Quizá por una vez hay que leer lo que nos dicen los líderes de Estados Unidos, creerlo incluso: que sigue siendo un país poderoso, pero ya no el amo de la Tierra.
El mundo —si es que existiera “el mundo”— se ha sacudido en estos días porque el desaforado presidente norteamericano mandó secuestrar a un colega suyo y ahora dice que quiere ocupar los dos millones de kilómetros cuadrados más fríos de la Tierra y si acaso, para compensar, alguna isla tropical. Así que nos declaramos —e incluso nos sentimos— sorprendidos y asustados por esta muestra de poder que lanzó en estos días estos Estados Unidos. Pero quizá nos equivoquemos y todo esto sea una muestra brutal de su nueva impotencia.
Tendría sentido. Hace un mes el Gobierno del señor Trumpf —el apellido de sus ancestros alemanes— publicó un documento excepcional: su 2025 National Security Strategy acepta –¿anuncia?– el fin de la hegemonía mundial de su país.
Lo hace en sus términos, por supuesto. Al principio la diatriba se presenta con la prepotencia acostumbrada: “Para que América siga siendo el país más fuerte, más rico, más poderoso y más exitoso del mundo en las próximas décadas necesita una estrategia coherente y centrada para definir cómo interactuamos con el mundo”. Y entonces, de repente, llega la confesión: “Tras el fin de la Guerra Fría, las élites de la política exterior estadounidense se convencieron de que la dominación permanente del mundo entero era lo mejor para los intereses de nuestro país (…)”, dice el documento oficialísimo, pero que ya no debe ser así. Para dejarlo claro, un mito heleno: “Aquellos días en que Estados Unidos sostenía sobre sus espaldas, como Atlas, todo el orden mundial, ya terminaron”.
Su dominio global se acabó, nos dicen, sin más vueltas: de la pre potencia a la post potencia. Y que su país mantendrá su poder sobre el “hemisferio occidental” —básicamente, el continente americano— y que dedicará sus mayores esfuerzos a mejorar su propia situación económica y militar: que solo se ocupará del mundo en la medida en que lo necesite para ganar dinero o tranquilidad. “Contamos entre nuestros muchos aliados y socios a decenas de naciones ricas y sofisticadas que deben asumir la responsabilidad principal de sus regiones y contribuir mucho más a nuestra defensa colectiva”, dice el documento: que están hartos de pagar para ser los más jefes y que los otros se ocupen de sus partes.
Más adelante, para completar la retirada, anuncian que imitarán un rasgo fundamental de la política exterior china: mientras los americanos, hasta ahora, simulaban preocuparse por ciertos valores –alguna libertad, la democracia, los derechos humanos– de los países con los que se relacionaban, los chinos siempre subrayaron su prescindencia en estos asuntos ajenos. Durante años les sirvió para mostrar sus diferencias con los norteamericanos, que “exigían” a los países bajo su órbita que cumplieran ciertas reglas. Por supuesto, muchos de esos países no las cumplían y Estados Unidos mismo, mientras simulaba imponerlas, alentaba su quiebre con docenas de golpes de Estado en que colaboró y unas cuantas guerras en que participó directamente.
Pero ahora, en su nueva doctrina, Estados Unidos dice que todo ese rollo politiquero le vale madre –no, no lo dice en mexicano, pero la traducción es esa: que le importa un carajo. Y que de ahora en más se va a concentrar en conservar el poder sobre “su hemisferio”. Su hemisferio es, básicamente, América Latina, y lo curioso es que hace unos 40 años lo había abandonado.
Hubo un momento muy preciso: tras el ciclo de golpes militares asesinos de los años 1970, que los Estados Unidos alentaron y respaldaron con la firmeza del patrón, la mayoría de los países de la región se montaron democracias que les permitían ganar plata con menos represión —que da mucho trabajo. A fines de 1980, principios de 1990, se abrió un ciclo nuevo. La revolución neoliberal de Reagan-Thatcher produjo en la región una ola de privatizaciones de los servicios públicos: desde la electricidad hasta los trenes, desde los aviones y las carreteras hasta el agua y el petróleo. Lo más sorprendente de esa ronda de negocios, que cambió las estructuras socioeconómicas de varios países, fue que Estados Unidos no participó. Normalmente se habría lanzado sobre esas grandes corporaciones que se malvendían en su patio trasero; no lo hizo, dejó todo el espacio para que capitales europeos se partieran los dientes contra el muro sudaca.
Muchas veces me pregunté por qué habían abandonado su terreno más propio. Al fin inferí que era un gesto de megalomanía sostenido por un par de elementos técnicos y económicos: que, si creías que dominabas el mundo, todo el mundo, ya no era necesario mantener un “patio trasero” porque, por un lado, el desarrollo de las armas a distancia volvía innecesario operar bases locales en Ecuador o en Panamá y, por otro lado, el desarrollo de los grandes transportes marítimos reducía mucho la diferencia entre comprarle el crudo a los venezolanos o a los árabes, las bananas en Ecuador o en la Malasia, y que por eso la superpotencia pasaba de nosotros –lo cual, por supuesto, era un alivio.
