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viernes, febrero 13, 2026

Gisèle Pelicot: “Mi exmarido me habría matado si no le hubieran descubierto”

Gisèle Pelicot: “Mi exmarido me habría matado si no le hubieran descubierto”

Publicado originalmente por nombre Daniel Verdú en EL PAÍS, compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico.

Gisèle Pelicot (Villingen-Schwenningen, Alemania, 73 años) dejaba puesta la mesa del desayuno antes de acostarse. La miel, las servilletas, los platos, los botes de mermelada. Al día siguiente, solo tendría que sacar la mantequilla y preparar las tostadas mientras el aroma del café invadía la cocina de la casita donde vivía con su marido. Era más cómodo, claro. Pero con el tiempo, y quizá ese es uno de los pocos síntomas que emergieron inconscientemente mientras todo aquello estaba ocurriendo, también se dio cuenta de que aquella costumbre podía ser un mecanismo para saltarse mentalmente las horas de cama. Como si su cerebro, por algún tipo de instinto de protección, no quisiera procesar aquel tiempo.

Una de esas mañanas, Gisèle Pelicot recibió una llamada de la comisaría para acudir con su marido. Tenía 68 años y llevaba casada con aquel hombre medio siglo. Habían pasado altos y bajos. Pero sabía que era el hombre de su vida, por eso se habían retirado a aquella casita amarilla de persianas azules en un pueblo de la Provenza adonde acudían regularmente sus hijos y nietos.

Dos meses antes, sin embargo, había ocurrido algo. El guardia de seguridad de un supermercado había pillado a su marido grabando por debajo de la falda a varias clientas. La policía acudió al centro comercial y lo interrogó. Le confiscaron el móvil y el ordenador. Luego lo dejaron ir. De regreso a casa, él se lo contó a Gisèle, se echó a llorar y le dijo que no quería perderla. Y ella, como otras veces, decidió pasar página y esperó la llamada de la policía para declarar y olvidarse de aquella historia. Había decidido perdonarlo. Así que la visita a comisaría sería un trámite. Pero al entrar, los separaron y ella se sentó en una habitación con un policía que le hizo algunas preguntas. En un momento dado, el agente quiso saber cómo definiría a su marido. “Un hombre bueno y amable. Un tipo genial, por eso seguimos juntos”, respondió ella.

—Voy a mostrarle fotos y vídeos que no van a gustarle —le advió entonces.

Justo aquí comenzó la segunda mitad de la vida de Gisèle Pelicot, madre de tres hijos y siete nietos que descubre cómo la otra parte de su biografía se derrumba. De repente, 50 años de matrimonio se convirtieron en una masa informe de recuerdos felices mezclados con el horror más extremo. También quedaron profundas lagunas provocadas por los medicamentos que durante 10 años le suministró su marido para entregarla a 50 hombres que acudían a violarla a su casa. En su ordenador había miles de fotos, vídeos y mensajes anunciando en una web de contactos la posibilidad de abusar de su esposa mientras se encontraba sedada.

El pasado lunes 26 de enero, Gisèle Pelicot aparece por la puerta de su nueva agencia literaria, encargada de la promoción de Un himno a la vida (Lumen, 2026), que se publica en España el 17 de febrero. Un libro escrito con la periodista Judith Perrignon en el que relata aquel descenso a los infiernos y el modo en que ha logrado rehacer su vida. Gisèle Pelicot está radiante. Sonríe y saluda alegre al periodista y a la fotógrafa de El País Semanal, como si quisiera aliviar el peso que sabe que sienten sus interlocutores cuando la ven por primera vez, conscientes del sufrimiento extremo que ha atravesado. Aunque pueda resultar extraño, parece una mujer feliz. Está a punto de publicar un best seller, ha comenzado a viajar por el mundo y vive tranquilamente en la isla de Ré con su nueva pareja, a quien conoció justo antes de empezar el juicio. Hoy es un símbolo eterno de la lucha de las mujeres contra la violencia machista gracias a la dignidad y entereza con la que afrontó un proceso que pidió celebrar de forma pública para poner el foco en el banquillo de los acusados y no en las víctimas. “Es hora de que la vergüenza cambie de bando”, proclamó para explicar su histórica decisión que empujó a Francia a modificar leyes y a interrogarse sobre su propia naturaleza.

