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domingo, febrero 15, 2026

Cartas tristes de la familia y los amigos en Cuba

Cartas tristes de la familia y los amigos en Cuba

Publicado originalmente por Carla Gloria Colomé en El País. Compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico:

Los padres viejos emigrando, la gente lidiando con los altos precios, los enfermos sin medicamentos. Cuba es un cadáver al que están a punto de desconectar.

Mi tía D., que ha comenzado a perder la memoria, y dice nieto al primo y sobrino al hermano, distorsionando así todo lo sagrado, está molesta con el vendedor de pan, que si el lunes le daba una bolsa en 320 pesos cubanos (0,64 dólares), para el miércoles ya se la ofrecía en 350 (0,70 dólares), una diferencia que mi tía nota en su letargo, porque en la familia el único altar que siempre ha importado es el de la comida. Nunca nos faltó, ni siquiera en los peores años del Periodo Especial, en el que mi padre y sus hermanos se agenciaron mil formas de servir la mesa. No era una familia propiamente disidente, mucho menos comunista, y la única política en la que creían era en la de la barriga llena. A esa verdad nos redujo el país.

Hace unos tres años, a falta de poder emigrar, mi tía se exilió en su cabeza, en el destierro de la memoria como única manera de sobrevivir. Podría decirse que mi prima siente cierto alivio con que su madre no se entere de lo que sucede ahora mismo en Cuba, ni sospeche qué clase de país es ese en el que se va a morir. Se fueron una noche a la cama y, al otro día, cuando despertaron, todo estaba entre 300 y 1000 pesos más caro. El paquete de pollo de 3.700 (7.47 dólares) ahora en 4.500 (nueve dólares), el chofer de la máquina de alquiler que cobraba 250 (0,5 dólares), ya no te monta por menos de 500 (un dólar). “Esta gente no tiene para cuándo acabar”, dice mi prima, que al Gobierno llama gente, como algo ajeno y distante, como quien ya no encuentra palabras para nombrar el poder.

Hay otros anuncios terribles por estos días: la luz, que se fue por 10 horas cuando estábamos conversando; el vecino, que no tiene ni electricidad ni gas para cocinar, y que solo puede hacerlo con carbón, el olor que se siente de barrio en barrio, porque la última gran crisis cubana huele a carbón; el hijo, a quien le han reducido las clases en el preuniversitario a solo un día por semana, por lo que mi prima intuye que poco o casi nada va a aprender; o el centro donde ella trabaja, que ha rebajado el salario de los empleados hasta el 60%. Aun así, no hay nada que le preocupe más que tener la nevera vacía, el hecho de pensar que pueda llegar un día en que no cuenten con algo para cocinar.

Han sido tan pocas las necesidades cubiertas de los cubanos, hemos ensayado una vida tan precaria, que hay quien ha llegado a creer en la comida como único recurso importante para vivir. No falta razón en ello, y fue la manera en que el Gobierno nos distrajo de otros placeres, de otras libertades, poniéndonos a todos en función del plato de comida en el esquema de la supervivencia. Mi padre, en otras épocas de crisis, llegó a pensar que, si el refrigerador estaba repleto, no había nada en Cuba que no pudiera soportar. Todo era digerible en la medida en que podía alimentarnos: la desfachatez de los líderes, la pérdida de las ilusiones, el fraude de la Revolución.

Mi padre se las arregló para criar cerdos, gallinas y patos en el patio de la casa, y solo se fue de Cuba, a regañadientes, porque casi todos se habían ido. Hace cinco años, la gente empezó a largarse del país casi por contagio. En Playa Baracoa, el pueblo de pescadores donde vivimos al oeste de La Habana, los vecinos pusieron candado a las cerraduras de sus puertas y cruzaron en lanchas el Estrecho de la Florida. Otros recorrieron la Ruta de los Volcanes, con un visado directo hasta Nicaragua. El país, para esas fechas, ya era un territorio arrasado por la pandemia de coronavirus, el cierre del turismo, o el colapso de los hospitales.

Como si todos tuvieran miedo a ser el último cubano en el Caribe, la gente huyó en masa a otros sitios. La cosa, decían, ya tocó fondo. Lo mismo se pensó en los años noventa, que Cuba sería incapaz de sobrevivir tal crisis, y quienes pudieron se fueron a otra parte. Siempre que hemos pensado que no se puede más, el pueblo ha soportado más hambre, más abandono y más indefensión. La escasez sostenida en todos estos años nos hizo asimilarla, incluso normalizarla.

