Hay un momento en El corazón de las tinieblas en que Marlow, al internarse en África, comprende que lo que contempla no es la selva sino el apetito. La jungla es apenas el decorado. La verdadera obscenidad es la extracción disfrazada de iluminación. Es difícil leer The Elements of Power: A Story of War, Technology, and the Dirtiest Supply Chain on Earth, el nuevo libro del periodista Nicolas Niarchos, sin sentir que Joseph Conrad ya había trazado su gramática moral. El río ha cambiado; la retórica se ha refinado; la maquinaria ahora zumba con promesas de litio y futuro verde. Pero el viaje sigue siendo reconocible.
El libro de Niarchos aparece en medio de un pequeño pero creciente corpus que interroga los costos de la descarbonización. Junto a Extraction: The Frontiers of Green Capitalism, de Thea Riofrancos, y Cobalt Red: How the Blood of the Congo Powers Our Lives, de Siddharth Kara, plantea una pregunta que la política ambiental occidental ha preferido esquivar: ¿qué significa construir un futuro limpio sobre un suelo sucio? Si Riofrancos disecciona la economía política de la extracción “verde” y Kara acusa el comercio del cobalto con una minuciosidad casi forense, Niarchos opta por algo más narrativo e inmersivo: un viaje por el cinturón minero de la República Democrática del Congo que se lee como crónica y, por momentos, como elegía.
La intuición central del libro es tan simple como perturbadora. La transición energética, escribe Niarchos, suele consistir en un intercambio: “energía más limpia en casa a cambio de contaminación y sufrimiento en otra parte”. El cobalto, indispensable para las baterías que alimentan vehículos eléctricos y teléfonos inteligentes, se convierte en el nuevo marfil. Su cadena de suministro atraviesa minas artesanales donde niños excavan con herramientas rudimentarias, pasa por intermediarios que blanquean el origen del mineral y desemboca en multinacionales cuyos informes de sostenibilidad hablan el lenguaje pulcro de metas y compensaciones. Niarchos recorre estos circuitos con la paciencia de un reportero de campo, atento tanto a la vida concreta de los mineros como a las evasivas burocráticas de empresas y políticos.
En esto se distingue del libro de Kara. Cobalt Red es una denuncia impulsada por la indignación; documenta trabajo forzado, cuerpos mutilados y complicidad corporativa con una claridad moral que roza la acusación formal. El Congo de Kara es una escena del crimen, y él escribe como testigo decidido a obtener un veredicto. Riofrancos, en cambio, sitúa la extracción dentro de una crítica más amplia al capitalismo verde. Su mirada se extiende más allá del Congo hacia América Latina y la geopolítica del litio, y sostiene que la transición energética corre el riesgo de reproducir patrones coloniales de dependencia si no se ensayan nuevas formas de control democrático. Si Kara afila el cuchillo y Riofrancos redibuja el mapa, Niarchos sigue el río.
Niarchos ha reportado desde zonas de guerra, y The Elements of Power lleva esa marca. Muestra cómo la minería del cobalto está entrelazada con conflictos armados, redes de patronazgo y estados frágiles. Políticos negocian acuerdos opacos con compañías extranjeras; comunidades son desplazadas; la tierra se desnuda y los ríos se contaminan. Derrumbes sepultan a mineros vivos. El tono semiapocalíptico no es exageración sino acumulación: cada episodio se suma al anterior hasta que el lector siente el peso de un sistema que trata a los seres humanos como insumos descartables.
El autor evita el maniqueísmo fácil. Sus retratos de mineros, comerciantes e incluso de ciertos funcionarios complican la división entre víctima y victimario. Muchos mineros conocen los riesgos y aun así descienden a los socavones porque la alternativa es el hambre. Familias enteras dependen de un ingreso tan volátil como peligroso. En ese punto el libro se acerca a la inquietud más profunda de Conrad. El horror no reside únicamente en que hombres perversos exploten a los débiles. Reside en que órdenes económicos enteros normalicen esa explotación como necesaria, incluso progresista. La retórica de la salvación —sea misión civilizadora o neutralidad de carbono— funciona como velo.
La novela de Conrad sigue siendo una brújula moral útil precisamente porque rehúye el consuelo, a pesar de todo lo que se ha escrito contra ella y el colonialismo o incluso a pesar suyo. El viaje de Marlow no revela un monstruo aislado sino un sistema que corroe a todos los que toca. El Congo de Niarchos no es una postal fija de sufrimiento; es un nodo en una cadena global que nos implica. Las baterías de nuestros autos y bolsillos no son tecnologías abstractas sino condensaciones materiales de trabajo y riesgo lejanos. Invocar a Conrad aquí no es un gesto nostálgico sino el reconocimiento de una rima estructural: el centro se felicita por sus ideales mientras la periferia absorbe el costo.
Comparado con Riofrancos y Kara, Niarchos es menos programático. No ofrece un plan detallado de reforma ni construye su relato como una acusación jurídica. Compone, más bien, una narración entrelazada de guerra, tecnología y comercio que deja al descubierto la asimetría moral de la transición verde. Esa contención puede frustrar a quienes buscan soluciones inmediatas. Pero también preserva la complejidad del terreno. El comercio del cobalto no es una conspiración desmontable con una sola denuncia; está incrustado en la demanda de consumo, en la política industrial y en la competencia geopolítica.
Lo que une a estos tres libros es la insistencia en que la virtud climática no puede comprarse al por mayor. Si Riofrancos cuestiona la ideología del crecimiento verde y Kara exige rendición de cuentas por las cadenas de suministro ensangrentadas, Niarchos recuerda que la historia de la energía es también la historia del poder: quién lo ejerce, quién se beneficia y quién queda aplastado. El paso de los combustibles fósiles a las baterías puede ser tecnológicamente transformador. Moralmente, amenaza con la continuidad.
Al final de El corazón de las tinieblas, Marlow miente para preservar una ilusión. No puede romper la fe de quienes permanecen en Europa, lejos de la verdad del río. La pregunta que Niarchos plantea, de forma implícita, es si estamos dispuestos a renunciar a nuestras propias narrativas tranquilizadoras sobre la transición energética. Descarbonizar sin desacoplar la prosperidad de la explotación sería repetir el viaje río arriba, esta vez en un vehículo eléctrico. El horror, si nos negamos a verlo, no desaparecerá. Simplemente será subcontratado.

