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sábado, diciembre 3, 2022
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Las razones de la escritura

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¿Por qué escribir? Esta pregunta que ha asaltado a escritoras y escritores en algún momento de su vida va más allá del conocimiento, la voluntad y el poder. Responder “porque sé hacerlo”, “porque quiero hacerlo” y “porque puedo hacerlo” no satisface ni la curiosidad ni el deseo de explicar la creación, la pasión por la escritura.  

¿Por qué hay quienes son poseídos por el furor de las musas? ¿Qué sostiene las largas y extenuantes jornadas de escritura? ¿Cuál es el origen del placer o el dolor que experimenta quien escribe? ¿Cómo se explica el éxtasis estético? ¿De dónde salen las voces que vienen a la mente durante el proceso creativo? ¿Es el talento artístico un don adicional o una deficiencia? 

Estas cuestiones ya empezaban a ser recurrentes y distraían mi atención cuando, por azar, encontré el libro La melancolía creativa de Jesús Ramírez Bermúdez, publicado por Debate (2022). Un volumen que incluye siete ensayos, a saber: Biografía de la melancolía, Delirios melancólicos, Anamnesis creativa: la transmutación artística de la melancolía, el precio a pagar por tener lenguaje, Veinte balas, Experiencia literaria y dolor social, y La Emergencia creativa. 

El autor, médico especialista en neuropsiquiatría y doctor en Ciencias Médicas, considera que “la melancolía atraviesa la historia de la cultura occidental: es un símbolo de la desilusión y el sufrimiento; un signo crítico que indica el desenlace de los disturbios colectivos y las limitaciones de todo esfuerzo civilizatorio. Pero también es el punto de partida de la travesía artística”.  

En el uso coloquial, la melancolía –quizá como herencia del Romanticismo- es una expresión poética que es vista como un efecto del enamoramiento o de la pérdida, un estado anímico con un aire de nostalgia que inspira la expresión de sentimientos y fantasías delirantes. Médicamente es un constructo que desde su origen en tiempos de Hipócrates refiere una patología y, por tanto, los síntomas mentales, influidos por el contexto vital, apuntan a un trasfondo fisiológico. Un padecimiento. 

Se ha dicho muchas veces que la narrativa tiene un cariz terapéutico, ya que al contar historias se establecen relaciones, se reconfigura la memoria, “sanan” las heridas y se da sentido a la vida, pero “el relato individual es insuficiente para comprender la estructura lógica del sufrimiento humano”, afirma el doctor Ramírez Bermúdez 

¿Es –entonces- la escritura una expresión de una patología o un paliativo para la misma, una cura? El también médico del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía considera que un estado depresivo pudiera proporcionar “una visión trágica” a personas talentosas que de este modo “adquieren profundidad psicológica” o bien que “la creatividad artística y la melancolía tengan factores de riesgo comunes”. Coinciden con frecuencia la melancolía y la creatividad. Y parece que la escritura no es el remedio: para muestra, Gérard de Nerval. Larga es la lista de escritores suicidas. 

Ahora, con independencia de las decisiones de los creadores, “mediante la literatura, la música, las artes visuales o multisensoriales, el autor melancólico comunica los juegos emocionales y narrativos que concibe en momentos de soledad y, posiblemente de añoranza por los demás”, dice nuestro autor y sus palabras traen a mi memora una frase de Bruno Estañol, que seguramente he tomado de su libro La mente del escritor y que dice, palabras más, palabras menos, Los creativos son solitarios…  

Volviendo a La melancolía creativa, es importante señalar que el fenómeno de la creación literaria es complejo y no se da en automático. No basta decir “me dueles México” para convertirse en escritora o escritor, si acaso ese dolor alcanza para reenviar noticias alarmantes en Twitter o Facebook; “La creación no ocurre tan sólo como un juego formal del intelecto, sino que está impregnada de significados colectivos y personales: el trasfondo se ha construido lentamente mediante la acumulación paulatina de experiencias traumática, sentimientos de amenaza y desprotección, intuiciones y pensamientos acerca del contexto narrativo de la vivencia”.  

Y aunque ya se dijo que escribir no es la cura, quizá sí sea una forma de reparación simbólica y “los juegos imaginativos, sensoriales y motores del arte, y sus verdades metafóricas, ayudan a aliviar el dolor social y las emociones aflictivas”. Esto sucede porque, “aunque sea una simulación, la escritura activa el deseo de conectar el mundo privado de la introspección, la memoria autobiográfica y la fantasía personal con la psique del otro” y esto puede cambiar el sentido de las pulsiones destructivas. 

Con una prosa ágil, que combina aspectos históricos con avances científicos, casos clínicos y aportes de filósofos y escritores, el lector recorre un mundo fascinante y se entera, entre otras cosas, que “los individuos dedicados a las carreras artísticas tenían un riesgo significativamente mayor de desarrollar un padecimiento psiquiátrico: en particular, trastorno bipolar, depresión mayor y esquizofrenia”.  

Pero no todo es malo: “al amplificar el lenguaje intersubjetivo, los artefactos literarios ofrecen códigos renovados para la metacognición: nos ayudan a pensar acerca de nuestra propia actividad cognitiva y a diseñar un sistema intelectual necesario para identificar nuestras ideas falsas”. Es también una “tentativa de organización cognitiva y emocional”. 

Disculpará la lectora, el lector, la abundancia de citas, pero en este punto quizá coincida conmigo en que, de esta forma, el libro se recomienda a sí mismo.  

Cierro con una de las hipótesis propuestas por Jesús Ramírez Bermúdez: “la actividad consciente de la escritura creativa requiere la integración de cinco elementos: 1) el conocimiento del presente (a través de los sistemas sensitivos y motores), 2) el resurgimiento del pasado (a través de la memoria), 3) el diseño y la planeación del futuro, 4) la asignación de valor mediante procesos afectivos y 5) la modulación atencional, que nos permite discriminar entre las señales relevantes y el ruido informativo”. 

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