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jueves, junio 30, 2022
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Un nuevo régimen

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Vivimos bajo un nuevo régimen, afirma el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su más reciente libro Infocracia. La digitalización y la crisis de la democracia publicado bajo el sello Taurus (2022). Un régimen en el que el dominio –o al menos el control– de los procesos económicos y políticos pasa por los algoritmos y la inteligencia artificial. Un régimen en el que la disciplina da paso al acceso a la información y la consecuente vigilancia psicopolítica.  

¿Qué distingue a este nuevo régimen del régimen de la disciplina delineado magistralmente por Foucault? La sensación de libertad. Antes, el control social requería docilidad y obediencia. Hoy el ciudadano “se cree libre, auténtico y creativo. Se produce y se realiza a sí mismo”. El panóptico deja de ser un dispositivo que se impone para exponer todo a la vista, aislar el cuerpo, controlar e interiorizar la vigilancia. Ahora son las tecnologías digitales de información las que convierten la comunicación en el medio privilegiado de vigilancia: “en el régimen de la información, las personas se esfuerzan por alcanzar la visibilidad por sí mismas, mientras que en el régimen de la disciplina se les obliga a ello”. 

El capitalismo de la información corre por las vías de las muy criticadas técnicas neoliberales, por lo que no es extraño que la política principal del nuevo régimen sea la transparencia, el derecho del pueblo a saber. Aprovechando que los teléfonos inteligentes son excelentes vigilantes se promueve en las redes sociales la libertad en vez de cancelarla, después de todo –y paradójicamente– el share y el like, atomizan, fragmentan, aíslan. Anulan, en última instancia, la posibilidad de una revolución. 

Los oficiantes en el régimen neoliberal de la información son los influencers cuya dimensión religiosa los convierte en inductores y ejemplo para sus seguidores. “El like es el amén. Compartir es la comunión. El consumo es la redención”. Más aún: asumir las afirmaciones del líder es el camino para construir la propia identidad y alcanzar la autorrealización. “En el régimen de la información –apunta el Profesor de Filosofía y Estudios Culturales en la Universidad de las Artes de Berlín–, ser libre no significa actuar, sino hacer clic, dar like y postear”. De este modo, “el régimen de la información se apodera de esas capas prerreflexivas, instintivas y emotivas del comportamiento que van por delante de las acciones conscientes”. 

Así, la democracia deviene infocracia. Veamos: “el discurso político del siglo XIX, marcado por la cultura del libro, tenía una extensión y una complejidad totalmente distinta”, es decir, el discurso político era no hace mucho eminentemente racional. La política era una actividad argumentativa que pretendía persuadir, convencer y comprometer. Con el auge de los medios, la política se adapta a la lógica de los medios masivos de comunicación. Se debilita el discurso. La política deviene escenificación y entretenimiento: noticias, declaraciones, escándalos. Actualmente, con la digitalización de los medios y las redes sociales, la política se adapta por un lado a una “estructura rizomática”, sin centro, y, por otro lado, a la velocidad. 

¿Y eso qué? Para pronto: “la necesidad de aceleración inherente a la información reprime las prácticas cognitivas que consumen tiempo, como el saber, la experiencia y el conocimiento”. Y para pensar un rato: “en el microtargeting, los votantes no están informados del programa político, sino que se los manipula con publicidad electoral adaptada a su psicograma, y no pocas veces con fake news”. O sea, en el contexto actual el discurso político desaparece, el espectáculo y el entretenimiento pierden fuerza política, proliferan los datos, (muchos datos, no relatos) y se imponen las noticias falsas y la desinformación. 

Según Byung-Chul Han, “la comunicación digital provoca una restructuración del flujo de información, lo cual tiene un efecto destructivo en el proceso democrático”. La razón está en la incapacidad de sostener la acción comunicativa, propuesta en la modernidad tardía por Habermas. Más que comunidades virtuales, lo que se aprecia son “enjambres digitales”, “tribus”, “ganado consumista”, sin cohesión, sin responsabilidad colectiva, sin acción. Con el discurso ha desaparecido el otro como interlocutor, y sin el otro, la verborrea del dirigente deja de ser representativa y se torna “autista, doctrinaria y dogmática”. Los hechos pierden relevancia. Es obvio: sin acción comunicativa, no hay acción política: “la crisis de la democracia es ante todo una crisis del escuchador”. 

El discurso ha sido sustituido por los datos y esto, como queda de manifiesto, ha transformado la política y afectado la democracia. Pero el impacto no se queda ahí, en la medida en que se dificulta la argumentación, se afecta el razonamiento y el aprendizaje. No lo anula, lo reorienta bajo la idea de que la sociedad es “un sistema social predecible”. Una sociedad donde el poder será administrado no por los políticos tradicionales (cada vez más prescindibles) sino por expertos e informáticos hábiles en el manejo del big data y la inteligencia artificial. 

Entre el optimismo triunfal de los dataístas y las reservas de los críticos del régimen de la información queda claro que vivimos un tiempo caracterizado por cambios rápidos y profundos que están transformando la sociedad, la economía y la política. Existe una metamorfosis del poder asociada a una crisis de la democracia, se desdibuja aún más la racionalidad moderna, pierde fuerza la acción comunicativa e incluso, atestiguamos un peligroso nihilismo que descarta la Verdad en cuanto regulador social.  

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