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viernes, enero 9, 2026

Un viaje a Santo Domingo

Un viaje a Santo Domingo

A las 5:27 de un día jueves de diciembre iniciamos el descenso a la República Dominicana. Ahora sí, empieza a sentirse el tamborileo del avión.

De mi lado izquierdo emergen las montañas como en el momento de la creación. Las aeromozas empiezan a recoger la basura que quedó rezagada en los asientos.

A través de la escotilla el paisaje es un cuadro de Manet.

El creador me ha permitido admirar este amanecer. Destrabo las quijadas y entonces si escucho el rugir estruendoso del avión. Observo como el avión se va en picada y el estómago empieza a protestar. Ligeros sobresaltos. Algunos duermen, otros pasajeros se empiezan a animar.

“Su atención por favor, para el descenso, todos los pasajeros deben permanecer sentados…”

Le pido a mi vecino que haga una toma de la bahía.

Cuando la rueda del avión hace contacto con la pista una niña pega un grito y el compartimiento a mi derecha se abre violentamente. Mi reloj marca las 5:45 y el capitán anuncia que en la hora local son las 7:45.

Por fin se detiene el avión y se oye el click de los cinturones.

Empieza la prisa para desembarcar…

Antes de salir del aeropuerto, decidí comer una hamburguesa. Tomé una raja de papa con kétchup, me la iba llevar a la boca cuando pasaron tres dominicanas con un cuerpazo que me quedé con la boca abierta. Mi primo Leo estaría feliz aquí – pensé.

Abordo un taxi del aeropuerto internacional “José Francisco Peña Gómez” al hotel Ramada Princess y el trayecto me cuesta 40 dólares.

Cruzamos el río Osama. Y un mendigo pide apoyo a mitad de carretera de cuatro carriles. En el Este de Santo Domingo se ven los edificios más modernos.

Hay un tráfico intenso antes de llegar a la ciudad. A mi derecha veo un letrero que llama mi atención: Escuela nacional para sordos.

-Hay playas más bonitas como Las terreras, mejor que Punta Cana-, dice el taxista tratando de entablar conversación. No le contesto, voy mirando por la ventana tratando de atrapar ese paisaje en la memoria.

Son las diez de la mañana y no me permiten hacer el check-in. En recepción dejo mi maleta y pido un taxi para visitar el centro histórico. Llega un auto, el taxista se llama Ezequiel y se pone a mis órdenes, empezamos el recorrido. Me pregunta mi nacionalidad y luego no para de hablar de algunas cosas que pasan en México. Entonces me hace una oferta de 60 dólares por llevarme a Tres Ojos, el faro dedicado a Colón y el centro nacional. Yo lo espero el tiempo que quiera, me dice.  En el trayecto empieza a hablar pestes de su presidente, dice que alquiló el aeropuerto por 800 millones de dólares a una empresa extranjera, que le quitó las pensiones a sus trabajadores, que se reeligió con el dinero robado. Entonces le empieza a agarrar un hipo endemoniado y entre sonido y sonido me cuenta de otros mexicanos que han venido a disfrutar un partido de béisbol y que luego se van con las putas.

-Hay muy buenas-, me dice. -Las mejores son las colombianas y las venezolanas.

Me agaché para revisar los mensajes del celular y llegamos al parque Los Tres Ojos.

El monumento natural cueva de Los Tres Ojos fue usado por los aborígenes para adoración y contacto con sus dioses. Se estima que tiene una edad de diez mil años. En el fondo de la gruta se encuentran algunos lagos que han sido bautizados con los nombres de “La Nevera”, “Los Saragullones”, que tiene algunos peces y recibe la luz del exterior, y “Las Damas”, el cual atravesamos sobre una balsa jalada por unas cuerdas. El recorrido tarda más de una hora, pero es muy interesante.

Luego visitamos el monumento arquitectónico al que le llaman Faro dedicado a Colón, aquel navegante portugués que llegó a estas tierras en 1492. Es un edificio muy grande, en sus salones hay pinturas antiguas, mapas, libros, imágenes religiosas y otras curiosidades de la época. En el centro hay un monumento a Cristobal Colón, el navegante genovés, que, según los historiadores, descubrió América.

Proseguimos el tour. Ezequiel me deja justo en el centro de Santo Domingo. En la plaza se levanta una estatua de Cristóbal Colón, cagada de palomas. La estatua, donada por Francia, está apuntando al norte, hacia la isla que el fundó.

Recorro a pie el centro de la ciudad, mientras un saxofonista toca música de Juan Gabriel: Hasta que te conocí. Luego visito la catedral primada de Santa Domingo, la primera que se construyó en América. En su interior hay una exposición fotográfica.

Camino por las calles y aprovecho para comer en el café La France. Me sirven un guisado de pollo a la cacerola con arroz a la nochebuena que sabe delicioso. Y, por supuesto, una coca cola bien fría. Aprovecho para cargar la batería del celular.

Después de comer camino hacia La fortaleza, compro el ticket para ingresar, cuesta 200 pesos dominicanos. Fue la primera construcción militar de la naciente ciudad de Santo Domingo y su objeto era defender el puerto de los ataques de los piratas. Su construcción inició en 1503 por orden del gobernador Nicolás de Ovando. Se dice que en ella vivieron Diego Colón, hijo del Almirante o Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista del rey, pero también fue una prisión para cientos de cautivos. Recorro sus pasillos, subo las escaleras, la forma de las prisiones es escalofriante. Fuera diviso el muro de las almenas donde estaban los cañones para resguardarla; ahora tienen forma de puro oxidado.

Un atardecer tropical me sorprende. El sol parece un huevo estrellado. Es hora de regresar al hotel. Ezequiel me está esperando…

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