- Thi Nguyen ha escrito un libro revelador. The Score: How to Stop Playing Someone Else’s Game, parte de una intuición que cualquiera reconoce: la vida cotidiana se ha llenado de contabilizadores. Pasos diarios, rachas de estudio, puntuaciones de bienestar, clasificaciones de universidades, cifras de productividad, índices de lectura. Todo parece avanzar hacia una forma de existencia que se vuelve legible únicamente cuando puede ser contabilizada. El libro de Nguyen examina con paciencia quirúrgica esa transformación y sostiene que no solo ha cambiado lo que hacemos, también ha comenzado a remodelar lo que somos capaces de desear.
El concepto que vertebra el libro describe un proceso de captura de valores. Una persona ingresa a un entorno con valores complejos, hechos de matices, contextos y ambigüedades, y allí se le ofrece una versión simplificada de esos mismos valores en forma de contabilizador. La salud se vuelve una cifra de pasos, el aprendizaje se vuelve una racha de horas, el prestigio académico transforma un lugar en una lista. Con la repetición, la versión empobrecida se apodera de la brújula interior. La persona ya no persigue aquello que le importaba originalmente, sino aquello que puede aumentar el número visible. La cifra empieza como instrumento y termina como horizonte.
Nguyen muestra hasta qué punto esa simplificación tiene atractivo estético. Hay un placer casi sensual en la claridad del gráfico, de la tabla, de la clasificación que ordena el caos y promete control. Esa claridad seduce porque ofrece alivio frente a la complejidad de lo real. El precio que se paga es alto: se sacrifican los tonos intermedios, lo que no encaja en casillas, la riqueza de situaciones que no admiten un conteo sin violencia. El libro insiste en que la cuantificación no se limita a registrar, sino que reeduca la percepción moral y transforma el campo de lo deseable. Es una pedagogía de la cifra.
Uno de los ejemplos más iluminadores aparece en el mundo del vino. La expansión de los sistemas de puntuación numérica creó la ilusión de transparencia para el consumidor, pero empujó a los productores hacia un estilo homogéneo que “sube la nota” y borra diferencias regionales, maridajes, tradiciones y rarezas. Algo semejante ocurre en la vida intelectual: las clasificaciones de universidades y revistas reorganizan prioridades de investigación, empujan hacia lenguas y temas específicos y reescriben carreras completas. Lo que no mejora el lugar en la lista queda en el borde de lo inexistente.
Nguyen analiza también una operación institucional frecuente: decisiones políticas y económicas cargadas de juicio se presentan como obediencia a “los números”. Se diseñan criterios, se deciden qué factores contar, se elige la ponderación de cada uno, pero luego esas decisiones se borran detrás del aura de neutralidad del indicador. Quien toma la decisión se ampara en el contabilizador como si fuera una fuerza natural. Así, disputas que deberían debatirse en público se transforman en asuntos técnicos administrados por quienes producen los indicadores.
Todo esto procede de alguien que no desconfía del juego como tal. En su trabajo anterior había defendido que los juegos son laboratorios de agencia, espacios donde experimentamos formas de desear y de actuar. El punto ahora es distinto: la lógica del juego se ha derramado sobre ámbitos que antes se regían por fines propios. La amistad, el cuidado, la enseñanza, la investigación, el compromiso público se han visto invadidos por sistemas de logros, insignias, rachas y tablas comparativas que empujan a vivir en permanente competencia con otros y con uno mismo. El peligro no es jugar, sino dejar que las formas del juego se vuelvan molde obligatorio de la vida entera.
El libro gana espesor cuando se vuelve autobiográfico sin sentimentalismo. Nguyen cuenta su propia relación con clasificaciones académicas, métricas de productividad y obsesiones comparativas que terminaron por vaciar de sentido el trabajo que supuestamente medían. Esa honestidad lo salva del sermón tecnófobo. No escribe desde afuera de la cultura del contabilizador, sino desde su interior, como alguien que ha sentido la dulzura de la cifra y luego ha tenido que desintoxicarse de ella. Pero en lugar de Vigilar y castigar, el horizonte de la biopolítica que analizaba Foucault, ahora se trata de contabilizar y castigar.
Desde nuestro horizonte iberoamericano el libro resulta particularmente revelador. En los sistemas universitarios de la región, los contabilizadores globales conviven con precariedades locales. Las políticas públicas se evalúan por indicadores que rara vez recogen la complejidad de la desigualdad o de las economías informales. La investigación se orienta hacia lo que puntúa en clasificaciones internacionales. La cuantificación se vuelve requisito de supervivencia institucional y a la vez borra las condiciones materiales que esa misma cuantificación no sabe nombrar. El libro de Nguyen ofrece un vocabulario para pensar esas tensiones sin caer en el rechazo romántico de toda medición.
La crítica, sin embargo, deja zonas en penumbra. El autor se concentra más en los efectos psicológicos y culturales de los contabilizadores que en la maquinaria económica y política que los produce y los vuelve obligatorios. Aparece menos la discusión sobre la propiedad de las plataformas, los modelos de negocio de la economía digital, la historia de la estadística como herramienta de gobierno. También queda abierta una pregunta fértil: si toda vida colectiva necesita simplificaciones para coordinar acciones, cómo diseñar contabilizadores que no empobrezcan los valores que dicen medir y que puedan ser discutidos y corregidos públicamente.
Tras la lectura, cuesta no mirar de otra manera las aplicaciones de bienestar, los sistemas de evaluación, los informes institucionales. Nguyen no predica una renuncia total a las cifras. Propone algo más sutil y desafiante: reapropiarse de los juegos, reservar espacios vitales sin contabilizador, recordar que un número no agota la realidad que pretende describir. Invita a tratar algunos sistemas de conteo como reglas opcionales y a defender aquellas prácticas que pierden su gracia en el momento mismo en que se vuelven medibles. Siempre he pensado, por ejemplo que hacer planes tipo empresa (con su fórmula caduca de visión, misión y valores) en una universidad, por ejemplo, empobrece la función misma de una casa de estudios superior, que es criticar, cuestionar, pensar.
En una época que se autoevalúa en tiempo real, el libro funciona como una escuela de sospecha y de cuidado. Pone en palabras una sensación extendida y la afina hasta convertirla en diagnóstico filosófico. Y quizá su mayor virtud esté en algo elemental: devuelve la rareza al acto de contabilizar y nos recuerda que no todo lo valioso se deja medir.

