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miércoles, abril 8, 2026

Los años de aprendizaje de Julio Scherer García

Los años de aprendizaje de Julio Scherer García

Publicado originalmente por Arno Burkholder en Letras Libres. Compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico:

La vida pública y privada de Julio Scherer García, cuyo centenario de nacimiento se cumple este mes, deja ver el laboratorio donde se forjó el mejor periodismo mexicano del siglo XX. Una mirada a sus orígenes y a su trayectoria nos devuelve la pregunta de qué significa buscar la verdad sin corromperse, en tensión permanente con el poder en turno.

Un día de 1947 –mientras México comenzaba un nuevo gobierno con Miguel Alemán al frente–, un joven de veintiún años llamado Julio Scherer García llegó al edificio de Excélsior en la calle de Bucareli. Era un muchacho tímido que vivía en San Ángel, hijo de una familia que había sido muy importante durante el porfiriato. Intentó ser abogado, pero luego de pocos semestres en la Escuela Nacional de Jurisprudencia descubrió que su camino no estaba en las leyes. Pasó un breve tiempo estudiando filosofía, pero tampoco le agradó lo suficiente. No tenía claro qué deseaba hacer y su padre, Pablo Scherer y Scherer, decidió que no iba a permitir que el joven Julio desperdiciara su tiempo.

Pablo Scherer era amigo de Gilberto Figueroa, gerente del periódico Excélsior, y le pidió por favor que le diera a su hijo algún empleo. Don Pablo sabía que a su hijo le gustaba escribir y quizá podría ser periodista, o por lo menos estar ocupado un tiempo en lo que encontraba otra profesión. Ninguno de ellos podía saber que ese muchacho de ojos verdes y complexión delgada se convertiría en uno de los periodistas más importantes de México.

Figueroa recibió a Scherer y lo envió al sitio donde se formaban los que querían trabajar en Excélsior y desde abajo: la segunda edición del diario Últimas Noticias, también conocida como La Extra. Un periódico que había nacido en la Primera Guerra Mundial para mantener informados a los lectores rápidamente de lo que pasaba en ese conflicto, pero que además se especializaba en la nota roja y en dar seguimiento a las noticias de la mañana.

En Últimas Noticias, Scherer conoció a quien sería su primer maestro en el oficio: Enrique Borrego. Un periodista originario de Durango que había fundado La Extra en 1939, que escribía en Revista de Revistas y en Jueves de Excélsior, y que además redactaba el noticiero de la estación de radio XEFO. Borrego tenía fama de ser un gran reportero y fue uno de los primeros en entrevistar a León Trotski cuando este personaje llegó a México en 1937. Pero también se le conocía por ser un hombre con amplios contactos en la política mexicana de esos tiempos y por sus dos grandes pasiones: las mujeres y el dinero.

Borrego conoció a Scherer y le preguntó si leía los diversos diarios y revistas que publicaba Excélsior. El joven le confesó que solo le interesaba la sección deportiva (era fanático del Atlante). El periodista decidió que el muchacho iba a permanecer a su lado y que le enseñaría el oficio desde abajo: comprando cigarros y haciendo cualquier mandado que le encargaran. La idea era ver si Scherer de verdad tenía las ganas de ser periodista y, luego, que aprendiera ese trabajo viendo lo que hacían los reporteros de la casa Excélsior. Si Scherer pasaba esas dos pruebas (la de la paciencia y la de la observación), quizá podría empezar a escribir alguna pequeña nota.

El hecho es que Scherer aguantó esa primera etapa y se quedó en Excélsior. Rápidamente conoció los gustos de su jefe y aprendió que el buen periodismo se trataba de describir los hechos. También obtendría una de las enseñanzas más importantes de toda su vida profesional: un periodista es tan bueno como sus contactos.

Además de su jefe, Scherer tenía que conocer a los demás periodistas de Excélsior. Para eso había que acercarse a la redacción y hacer amistad con ellos. Se volvió obligatorio, por ejemplo, acompañarlos a las cantinas que estaban alrededor del periódico, donde también se reunían reporteros de los otros medios de la zona, como El Universal y Novedades.

