18.4 C
Puebla
domingo, febrero 22, 2026

Leer a Murnane

Leer a Murnane

Siempre he sentido que Gerald Murnane será el próximo Nobel. Siempre la academia me lo queda a deber. Quizá se vaya de este mundo como tantos grandes sin recibirlo. Es lo de menos. Ha construido una obra fuera de todo reflector, la más literaria y cerebral posible. En medio de una cultura literaria adicta a la velocidad —libros que “avanzan”, tramas que “atrapan”, frases que funcionan como tráileres de su propia adaptación— Gerald Murnane permanece en un pequeño pueblo de Victoria escribiendo sobre praderas.

No praderas metafóricas. Praderas reales. Horizontes planos. Luz seca. Líneas que se alejan. Ha dicho que imagina su mente como una llanura: nivelada, expansiva, sin los picos teatrales que tantos novelistas construyen. Esa imagen es el detonador silencioso en el corazón de Landscape with Landscape, un libro que parece delgado y casi tímido, pero que se despliega como una serie de espejos enfrentados.

No es autoficción en el sentido contemporáneo. No hay confesiones diseñadas para circular en redes sociales ni traumas revelados con conciencia de marca. En su lugar, Murnane propone algo más extraño y, a su manera, más radical: una serie de relatos enlazados en los que los narradores van escribiendo a otros narradores hasta darles existencia. Cuando se llega al último texto, se comprende que el libro se ha plegado sobre sí mismo. El escritor que creíamos seguir puede haber sido inventado por otro en la página anterior.

Suena cerebral. Se lee como un trance. El título es la primera pista. Un paisaje con paisaje. Una imagen que contiene otra imagen. Una vista que resulta ser el marco de otra vista. La expresión produce la sensación de estar ante un cuadro que esconde otro más pequeño en su interior, y luego otro, y otro más, todos retrocediendo hacia un punto de fuga que quizá sea infinito.

Pero el procedimiento no es decorativo. Es anatómico. Murnane no exhibe destreza metaficcional; escenifica el proceso mismo de escribir. Cada relato comienza delimitando un lugar —a veces geográfico, a veces mental— y poco a poco revela que el verdadero territorio es interior. El mundo visible titila en los márgenes. El invisible ocupa el centro.

En entrevistas, Murnane ha trazado una distinción tajante entre lo que llama “ficción de guion cinematográfico” y aquello que, según él, debería ser la ficción. La primera ofrece escenas que podrían filmarse con una cámara. La segunda aspira a dar un “relato verdadero del contenido de la mente del escritor”. La frase parece sencilla. No lo es. Sostener que la tarea de la ficción es representar el clima real de la conciencia implica rechazar el modelo dominante de la narrativa como espectáculo.

Leído así, Landscape with Landscape se convierte en un manifiesto disfrazado de libro de relatos. Hay acontecimientos, desde luego. Hay mujeres entrevistas al borde de una habitación, paisajes recordados, insinuaciones de deseo y de vergüenza. Sin embargo, el drama auténtico ocurre en la distancia entre percepción e imaginación. El narrador ve algo. Lo rodea con hipótesis. Duda de ellas. Las reescribe. El relato no avanza tanto como se ahonda.

El efecto es hipnótico. Las frases se acumulan con una calma medida. Las subordinadas regresan, matizan, corrigen. No hay fuegos artificiales. La prosa rehúye seducir. Y, sin embargo, lo que se construye es una atmósfera de intensa presión interior. Escribir aquí no es una performance; es una forma de supervivencia. Murnane ha descrito la escritura como un “alivio”, como si cada frase fuera un pequeño acto de descarga necesaria. También ha hablado de una trinidad privada: imágenes, sentimientos, palabras. En Landscape with Landscape se puede observar esa tríada en funcionamiento. Surge una imagen —un campo, una habitación, una mujer—. Genera un sentimiento, a menudo impreciso. Las palabras llegan con cautela, tanteando si pueden sostener aquello que nombran.

La arquitectura del libro —seis piezas que se transfieren la autoría de manera sutil— reproduce el gesto de la revisión. Cada borrador crea las condiciones del siguiente. Cada versión del yo en la página nace de una versión previa. Al final, la autoría se vuelve difusa. ¿Quién habla? ¿Quién ha imaginado a quién? La inquietud es tangible. También lo es la exaltación. Escribir se revela como un acto recursivo, una galería de espejos donde la identidad se construye y se disuelve al mismo tiempo.

Lo que confiere al libro su singular elegancia no es la confesión, sino la disciplina. Murnane ha vivido lejos de los centros literarios. Apenas ha viajado. No cultiva la mitología del novelista errante. Cultiva la atención. La mente como pradera no es una metáfora ornamental; es una descripción de método. El horizonte puede parecer vacío, pero en ese vacío cada variación mínima cuenta. Un cambio de luz. Un matiz en el recuerdo. Una frase alterada por una cláusula.

En una cultura que confunde narración con impulso, Murnane propone la quietud como intensidad. Sus paisajes no estallan; se expanden. A medida que se lee, se percibe que el verdadero tema es la arquitectura invisible de la conciencia. El mundo visible —las habitaciones, las mujeres, los pueblos evocados— actúa como detonante. El núcleo está en otra parte.

También atraviesa el libro la sombra del malentendido. En su primera recepción, hubo quien redujo su interioridad a una intención superficial, confundiendo especulación con acción. Años después, Murnane respondió a esa lectura en un prefacio, no con resentimiento sino con precisión. El episodio subraya uno de los nervios del libro: la vida interior, una vez impresa, queda expuesta. Lo invisible puede ser malinterpretado como evidente.

Esa tensión —entre fidelidad a la mente y riesgo de incomprensión— recorre las páginas. Es parte del precio de este tipo de escritura. Representar el contenido de la conciencia sin ornamento implica parecer austero, incluso ajeno. La recompensa es una forma distinta de intimidad. No la intimidad de la confesión, sino la del proceso. El lector no recibe simplemente un sentimiento; habita el movimiento que lo convierte en lenguaje. En moda, las prendas más memorables suelen revelar su construcción: costuras visibles, estructura expuesta, el andamiaje convertido en estética. Landscape with Landscape funciona de manera semejante. Las costuras de la composición no se ocultan. El andamiaje forma parte del efecto. El acto de escribir no queda detrás de la trama; es la trama.

Leer a Murnane hoy, en una época de prosa cinematográfica y yoes cuidadosamente curados, significa encontrarse con otro modelo de rigor artístico. No busca el espectáculo. Busca la exactitud. No persigue el mundo; cartografía uno interior. La pradera se extiende. El horizonte permanece nivelado. El drama reside en la fidelidad con que la frase consigue trazar la ondulación más leve del pensamiento. En las últimas páginas, la estructura recursiva ha operado una transformación discreta. El libro ha enseñado a leerlo. Ha desplazado la atención del incidente hacia la inflexión. Ha hecho consciente al lector de su propio paisaje interior mientras recorre el de Murnane. Ahí radica su fuerza silenciosa. No se limita a reflexionar sobre el proceso de escritura. Sumerge en él. El paisaje que parecía exterior contiene otro. Y dentro de ese segundo paisaje, casi sin advertirlo, se despliega el movimiento de la propia mente en busca de una forma que se sienta verdadera.

Notas relacionadas

Últimas noticias

Lo más visto