Cuando empezó el juicio dijo que su vida era un campo de ruinas. ¿Cómo está hoy?

Mucho mejor. Pude hacer un proceso de introspección y un balance de mi vida. Estoy intentando reconstruirla. Y la verdad es que va bien.

¿La ha ayudado escribir este libro?

El libro era una manera de conocerme, de entender cómo seguía de pie. Y creí que podía ayudar a otras personas. Podemos atravesar pruebas muy difíciles en nuestras vidas, pero tenemos recursos de los que no somos conscientes.

¿Es posible integrar los buenos recuerdos de aquellos 50 años y separarlos del horror para no amputar más de media vida?

Intenté guardar lo mejor que viví con el señor Pelicot. Necesitaba saber que esos 50 años no eran solo una mentira. Separé lo negativo, los traumatismos, los encerré en un cofre y tiré la llave. Solo guardo lo mejor. Viví mucho con él, nos enamoramos muy jóvenes y tuvimos tres hijos. Y eso no lo puedo borrar. A algunos les parecerá raro o sorprendente. Pero no conservo ni odio ni rabia. El odio y la rabia te destruyen. Solo un sentimiento de traición, de impotencia e indignación.

¿Se puede llegar a echar de menos a alguien así?

Tengo momentos de tristeza, por supuesto. Echo de menos las Navidades, los cumpleaños, el nacimiento de nuestros hijos o nuestra boda. Lo vivimos todo juntos. Pero solo había conocido la cara A del señor Pelicot. El hombre bueno, incapaz de esos horrores. Todo el mundo decía que éramos una pareja modélica. Cuando la policía me preguntó cómo le definiría, dije que era un tipo genial. El suboficial Perret [el policía que condujo la investigación y a quien Gisèle asegura deberle la vida] dijo que no había dormido en diez días pensando en cómo me lo iba a contar. Sabía que destruiría mi vida.

El vigilante del supermercado que detuvo a su marido fue crucial. Ahí comenzó la investigación.

Sin él no estaría aquí ahora. Pero fue amenazado después por los violadores y sus familias. Vivimos en una sociedad que cultiva la negación, pero aquel hombre me salvó la vida. También la perseverancia de Perret, que podía haber pensado que el señor Pelicot era solo un viejo inofesivo. Pero decidió inspeccionar el material y comenzar la investigación. ¿Cuál cree que hubiera sido el límite de su marido si no le hubieran descubierto?

Me hubiera matado. Me sedaba continuamente, tenía cada vez más lagunas, no recordaba nada. Cuando traía a casa a sus hombres, me levantaba sin recuerdos. Hacía falta que algunas circunstancias me recordaran lo que ocurría, una llamada por la mañana de un amigo diciéndome que por la noche estaba extraña, diciendo cosas inconexas. Me preguntaba si había bebido, que no era coherente, repetía todo el tiempo las mismas frases. Luego le preguntaba al señor Pelicot y él respondía que me veía bien y que no preocupase a mis hijos.

¿No ha recordado nada de todo aquello?

Nada. Ningún recuerdo. Ni siquiera en mi cuerpo. Fui a ver a un especialista para ver si existía alguna memoria corporal. No encontró nada. Ni siquiera la parte física estaba ahí cuando me hicieron todo aquello, lo cual es una suerte. Cuando me levantaba y tomaba el desayuno con él, me miraba a los ojos como si nada hubiera ocurrido después de que me hubieran violado. Cuando amas a alguien, es imposible imaginar que podrá hacer algo así.

Le gustaría borrar el resto de los recuerdos de esta historia?

No podemos olvidar, es imposible. Hay que vivir con ello. Yo he escrito este libro para dar esperanza a los otros y algo de color a mi vida. Quiero aprovechar los buenos años que me quedan por vivir y estar rodeada de gente que me quiera. Ese es mi único objetivo.

