En el cine de Guillermo del Toro, los monstruos no irrumpen para destruir el mundo, sino para revelarlo. Llegan con cicatrices, con ojos antiguos, con cuerpos que no encajan en ninguna norma, y se quedan ahí, mirándonos, como si preguntaran quién es realmente el extraño. El miedo, en su obra, no nace de lo sobrenatural, sino de la violencia cotidiana que los humanos ejercen cuando creen tener la razón.
Esa mirada no es casual ni reciente. Del Toro nació en Guadalajara en 1964 y creció entre la severidad religiosa, los cuentos fantásticos y una fascinación temprana por los monstruos clásicos. Desde niño entendió algo que su filmografía no ha dejado de repetir: el horror no está en la criatura, sino en la falta de compasión.
Antes de Hollywood, antes de los premios, hubo maquillaje artesanal, cine de terror hecho en México y una convicción temprana de que la imaginación también es una forma de resistencia.
Cronos (1993), su ópera prima, ya contenía el germen de esa poética: un cuerpo transformado por el deseo de eternidad, una inmortalidad que no redime, sino que corroe. Desde entonces, Del Toro dejó claro que no le interesaba el monstruo como espectáculo, sino como herida. Su llegada a Estados Unidos lo enfrentó al lado más áspero de la industria: imposiciones creativas, fricciones con el poder y experiencias personales que reforzaron su desconfianza hacia las estructuras autoritarias.
Esa tensión atraviesa buena parte de su obra. En El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006), ambientadas en la Guerra Civil española, los fantasmas no buscan venganza: exigen memoria. El mal no es ambiguo ni fantástico; tiene rostro humano, botas lustradas y órdenes precisas. Frente a él, la imaginación infantil se convierte en refugio ético, en una forma íntima de desobediencia.

Incluso cuando trabajó con grandes presupuestos y universos más cercanos al blockbuster —Hellboy, Pacific Rim— Del Toro no abandonó su brújula moral. Sus criaturas, por descomunales que parezcan, conservan una humanidad que los hombres han perdido. El cineasta insiste, una y otra vez, en que la violencia no es heroica y que el poder sin empatía siempre deriva en monstruosidad.
El reconocimiento global llegó con La forma del agua (2017), donde una mujer muda se enamora de una criatura anfibia sometida por el aparato militar. La película ganó el León de Oro en Venecia y cuatro premios Óscar, incluidos Mejor Director y Mejor Película. Más allá de los galardones, confirmó que Del Toro había logrado algo poco frecuente: insertar una ética de la ternura en el centro del cine industrial sin diluir su identidad.

En años recientes, su obra se volvió todavía más introspectiva. Pinocho (2022), realizada en stop motion, reescribió el cuento infantil desde la pérdida, el duelo y el fascismo. No hay ahí nostalgia edulcorada: crecer duele, obedecer ciega y amar siempre implica riesgo. La infancia vuelve a ser, como en casi todo su cine, el lugar donde se decide el tipo de humanidad que se construye.
Pero es Frankenstein (2025) la obra que condensa, como ninguna otra, la trayectoria y las obsesiones de Guillermo del Toro. No se trata solo de adaptar un clásico fundacional del imaginario moderno, sino de volver al origen del monstruo para restituirle su dimensión trágica. En manos de Del Toro, la criatura de Mary Shelley deja de ser un ícono del terror para convertirse en un espejo radical de la soledad, el abandono y la responsabilidad moral del creador frente a lo creado.

Con Frankenstein, Del Toro regresa al monstruo primigenio que lo ha acompañado desde la infancia y lo hace en el momento justo: cuando el mundo parece obsesionado con crear sin hacerse cargo de las consecuencias. La película no solo lo coloca nuevamente en la mira mundial, sino que funciona como síntesis de su ética artística: el verdadero horror no es la criatura, sino el abandono; no es la diferencia, sino la falta de amor.
La obra del cineasta, coronada ahora por Frankenstein, dialoga de manera directa con el presente. En un tiempo marcado por la violencia normalizada, la deshumanización y el desprecio por el otro, Del Toro insiste en mirar la herida, no para explotarla, sino para entenderla. Su cine defiende la memoria, la empatía y la imaginación como actos profundamente políticos.
Del Toro no propone héroes invencibles ni finales cómodos. Propone elecciones morales. Sus monstruos no conquistan: acompañan. No imponen: esperan. En una época que castiga la diferencia, su obra recuerda que la ternura también puede ser una forma de valentía. Y que, a veces, abrazar al monstruo es la única manera de seguir siendo humanos.