En esa época conoció a otro periodista que se volvió un referente de todo lo bueno y todo lo malo del periodismo de esa era: Carlos Denegri. Un hombre educado en Europa, hijo de un diplomático, que era políglota y dejó un futuro estable por la emocionante vida del periodismo. Uno de los grandes triunfos de Denegri fue viajar a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial con el fin de conocer cómo vivían y sufrían los ingleses ese conflicto, para luego regresar a México en un buque carguero que pasaba por África, justo por la zona donde los submarinos alemanes estaban hundiendo barcos. Su libro Luces rojas en el canal se convirtió en un éxito de ventas y logró que le abrieran todas las puertas.

Por otra parte, Denegri tenía fama de corrupto. Usaba la información que obtenía para chantajear a los funcionarios, o se ponía de acuerdo con ellos para destruir las carreras de otros políticos. Su columna “Fichero Político” era brutal por la información que contenía y porque estaba pensada para enriquecer a Denegri. También tenía fama de alcohólico y de abusador de las mujeres. Décadas más tarde, Scherer lo recordó como “el mejor y el más vil de los reporteros”, ya que era el ejemplo de que un periodista podía ser excelente y a la vez profundamente corrupto.

Este fue el ambiente que enseñó a Scherer a hacer periodismo. Y si bien toda su vida tuvo problemas para convivir con la corrupción, al mismo tiempo encontró una profesión que lo llenaba totalmente y de la que jamás se apartó durante toda su existencia.

Susana Ibarra: el amor de su vida

Mientras Scherer empezaba a construir su carrera periodística, la vida le tenía reservada la sorpresa del amor. Llegó a él en una mujer que fue su soporte por décadas y a la que recordó siempre, Susana Ibarra Puga.

Ella venía de una familia proveniente de Guadalajara y de orígenes muy humildes, a diferencia de los Scherer. Su padre Jesús Ibarra Navarro comenzó a trabajar a los diez años en Ferrocarriles Nacionales de México y con el tiempo ascendió hasta ser el electricista en jefe del Tren Presidencial. Era un hombre generoso, pero también un bebedor y un mujeriego. Por su parte, su madre Ana Puga Rodríguez era huérfana y vivió en la pobreza hasta que conoció a su marido y tuvieron varios hijos. A pesar de venir de un ambiente con muchas necesidades, Susana Ibarra tenía una gran ambición por salir adelante. Intentó ser química, pero su madre se lo prohibió diciendo que esa carrera “era solo para hombres”. Se decantó entonces por la filosofía y entró a estudiar al Centro Cultural Universitario, antecedente de la Universidad Iberoamericana. Aunque no terminó la carrera, siempre fue una gran lectora e impulsó a sus hijos a salir adelante.

Susana Ibarra tenía un novio llamado Agustín Polanco, un joven refinado, muy educado y profundamente católico, como ella. A su mamá, Agustín le parecía perfecto para su hija. Pero el destino decidió otra cosa. Julio Scherer García había estudiado brevemente filosofía en esa escuela y en sus inicios como reportero acudía de vez en cuando. Allí conoció a Susana, quien le pareció una joven muy hermosa e inteligente. Cuando Scherer supo que Susana estaba comprometida, decidió que no iba a permitir ese matrimonio y se casaría con ella. El noviazgo entre los dos duró poco, los últimos meses de 1951, y para el 26 de febrero de 1952 se casaron en la capilla de la Inmaculada, anexa al templo de San Felipe de Jesús en la Ciudad de México, tras haber celebrado la boda civil en la casa de la familia Ibarra Puga.

Al principio ambas suegras desaprobaron el noviazgo. Paz García de Scherer consideraba que Susana no era la mujer correcta para su hijo. Muchas veces doña Paz fue muy fría con ella, pero Susana aprendió a tratarla y al final pudieron convivir agradablemente hasta que la madre de Julio Scherer falleció en 1973. Por su parte, Ana Puga tampoco quería a Julio porque Agustín Polanco le parecía un mejor partido, además de que el nuevo novio de su hija y futuro marido era periodista; una profesión mal vista en México por los bajos salarios, la corrupción y el alcoholismo. El día de su boda, medio en broma y medio en serio su papá Jesús Ibarra le propuso a Susana que, si rompía el compromiso, en ese momento se la llevaba a Acapulco.