En el libro usted dice que es enemiga de la muerte. Pero en algún momento debió pensar que sería la mejor manera de terminar con su sufrimiento.

El día que volví de la comisaría pensé que subiría al coche con mi perro y terminaría con todo. Pero fue un pensamiento fugaz, diez segundos. Combatí la muerte desde pequeña y sé que no seré eterna, pero quiero vivir.

Supongo que debió perder la confianza en el género humano. Y tal y como ha contado, se apoyó en su perro.

Ay… Mi perro. Mi pequeño. Desgraciadamente me dejó en diciembre, tuvo un cáncer y tomé la decisión de acompañarlo… [Se echa a llorar, la única vez en la entrevista]. Pero, por favor, no me haga hablar de esto porque es lo único que no puedo hacer sin llorar y se me va a correr el maquillaje [sonríe]. Sin él no sé si lo hubiera logrado.

¿Ha llegado a encontrar una explicación al comportamiento de su marido?

Tuvo una infancia muy complicada, con un padre tiránico y autoritario. Sufrió una violación a los nueve años en el hospital, luego participó en otra colectiva cuando era adolescente…, pero no excusa nada. Tendría que haber sido supervisado, vigilado. Sin embargo, había escondido esa personalidad. Su abogada dijo una frase muy bonita en el juicio: “La señora Pelicot lo reconcilió consigo mismo, pero no lo curó”.

Usted siempre ha alabado el trabajo de la abogada del señor Pelicot.

Fue la más elegante. El día que llegué al tribunal de Aviñón, había 44 letrados desafiándome. Pero ella atravesó la sala, me estrechó la mano y me dijo: “No le haga ningún regalo”. Nunca me agredió, siempre fue amable. Supongo que también porque el señor Pelicot lo había reconocido todo y los vídeos no dejaban lugar a duda. Ella sabía que yo no era responsable, consciente ni culpable de nada. Y eso incomodó a los otros abogados. “La señora Pelicot no es mi adversaria”, les dijo.

La apodaron la abogada del diablo.

Sí, pero asumió solo su papel, porque todo el mundo tiene derecho a una defensa, incluso para lo indefendible. Al señor Pelicot lo llamaron monstruo. Para mí sigue siendo solo un ser humano que cometió actos monstruosos.

La defensa también quería demostrar que el señor Pelicot no era el jefe de orquesta.

Pero lo era. Aunque esos individuos sabían que estaba sedada. Se conectaba a aquella web y venían en plena consciencia a violar a una mujer inconsciente. La mayoría veía que algo no iba bien. Pero se excusaban. Uno dijo que me notó caliente. Otro que iba a denunciar, pero que se levantaba muy temprano por la mañana y, finalmente, no lo hizo. Alguno sostenía que el señor Pelicot los amenazaba…, pero en los vídeos se ve cómo están compinchados. El nivel de negación es brutal. La sumisión química es un instrumento de la violencia, y la violencia es un instrumento de la dominación masculina. Es solo eso.

Escuchándolos, parecía que nunca entendieron lo que es una violación.

Lo sabían muy bien, aunque no estuvieran intelectualmente muy asentados. Pero sabían que eso los condenaría. La terminología es importante. Y eso también es un problema. Al principio, el presidente del tribunal hablaba de escenas de sexo. Me enfadé, le dije que eran escenas de violación, y que tenía la sensación de que la culpable era yo y había 51 víctimas. Sus abogados los prepararon para declarar que no estaban violando, que su cerebro no estaba ahí… Escuché argumentos ridículos sobre la responsabilidad de sus actos. Pero todos fueron condenados.

Había una víctima para 51 acusados. Eso también era excepcional.

Sí, normalmente es al revés. Y era de una enorme violencia, muy raro. Porque tenía todas las pruebas. Los vídeos mostraban uno a uno los delitos y a los culpables. Y aun así, había abogados que sostenían que yo era cómplice, sospechosa. O incluso que había consentido aquello.

No solo ellos. Muchos, al principio, incapaces de encontrar explicaciones a aquel horror, se hicieron esas preguntas.

