Conocí a Martín Licona por las bondades del internet. Hace dos años interactuamos en un taller literario que impartía David Marín patrocinado por la Secretaría de Cultura. Entre otros asistentes, estábamos Carlos Paredes, Rurik, Dorelay, Martín y yo. Cuando revisamos sus textos no había mucho que corregir. Desde ese tiempo Martín mostraba sus dotes de un escritor ya formado, con un lenguaje pulcro, cristalino, donde no había ambigüedades, y el escritor era como un hortelano de los viveros de Atlixco, que deja solo lo que la planta necesita para crecer y dar frutos. Le hicimos algunas recomendaciones, pero ahora revisando los textos en el libro La libertad de las sombras, ganador del Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2025, creo que no nos hizo mucho caso.

Solo en el cuento Vengo aquí para morirme hizo caso de una recomendación en el taller, pues cortó el cuento donde le sugerimos, cuando Clara le dice a Agustín justo en la entrada de la casa:
-Vengo aquí para morirme.
Y Agustín contesta:
- ¿Y te vas a morir afuera o piensas entrar?
En este relato, los personajes principales son Agustín y Clara, con todos sus descendientes, y viven una situación parecida a la pandemia del Covid 19, puesto que habla de un virus que se propaga por el aire y los síntomas eran fiebres muy altas, mareos y un dolor intenso en la frente, provocando que antes de la muerte estallaran los ojos del paciente.
Otra historia que me gustó fue la de Miguel, un niño con hidrocefalia y de quien su mamá, Angelina, asegura que no era de este mundo. Entre una maestra buena que lo enseña a leer y unos compañeros malvados, el pequeño Miguel y su cabezota sufren los embates del bullying. El espacio de la narración es un pueblo con un volcán al lado, y Martín no puede sustraerse a la fascinante presencia de don Goyo, ese magnífico volcán guardián de Atlixco, causante de muchas tragedias, del que se dicen muchas cosas, sobre todo, que es guarida de seres extraterrestres.
La trama que se narra en el relato La casa azul tiene una atmosfera rulfiana. El narrador, un hombre afeminado, un maricón, cuenta que su mujer lo dejó cuando lo encontró vestido con la ropa de ella. El narrador va contando su suicidio, pero no se sabe si apenas se va a colgar o ya se está balanceando en la sala de su casa como un columpio. “De mi solo recordarán que me colgué del techo de mi baño y siempre caminé muy amanerado”. Y todo por llevarle la contra a su mujer que quería sacarlo de la casa por joto. Una casa pintada de un azul fuerte y chillante. Uno es de donde habita -dice el narrador-. No me pueden arrancar de estas paredes. No van a poder borrar las sombras de mi vuelo.
Un incendio en la bodega de una taquería, una nota pegada a un poste de luz que parece un aviso, una señora que tiene afición por alimentar a sus peces en una enorme pecera, un levantón y una historia narrada por un rufián perteneciente al Cartel de la sombra, le dan vida al relato Comida para peces. Lenguaje vivo, sin desvíos, ofensivo y cruel como el filo de un cuchillo. Avisos en cartulinas con faltas de ortografía y una bolsa negra con una cabeza cercenada…
Este es un acercamiento a la obra que hoy presentamos. Gracias a todos por su asistencia, sobre todo a los amigos de Tetela, La Ceiba y Xicotepec de Juárez, por su gran afición a la literatura. Y no puedo aguantarme las ganas de terminar mi participación diciendo:
Vine a Huauchinango porque supe que acá iba a presentar su libro un tal Martín Licona…


