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martes, enero 13, 2026

Zorro, de Dubravka Ugrešić

Zorro, de Dubravka Ugrešić

El libro empieza con la pregunta, cómo se crean los cuentos y Boris Pilniak y continúa con una mujer -la escritora- en un congreso literario, en algún aeropuerto del mundo, con una bolsa de mano llena de papeles y un cansancio que no es solo físico. Empieza con el olor del circuito cultural: alfombras de hotel, cafés tibios, acreditaciones, vuelos baratos, la pequeña humillación de tener que contar quién eres y por qué importas. Zorro no entra por la puerta de la ficción sino por la rendija de esa experiencia. Desde ahí, desde ese espacio gris donde la literatura se parece demasiado a un oficio precario, Dubravka Ugrešić suelta a su animal.

El zorro no aparece como personaje sino como principio de lectura. El zorro es el escritor. No el escritor romántico, no el genio, no el testigo puro. El zorro es el que merodea, el que roba, el que sobrevive gracias a la astucia, el que sabe que el mundo es una serie de trampas y aprende a cruzarlas sin dejarse atrapar del todo. Ugrešić lo dice sin pedir permiso: escribir es una forma de hurto. Toda historia toma algo que no le pertenece del todo, una vida, una anécdota, una herida, y la transforma en relato. La pregunta no es si eso ocurre, sino qué hacemos con esa culpa.

Por eso el libro gravita alrededor de Boris Pilniak. No como homenaje, sino como herida abierta. Pilniak, el gran narrador ruso de los años veinte, el autor brillante que creyó que la astucia del zorro bastaría para moverse entre los engranajes del poder soviético. Pilniak también escribió como un zorro, con rodeos, con ironías, con dobles fondos, confiando en que la inteligencia era un refugio. No lo fue. El Estado lo leyó como se caza un animal. Lo arrestó, lo borró, lo hizo desaparecer. Ugrešić vuelve a él no para llorarlo sino para usarlo como espejo: qué tan lejos puede llegar un escritor jugando a la astucia antes de que la historia, o el mercado, o la policía, decidan que ya no es juego.

A partir de Pilniak, Zorro se convierte en una red de relatos que no avanzan en línea recta sino que se dispersan como el aspersor del epígrafe de I. Ferris. Historias de escritores olvidados, de viudas literarias, de archivos, de manuscritos, de encuentros en festivales, de biografías trituradas por la fama o por la ideología. Nada se presenta como argumento cerrado. Cada historia parece brotar de la anterior por una lógica de sed, no de humedad. No porque toque directamente el mismo tema, sino porque algo en ella pide ser contado, como la hierba que crece porque presiente una fuente.

Leer Zorro es aceptar que la novela ya no quiere comportarse como novela. Ugrešić no busca el pacto clásico de la ilusión. No quiere que olvides que estás leyendo. Quiere que sientas la fricción entre vida y relato. Por eso mezcla su propia voz con la de otros, su biografía de exiliada con la de escritores muertos, el presente banal de los aeropuertos con el pasado trágico del siglo XX. El resultado no es un collage posmoderno sino una ética narrativa: cada vez que una historia se vuelve demasiado pulida, alguien queda afuera, alguien es reducido a material.

Y ahí es donde el zorro se vuelve una figura peligrosa. El escritor como zorro es fascinante, pero también es sospechoso. El zorro sabe encontrar historias donde otros no ven nada. Sabe olfatear lo que puede convertirse en relato. Pero ese mismo olfato puede convertir el dolor ajeno en mercancía. Ugrešić no se absuelve. Al contrario, se incluye en el problema. La narradora que viaja de congreso en congreso sabe que también vive de transformar fragmentos de vida en textos. La pregunta moral del libro no es abstracta. Es cotidiana: cada anécdota que cuentas, cada vida que citas, cada muerto que rescatas, ¿lo estás honrando o lo estás usando?

Por eso Pilniak importa tanto. Porque su destino le pone límite al juego. Frente a un Estado totalitario, la astucia del zorro no basta. Frente a un mercado literario global, quizá tampoco. El libro sugiere que hoy ya no es el comisario político quien decide qué escritor vive y cuál muere, sino un entramado más amable y más cruel: editoriales, premios, traducciones, modas. Un escritor puede ser borrado sin necesidad de un gulag, simplemente dejándolo fuera del circuito. Convertido en nota al pie. En un archivo que nadie abre.

Zorro rescata esas notas al pie y las convierte en centro. Pero al hacerlo también nos obliga a mirar la operación. Rescatar no es inocente. Narrar nunca lo es. Ese es el nervio del libro. No ofrece consuelo, no ofrece una épica del escritor exiliado. Ofrece una lucidez incómoda: la literatura es una forma de vida que se alimenta de otras vidas.

Al final, lo que queda no es una historia sino un animal suelto. Un zorro que sigue rondando después de cerrar el libro. Un recordatorio de que toda narrativa es un acto de inteligencia y de violencia, de amor y de robo. Y que quizá la auténtica diversión literaria, como dice el epígrafe, empieza cuando la historia ya no obedece al autor, cuando se comporta como un aspersor y moja incluso lo que preferiríamos mantener seco. La hierba crece no porque la rieguen, sino porque tiene sed. Y esa sed es la misma que nos empuja a leer y a escribir, aun sabiendo que en ese deseo hay algo hermoso y algo culpable.

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