Lo sé, decían que no era posible que no me enterara de nada. Pero no comprendían que sufrí anestesias generales. Consulté con neurólogos que me decían que estaba ansiosa, que había tenido un ictus o que sufría síntomas de Alzheimer. Los ginecólogos me decían que tenía una infección del cuello del útero. Y, de hecho, me provocó un papiloma del que me operaron en noviembre. Y todo eso es consecuencia de las violaciones. Pero me trataron como si fuera culpable. Por eso digo que esta sociedad cultiva la negación. Y eso debe cambiar.

¿Cree que es algo masculino?

Sí, la violencia es un instrumento de la dominación masculina. En Francia hemos votado la ley sobre la definición del consentimiento. Es un avance. Pero el camino es largo todavía. ¿Qué sociedad encontró cuando explotó el caso? Me refiero a médicos, policías, jueces, servicios sociales…

La sociedad no estaba preparada para un caso como el mío. Ni siquiera el presidente del tribunal lo estaba. Intentaba proteger a los abogados de la defensa. Yo tenía la impresión de que tenían derecho a insultarme, a humillarme, a pedir vídeos en los que claramente no era yo la que aparecía para intentar probar mi consentimiento… Se dudó de mi legitimidad. Hicieron dudar incluso a mis abogados, con los que trabajé tres años. Yo nunca había consentido que el señor Pelicot me fotografiara.

Usted decidió abrir las puertas del tribunal para que todo fuera público. Y, aun así, sufrió esas humillaciones que relata.

Al principio yo quería puerta cerrada total. Me escondí durante cuatro años. Prefería que nadie supiera quién era, proteger a mi familia. Pero mi hija me dijo un día: “Mamá, les vas a hacer un regalo increíble”. No me sentía capaz, pero en mayo de 2024, caminando por el campo, me dije que la vergüenza debía cambiar de bando. Mis abogados se sorprendieron. Me dieron una semana, pero al día siguiente se lo confirmé. Me advirtieron de que los acusados no me lo perdonarían y me desafiarían. Y así fue. Pero me había propuesto que la vergüenza cambiase de bando: un juicio de este tipo suele ser una doble pena para las víctimas. Había que trabajar para el colectivo luchando contra esa vergüenza.

La frase se convirtió en un poderoso eslogan. Y, curiosamente, la había pronunciado otra Gisèle mucho tiempo antes.

Sí, la abogada Gisèle Halimi, cuando defendió en 1978 a dos mujeres que habían sido violadas por tres hombres [consiguió que el juicio no se hiciera a puerta cerrada para que la ciudadanía tomara parte en el debate]. Aunque yo no lo recordaba. La decisión fue una victoria. Ellos se habían preparado para un juicio a puerta cerrada, sin que nadie pudiera saber lo que ocurría o decían. Y cuando escucharon que no sería así, sentí su mirada, lo que pensaban: “¿Quiere jugar a esto? Pues ahora verá”.

¿Cómo ha hecho para liberarse del sentimiento de odio o venganza?

Siempre he funcionado así en mi vida. Intento meterme en una burbuja y que la rabia y el odio no entren. Pongo barreras. Sentí humillación y traición. Pero tenía preguntas que hacer al señor Pelicot y quería respuestas. Además, no quise dar ese lujo a los abogados de la defensa, que buscaban que me poseyera el odio. Yo solo quería ser positiva, y tenía métodos para estar tranquila. A veces miraba fotos de mi familia, de lugares que me gustan.

¿Por qué decidió mantener el apellido de Pelicot?

Me divorcié el día que empezaba el juicio, dejé de tenerlo [era el apellido de su marido que adoptó con el matrimonio]. Pero lo mantuve por mi familia y por mis nietos. Lo hice públicamente y a propósito para equilibrar las cosas. No quería que mis nietos se avergonzasen de llevarlo, quise que pudieran estar orgullosos. A partir de ese día, Pelicot sería su abuela. Y sabe, mi nieta pequeña llegó un día a clase y su profesora le habló de mí. Le dijo que había hablado en nombre de todas las mujeres. Y mi nieta pudo estar muy orgullosa.

