Publicado originalmente por Vanesa Romero Rocha en El País , compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico:
El país entra al huracán regional con un Gobierno con respaldo capaz de hacer concesiones y buscar equilibrios, un proyecto reconocido y tiempo por delante.
México yace erguido ante el vendaval que azota al continente. Un Gobierno que llegó como respuesta a desgastes domésticos —pobreza, desigualdad, representación política hueca— terminó dando forma a la Administración adecuada para el huracán externo que sobre el territorio se cierne.
A pesar de que la Cuarta Transformación no nació para esta tormenta, sus mayorías reales y su narrativa soberana, danzan con naturalidad en ella. El atropello de Trump contra Venezuela —el secuestro de su dictador para apropiarse del Estado— en México se antoja irreplicable, incluso forzando la gastada y falsa coartada del narcogobierno.
A Nicolás Maduro lo extirparon desde arriba, sin que el suelo ofreciera verdadera resistencia. Había perdido las elecciones frente a Edmundo González y los venezolanos llevaban tiempo sin defenderlo: empobrecidos, torturados o exiliados. El ejército, por su parte, parece haber preferido los beneficios individuales a la lealtad colectiva.
Para extraer a Maduro, bastó una grúa. Poco lo mantenía pegado al piso. En contraste con el apresado mandatario, Claudia Sheinbaum yace anclada al suelo. El pegamento que la une a su base se llama, en teoría política, legitimidad, y tiene efectos concretos en el mundo que vivimos, por más desgastada que esté la palabrita.
Las manifestaciones del año pasado —las de la supuesta generación Z y la que siguió al homicidio de Carlos Manzo— dejaron ver lo difícil que resulta infiltrar al país desde la base. El apoyo a Sheinbaum y su proyecto transformador se mantiene tumultuario.
Intuyo —así ha sido antes— que el riesgo ante Trump no lo erosionará, sino todo lo contrario.
México, en contraste con Venezuela y con la región, no experimenta un ambiente político hostil ni animosidad en ascenso. Lo que se percibe, en su lugar, es la infrecuente comunión entre ambos bandos. Gobierno y gobernados.
Un elemento adicional brilla por su importancia. El apoyo popular a la Cuarta Transformación, lejos de ser una adhesión abstracta, es la aprobación de un proyecto con contornos nítidos.
Uno de sus ejes es la soberanía de los recursos energéticos y de la cadena estratégica que los sostiene: el gas, el petróleo, la electricidad. Su refinación. Su generación. Su transmisión.
Para el obradorismo, la soberanía energética es piedra de toque. Uno de los puntos en que se sostiene la coherencia del proyecto entero.
Así, ante la voracidad trumpista —esa que saliva por el petróleo como garantía de seguridad nacional—, el proyecto político mexicano tiene algo inusualmente claro: la soberanía del sector no pertenece al reino de lo negociable.
México también se encuentra particularmente bien parado frente a otros países de la región. Su relación política con Estados Unidos, su vínculo comercial, su cooperación en materia migratoria y de seguridad, y su ciclo político interno lo sujetan enderezado.
En lo político, la colaboración pragmática que Sheinbaum ha instaurado con Trump coloca a México en una posición comparativamente más sólida que la de Brasil o Colombia. Con Brasil la relación es distante. Con Colombia, hablar de hostilidad es un eufemismo.
Por lo que hace a la cooperación en materia migratoria y de seguridad, sobra repetir lo que todos hemos visto. Los resultados son visibles. Además, la afirmación de Trump en torno a que Sheinbaum es una buena mujer, pero que los cárteles gobiernan México, permite asumir que la acusación no recae sobre ella ni sobre su gobierno. En un mar tan agitado, los matices importan.
En lo comercial, México juega a otra escala. El intercambio con el monstruo del norte es inmenso y cotidiano. Un golpe a México sería para Estados Unidos bumerán o balazo en el pie.
Por último, en lo que hace al ciclo político interno, México también se encuentra en una posición privilegiada. A Sheinbaum le quedan cinco años de gobierno: tiempo por delante, horizonte, margen de maniobra. Petro, en cambio, entra en su último tramo. Lo mismo que Lula, aunque con posibilidad de reelección.
México entra al huracán con sendas irregularidades que lo mantienen erguido: un Gobierno con respaldo capaz de hacer concesiones y buscar equilibrios, un proyecto reconocido y tiempo por delante.
Por fortuna —esa que no siempre nos sonríe—, nuestro país yace enderezado ante el vendaval que azota al continente.
Por ahora.