Ahora Estados Unidos regresa al viejo barrio y muchos lo interpretan como un gesto de poder; otros creemos que, al contrario, es una confesión gritona de impotencia. Su vuelta al patio –aunque llegue disfrazada de poder poderoso– nos permite trazar un largo arco. En 1823, cuando el presidente James Monroe enunció su famosa doctrina —“América para los americanos”—, Estados Unidos era un país nuevito, enorme y vacío, que buscaba su lugar en un mundo dominado por las potencias europeas. No podía, entonces, aspirar a manejar mucho más que el vecindario y así lo hizo hasta fines del siglo XIX, principios del XX cuando, tras robarse un buen trozo de México, se dedicó sobre todo a invadir Cuba, Nicaragua, Guatemala, Panamá, Dominicana y las perdidas Filipinas. La guerra de 1914 fue su entrada en la liga de los grandes y allí se quedó, en una posición cada vez más dominante que lo llevó, al final de la Guerra Fría, 1991, a creerse —con cierta razón— el amo del planeta. Académicos y diplomáticos hablaron entonces de la Pax Americana, en referencia a la Pax Romana, esa paz de los cementerios que Roma había sabido imponer cuando realmente dominaba su imperio.
Es lo que hace un imperio triunfante: establece reglas que producen una “normalidad”; cuando el imperio empieza a resquebrajarse sus reglas se desarman y con ellas esa normalidad: vienen tiempos que resultan más violentos porque el poder, en lugar de estar claramente concentrado, se disputa. La violencia —más explícita— para afirmar un poder reemplaza a la violencia –más implícita– de un poder afirmado.
La Guerra Fría terminó hace 35 años; ahora Estados Unidos dice que ya no puede hacer de Atlas y que vuelve a ocuparse de su patio trasero. Y que la Pax Americana se acabó y que para mantener su poder amenazado no tiene más remedio que volver a las guerritas y abusos en su parte del mundo: la Guerra Americana. Quizá por una vez hay que leer lo que nos dicen, creerlo incluso: los líderes americanos actuales nos recuerdan en su documento-guía que entre 1823 y 2026 se sucedieron el nacimiento, crecimiento, apogeo y declive del gran imperio americano. Que sigue siendo un país poderoso pero ya no el amo de la Tierra. Lo que Monroe imaginó como un futuro de ambiciones ahora lo acepta Trumpf como los restos que le quedan del pasado triunfal.
Por la conciencia de que se le acaba, entonces, hace tontainas como ese secuestro que debería exhibir su poder. Cuando eran realmente poderosos no necesitaban exhibirlo: no precisaban desplegar sus mastodontes para confirmar que el petróleo tenía que ser suyo porque la gran mayoría aceptaba que el petróleo era suyo sin necesidad de zafarranchos –alcanzaba una cena con buen vino francés, una o dos amenazas bien fraseadas, la transferencia al día siguiente. Hacer esta exhibición de fuerza es una forma de decir: ya no me queda tanta fuerza. Lo malo es que sigue siendo mucha: zarpazos de la bestia herida.
Y nadie sabe cómo se deja de dominar el mundo: es un viaje muy difícil, faltan mapas. Todo lo que termina, termina mal, diría el ex poeta. Quizás ahora el trabajo de Europa y compañía debería consistir en calmar al abuelo, ayudarlo, entre caricias y amenazas, a pasar más sereno sus últimos días —que pueden durar años, décadas. No será fácil: a nadie le gusta saber que se termina, pero deberíamos colaborar en encontrarle formas de hacérselo más fácil, tranquilo, abuelo, tuvo una vida larga y plena, sí, se acaba como se acaba todo pero si no lo acepta va a ser peor, abuelo, no se agite.
No, no va a ser fácil: las rabietas en los geriátricos son famosas por su violencia inútil. Europa, en cualquier caso, es la más cualificada para unirse, hacer valer su experiencia y tratar de calmarlo. Al fin y al cabo el último ejemplo claro de derrumbe es el de este continente que, cuando empezó a perder sus imperios, se lanzó a la guerra durante treinta años —diez de muerte maciza, veinte de agonías— y mató, entre 1914 y 1945, a unos cien millones de personas, más que nunca en la historia de la humanidad.
Europa supo hacerlo mal, muy mal. Pero por fin aceptó este papel de anciana casi digna que se toma su sopa sin sorber, contando batallitas, sintiéndose moralmente superior, aquello de “en mis tiempos…”. Habrá que ver si, así como al final se convenció a sí misma, es capaz de convencer a su heredero de que lo haga con menos bombo y menos bomba: que la vida puede ser muy agradable cuando ya no eres el patrón. Pero la vieja América no se resigna y sigue repitiendo, levemente gagá, que ya veremos cuando vuelva a ser joven. Ojalá sepamos cómo explicarle que eso no se puede y su momento se termina. El mundo, si es que existe, ya lo sabe. Se lo han contado en chino; ahora, por desgracia, la lengua será esa: 让美国再次变小 (*).

