotros, los usuarios les damos permiso cada vez que autorizamos las cookies.  Esos permisos que concedemos para leer lo que nos interesa permiten que los sitios que visitamos en las redes sociales recuerden información sobre nuestra visita, lo que, si bien es útil para que sea más fácil que vuelvas a visitar esos sitios, también hacen que sea más fácil utilizarlos o hacer que cada visita sea útil.  Pero también a “ellos”, los administradores o dueños de los sitios visitados. 

Las redes sociales han integrado una red humana que sirve, es cierto, pero también domina y somete. Y no son hermanitas de la caridad.  

La tecnología digital es realidad en nuestras vidas y nos sumerge en una media ficción que por momentos olvidamos que no es real, real. Nos distrae, nos compromete. Nos aprisiona. Lo peor es que, aunque nos damos cuenta, nos gusta, nos divierte, nos hace olvidar de los problemas reales y nos hace creer sólo lo que ellos quieren creamos como si fuera nuestro. 

Los recientes avances digitales nos llevan a la verosimilitud de los metaversos. Es lo de hoy los niños juegan con la tecnología, como nosotros jugábamos con los cochecitos de fricción, o los arrastrábamos amarrados con un mecate. Los políticos se ahorran mucho dinero para hablar con sus electores y la belleza, y seducción del diseño gráfico digital, la animación, la tercera dimensión, esconden mejor sus insanos intereses. 

Pero usted tiene razón, nosotros lo permitimos. 

La praxis digital tiene un lado bueno y muchos controversiales. Alfredo Nobel, el científico, nos estaría criticando de irresponsables por atentar contra la libertad y seguridad del ser humano porque lo bueno de un invento se usa más para lo malo, como a él le pasó con su descubrimiento de la dinamita, el más importante de los 355 inventos que patentó.   

John de Mol y George Orwell nos lo advirtieron ya desde hace muchos años. El big brother no es ese amigo paternalista y severo que vigila a todos, que impone orden y disciplina para hacer el bien para todos. El big brother digital nada tiene que ver con ello. Organiza, cautiva, impone y domina. 

Así vivimos todos, sin darnos cuenta; o lo permitimos porque, con todos sus riesgos y peligros, vivir en las redes sociales en las computadoras, las tabletas o los celulares es mejor y más cómodo que en las injusticias, abusos y contradicciones de la vida real. 

Y eso a los políticos les fascina porque vivimos en una fraternidad que les conviene, en una nube que nos acerca a un Dios diferente y donde tenemos el alimento seguro en las galletitas; las cookies que nos ofrecen, esas sí, comer a diario y suficiente para engordarnos en beneficio de otros que ni conocemos y ni nos interesa conocer. 

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