La relación con su familia, especialmente con su hija, fue complicada. Ella y un segundo hijo se distanciaron de usted por algunas decisiones que no compartían. Incluso la dejaron sola en Fin de Año y el día de Navidad, sin ver a sus nietos el peor año de su vida.

Mire, es falso que los dramas unan a las familias. Un drama de este tipo es una deflagración que se lo lleva todo por delante. Y cada uno intenta reconstruirse como puede, como sabe. Y para Caroline fue muy duro. Y, además, tiene una duda que puede ser una condena perpetua [en el ordenador del señor Pelicot había fotos de su hija desnuda y aparentemente sedada que invitan a pensar, aunque él lo negase, que pudo violarla]. Nuestras relaciones están mejorando, hemos retomado el contacto y ella se está curando. Es como una larga enfermedad que necesita tiempo.

Han estado mucho tiempo sin hablarse, incluidos los días del juicio.

Es verdad que el diálogo se rompió en un momento dado, pero quizá fue algo que necesitábamos porque somos todos muy diferentes y cada uno afronta su sufrimiento como puede. Ellos estaban muy cerca de él. Era un padre omnipresente, que parecía bien intencionado y cuidadoso. Era un buen marido también. Así que todos sufrimos esa deflagración inesperada, capaz de destruir una familia.

Su hija cree que el juicio no fue satisfactorio para ella.

Lo sé. Dice que es la gran olvidada de este proceso. Sigue con esa duda terrible. Y al final del proceso denunció a su padre. No sé cómo acabará todo, pero espero que obtenga las respuestas que busca y que pueda repararse. Es muy complicado para las víctimas no ser reconocidas como tales. Y ella cree que lo es.

¿Usted qué cree?

Yo también tengo esa duda que me perturba. En las dos fotos que vi parece dormida. No se puede comparar con las mías, pero en las imágenes hay una mirada incestuosa hacia su hija. Y eso es intolerable.

Si prospera la denuncia, habrá otro proceso. ¿No le inquieta volver a entrar en un tribunal ahora que está rehaciendo su vida?

Estaré ahí, la acompañaré.

Usted dice en el libro que quiere ir a la cárcel a ver al señor Pelicot para obtener más respuestas.

Durante el juicio no pude hablar con él, hacerle preguntas directamente. No he ido a verle todavía, pese a los rumores. Pero lo haré, porque pronto llevará ahí seis años. Quiero hablar con él y tener algunas respuestas que no sé si me dará. Necesito encontrarle.

Durante el proceso, emergieron otros dos casos mucho más antiguos de violaciones no resueltas en los que estaba involucrado. Uno terminó en asesinato. ¿Cree que pudo ser capaz?

En noviembre de 2022 me llamó la policía. Estaba enferma, en el sofá. Y me hablaron de ello. Hay un intento de violación en mayo de 1999, pero no tengo ningún recuerdo extraño. Se encontró el ADN del señor Pelicot, pero hubo un fallo en la custodia de las pruebas y ha prescrito. Imagino que esa mujer no se habrá podido reconstruir porque no tuvo su proceso y no fue reconocida como víctima. Tiene dos hijos y no quiere mostrarse, y lo entiendo. Además, hay otro caso con una muerte con violencia. Digo que es presunto inocente. Y solo espero que no sea el autor porque sería otro descenso a los infiernos.

La persona que la espera en la sala contigua es su nueva pareja. Es increíble que el amor pueda surgir en medio de un proceso de ese tipo.

Como se puede imaginar, no pensaba enamorarme en medio de todo lo que estaba ocurriendo. Pero el destino me puso delante a una persona increíble con valores verdaderos que cambió mi vida. Yo necesito amar. Pero no a cualquiera, ¿eh? Nada de internet, que estoy traumatizada de por vida con ese asunto. Eso ya lo hizo el señor Pelicot [se ríe]. No ha perdido el sentido del humor y ya puede bromear con este tema.

Tampoco he perdido la alegría de vivir. No hay que perder la esperanza.

Durante el proceso se habló mucho de la banalidad del mal. Esa idea de que los violadores eran gente corriente, nuestro vecino.