El matrimonio Scherer Ibarra se distinguió desde el principio por salirse de las reglas. A los pocos días de casado Julio perdió su argolla, lo que le dolió muchísimo a Susana, pero luego ella simplemente dejó de usar la suya. Se fueron de luna de miel a Tlacotalpan, Veracruz, porque a Julio no le gustaban los lugares llenos de turistas y prefería un pueblito tranquilo. Al regresar rentaron su primer departamento en la calle de Estocolmo 19, departamento 3, en la colonia Juárez. Tenía solo dos recámaras, lo que en ese momento era perfecto para ellos, pero pronto sería insuficiente.

Al principio Julio quería tener un solo hijo, pero Susana Ibarra era una católica devota y estaba dispuesta a tener “todos los hijos que Dios le mandara”. En ese primer departamento de la calle Estocolmo nacieron sus tres primeros hijos: Pablo Germán (1953), Ana Marcela (1954) y María Regina (1955). La familia creció tan rápido que tuvieron que mudarse constantemente a lugares cada vez más grandes, pero siempre padeciendo estrecheces económicas y problemas de espacio.

El trabajo periodístico, la honestidad y la corrupción

Julio Scherer García aprendió pronto las primeras lecciones que le dio Enrique Borrego en La Extra: ser paciente, ser muy observador, enfocarse en los hechos y crearse una gran red de contactos. Gracias a eso, el 28 de marzo de 1948 publicó su primera nota: “Universidad del crimen. Más de dos millones anuales para degenerar a los menores”. Scherer siempre dijo que “el periodista se forma en la calle”, él venía de una “escuela periodística” que se remontaba a finales del siglo XIX en la que se aprendía saliendo a buscar la información y a conseguir más contactos; y además había que leer todos los libros y periódicos que se pudiera.

Pero Scherer era diferente. El hecho es que Julio empezó a hacerse de fama en el medio porque sus notas estaban bien trabajadas y bien escritas; y porque no aceptaba dinero ni del gobierno ni de particulares. Al respecto, el periodista Regino Hernández Llergo publicó en la revista Impacto del 18 de diciembre de 1957 una anécdota que le tocó presenciar: cuando un funcionario intentó ofrecerle dinero, Scherer respondió: “¡Es que yo quiero noticia, no dinero!

Tanto se impresionó Hernández Llergo que en su columna señaló que Julio Scherer García era un “mirlo blanco”: un ave rara cuyas plumas son albas mientras que en todos los demás pájaros de su especie son negras.

El joven de San Ángel que eligió Bucareli

La vida pública y privada de Julio Scherer García, cuyo centenario de nacimiento se cumple este mes, no es solo la historia de un periodista célebre, sino el laboratorio vivo donde se forjó el periodismo mexicano del siglo XX y el costo íntimo de ejercerlo en serio. En la biografía de Scherer se cruzan la construcción de un oficio, la tensión permanente con el poder y las fracturas, silencios y lealtades que se juegan en la mesa familiar.

Scherer comenzó su vida profesional como un muchacho tímido que llegó a Excélsior sin una vocación definida, para luego convertirse en un reportero que entendía que la calle, la paciencia y los contactos eran la verdadera escuela de periodismo. Su decisión de apostar por la noticia y no por el sobre no es un gesto abstracto de pureza, sino una toma de posición en un medio acostumbrado a la corrupción desde décadas atrás.

Pero esa ética solo se entiende por completo cuando entramos a su vida íntima. El encuentro con Susana Ibarra, las mudanzas, la familia y el reclamo de su esposa —“¿Por qué no te casaste con Excélsior?”— condensan el precio humano de una vida entregada al periodismo.

Conocer ambas dimensiones de Scherer es, en el fondo, una forma de preguntarnos qué significa en México dedicar la vida al periodismo sin corromperse y qué se pone en juego cuando alguien decide pagar ese precio.

Este artículo es un avance de la biografía de Julio Scherer García que se publicará próximamente.

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