Las fechas cerradas son un buen pretexto para festejar. Ya hace treinta años inició esta aventura que comenzó como broma literaria. Me parece que es buen tiempo para volver a los inicios. Habría que empezar justo ahí, desacomodando. Porque si algo fue el Crack, fue una molestia. Una piedra en el zapato, no una boutade.
No nacimos para fundar nada. Ni escuela, ni programa, ni mucho menos una doctrina exportable. Nacimos, si se puede decir así, de cierto fastidio compartido. De una sensación, medio vaga al principio, de que algo no cuadraba. La literatura empezaba a confundirse con su circulación. Las editoriales buscaban nuevamente productos que tuvieran color local. Se nos pedía escribir, temas eran “nuestros”, para ser reconocibles. Y bueno, contra ese guion escribimos. Sin demasiada estrategia, la verdad. Por rechazo, sin un programa claro.
Éramos amigos, sí. Pero no en el sentido cómodo. La amistad ahí funcionaba como presión. Nos leíamos con cierta dureza, a veces excesiva, pero necesaria. Si compartíamos algo, no era una estética común, ni una voz. Más bien una negativa terca: no escribir lo que ya sabíamos que iba a funcionar. No escribir lo que no nos interesaba leer. Parece simple.
El manifiesto, por eso, tuvo cinco partes, cada una firmada por su autor. Y se llamaba de las novelas del crack (no nos pusimos grupo, ni generación, como leyó la prensa). Cada uno hablaba desde su obsesión, desde su manía particular. Nos unía la juventud y la defensa de la novela como un espacio ambicioso. Ambición formal, ambición intelectual. Una idea de novela total y de novela compleja. Exigirle al lector. Y no solo cada uno firmaba su sección del manifiesto, sino que algunos de sus “postulados” se pueden contradecir. Yo mismo afirmaba que quizá nuestras siguientes novelas serían del anti-crack. Creo que pocos leyeron esa última frase de mi parte porque los vituperios no tardaron en llegar y se nos acusaba de “autodenominarnos”, como si eso fuera en sí mismo un pecado.
Tampoco éramos ingenuos, aunque a veces lo pareciera. Sabíamos que cualquier gesto de ruptura corre el riesgo de volverse etiqueta. El Crack terminó nombrando algo más simple de lo que intentaba ser. El mercado tiene esa habilidad, digamos, para absorber incluso lo que se le opone. Lo acomoda y lo vuelve legible.
Pero son treinta años y seguimos escribiendo. no es tanto lo que fuimos, sino lo que sigue ahí. Muchas de las condiciones contra las que escribimos no desaparecieron. Se volvieron más finas, más difíciles de señalar. Ya no hay imposiciones burdas. Hay hábitos. El escritor aprende, casi sin darse cuenta, a escribir dentro de un margen. Ajusta su ambición a lo que cree que será recibido. Confunde visibilidad con importancia. Se corrige antes de escribir. Eso es nuevo. O más bien, eso es más eficaz.
La muerte de Ignacio Padilla no fue un pie de página en esta historia. Fue una interrupción. La conversación que ya no pudo continuar del mismo modo. Desde entonces, cualquier regreso al Crack tiene algo de incompleto. Queda, si acaso, una manera de insistir. La idea de que la novela no tiene por qué simplificarse para existir. Seguimos leyendo y escribiendo novelas exigentes. Seguimos pensando que la tradición no es letra muerta o pasto de la historia literaria.
Si algo defendiera hoy, con más claridad que entonces, sería el derecho a la dificultad. Mientras exista esa tensión entre lo que se espera y lo que se arriesga, la novela sigue viva. Lo que empezó como una broma literaria cumple tres décadas y hay tesis doctorales y artículos sobre el grupo, no solo sobre las obras individuales. Aparecemos en las historias literarias. Hace décadas Mario Vargas Llosa nos saludó irónico diciendo: “Aquí están los parricidas. Les informo que sigo vivo”. Nosotros nunca quisimos matar al Boom, nuestros hermanos mayores. Quisimos continuar su trayectoria, escribiendo desde el riesgo, pensando en la novela como forma del conocimiento.