Eran ordinarios, eso es así. Había un segmento de edad que iba de 22 a 70 años. Todas las categorías profesionales… Pero no hay que mezclar cosas. Eso no vale para meter a todos los hombres en el mismo saco. No hay que dividir a los hombres y a las mujeres, enfrentarlos. Estamos hechos para vivir juntos.

Usted dijo cuando terminó el juicio que no quería que este fuera un proceso de las mujeres contra los hombres.

Siempre he sido una mujer libre, independiente financieramente. También cuando estaba con el señor Pelicot. Yo no soy una feminista radical, pero nunca conocemos de verdad a la persona con la que vivimos. Las mujeres de los violadores que testificaron, por ejemplo, siempre negaron que ellos hubieran podido hacer algo así. Yo podría haber sido una de ellas. Es muy difícil aceptar que vives con un violador. Mi familia fue destruida, pero también otras 50. Muchas de esas mujeres no trabajan, dependían de sus maridos, tienen hijos pequeños.

Siempre me pareció alucinante que hubiera unas 80 personas [los 51 condenados más una treintena que nunca fue identificada] dispuestas a violar a una mujer inconsciente en un radio tan pequeño. Había un criterio de proximidad, incluso de comodidad, para cometer los crímenes.

Es algo universal, hay casos parecidos en muchos sitios. La sumisión química es un instrumento de violencia. Y por mucho que votemos leyes, no cambiará si no se modifica la educación de los chicos, se inculca el respeto al prójimo. La mentalidad debe cambiar.

¿Cree que por esa densidad de hombres dispuestos a ir a su casa el juicio se convirtió en un proceso a los hombres?

Sí, muchos hombres se hacen hoy preguntas. Algunos me paran por la calle y me dicen que han cambiado su comportamiento, sus bromas, su manera de tratar a su pareja. Pero el señor Pelicot nunca tuvo una mirada incorrecta o nada que pudiese delatar su otra cara.

Si había tantos hombres dispuestos a violarla en un radio tan pequeño y en ese tiempo, ¿cuántos habría en todo el país?

Este fin de semana un programa de televisión hizo un experimento. Pusieron un anuncio parecido al que colgó mi exmarido en internet para violar a una mujer dormida. La foto era de una mujer hecha con IA. Decía, venid a acostaros con mi mujer dormida: tiene 50 años. En 48 horas tuvo 30 peticiones de personas que iban desde los 26 años hasta edades mucho mayores.

¿Cree que internet y algunos de sus efectos tuvo un peso importante en su caso?

Por supuesto. Todos esos hombres podían encontrar cualquier cosa, por muy pervertida que fuera. Y la prueba es que la policía cerró aquella web en junio, pero hay otras dos que siguen abiertas. Nunca llegarán a cerrarlas todas. Y con la pornografía ocurre lo mismo, es dramático que nuestros niños tengan acceso ilimitado a ese mundo y aprendan ahí su sexualidad. Hay que limitarlo, hay que restringirlo, poner códigos. Y hay que educar en el colegio, hablar de todo eso. Si uno entra en ese engranaje, es muy difícil salir. Es como la droga, una adicción. En el proceso de apelación en el que se proyectaron de nuevo vídeos que grabó su marido, él bajó la mirada y el juez le preguntó por qué lo hacía. Él contestó: “Porque me sigo excitando”.

Fue muy impactante. Pero es que el mes de octubre de aquel año, cuando fue sorprendido en el supermercado y empezó la investigación, cuando probablemente sabía que sería detenido pronto, me sedó y violó tres veces. Cada vez más frecuentemente porque sabía que ya no volvería a casa. Quería aprovechar ese tiempo. No sé cómo sigo viva.

¿Es posible perdonar?

Perdonar es muy complicado, pero no quiero y no voy a vivir en el odio.

¿Qué le gustaría hacer a partir de ahora?

El libro es un testamento y un mensaje de esperanza. Pero siempre tendré una mirada atenta a lo que ocurre. Y si puedo ayudar, incluso en facultades de Medicina para explicar lo que fue, lo haré. Pero ahora solo quiero viajar, estar tranquila.

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