Ahora el presidente Miguel Díaz-Canel ha anunciado que vienen tiempos peores, como si el drama cubano hubiera iniciado ayer, acortando así la historia, como si Cuba hubiera empeorado el día en que Donald Trump decretó una emergencia nacional. Aunque en este momento la presión de Washington nos ubica en otro terreno, mucho más peligroso y de incertidumbre, hay gente en Cuba que cree que el país del último mes no es, por ejemplo, muy distinto al que mi tía dejó hace unos tres años, el día en que le empezó a fallar la memoria. Ni al que abandonaron mis tíos balseros hace tres décadas.

Pero nunca se fueron, por ejemplo, los padres de A., mi mejor amigo de la infancia. Una vez, A. y yo tuvimos una conversación sobre por qué los dos éramos, lo que se decía, dos niños revolucionarios. A mí me llegaba por puro ímpetu, por puro embullo, los maestros de la escuela me habían pedido repetir consignas y poesías patrióticas y yo me había esmerado en hacerlo. Pero la Revolución no hizo a mi familia, no nos sacó de un lugar peor y nos puso en uno mejor. A la de él sí. La casa de su abuela, en Centro Habana, se la había dado la Revolución, y por eso sus padres se sentían en deuda. Nadie nunca les había dado nada.

Hace unos días A. llamó a sus padres y les hizo saber que tenía comprados dos pasajes en un vuelo de la aerolínea AirChina, que saldrá en unos días de La Habana hasta Madrid, y les comunicó que vivirán en un piso de Pamplona. No fue un anuncio, fue un mandato, con la licencia que tienen los hijos que emigran y que empiezan, desde muy pronto, a equipar de la vida de sus padres. El drama cubano nos ha hecho irnos para enviarles, a nuestros viejos, la remesa del mes, la recarga de saldo en el teléfono celular, el panel solar o la batería para que lidien con los apagones, o el dinero para la comida. A nosotros, más bien, las Revolución nos había quitado demasiado: nos despojó pronto del país, nos hizo crecer solos, lejos de la familia. El mensaje ahora de A. decía que sus padres, gente fidelista, se iban de Cuba sin fecha de retorno, porque si Cuba se caía, si Trump asfixiaba el país, no iba a ser con sus padres allí dentro. Ya tienen dos maletas listas.

Una vez fuera de Cuba, llegarán otras tristezas: ver a los padres emigrar casi al final de la vida, sin cobrar su jubilación, observar, desde lejos, cómo les cuesta entender el lugar al que llegaron, viniendo de un sitio que no los preparó para lidiar con el dinero, con las citas médicas por Internet, con el seguro de salud, una vida para la que no fueron destinados.

La tragedia cubana no acaba dentro de los márgenes de Cuba, se la lleva la gente cuando se va. Ahora todos están pendientes de las noticias que llegan: dice una amiga que, en el hospital Covadonga, no hay agua esterilizada para las operaciones, y que ha sentido los gritos de los pacientes a falta de medicamentos que les calmen el dolor. “Tienen miedo a morirse”, dice mi amiga. En otro importante hospital de La Habana, el Calixto García, las autoridades médicas han cancelado todas las operaciones que no sean de urgencia. Los cirujanos, cuenta, están indignados. Ha oído decir que llegó a la isla ayuda humanitaria, “¿pero quién vive de ayudas?”. La madre de V., que acaba de ser deportado en el último vuelo que envió este mes la administración de Trump a La Habana, no encontraba el combustible para que un taxista lo llevara del aeropuerto hasta su casa en Camagüey, al centro de la isla. La gente está ojerosa, está cansada. “El ser humano necesita dormir”, me ha dicho alguien desde Holguín. “El cubano está durmiendo dos o tres horas al día, eso no es saludable, somos un pueblo enfermo desde el alma”.

La supervivencia del país es la del tiempo del combustible con que cuenta. Como un cadáver en sus últimas, a quien están a punto de desconectar. Ya hay poca luz o pocos alimentos, pero entre las consecuencias de las restricciones del gobierno de Trump, el cóctel mortal puede no ser el hambre, en un país que lo conoce bien, y puede no ser el apagón, en un territorio acostumbrado a la oscuridad. Puede que sea el repoblamiento otra vez de Cuba, ante la ausencia de la emigración. Ahora no existe la posibilidad de que los cubanos puedan irse a Estados Unidos, con el cierre de las fronteras y políticas de reunificación; se acabó, además, el viaje a Nicaragua como escape hacia el continente. Hay quien cree que la libertad llegará en las calles, como la larga protesta que empezó el 11 de julio de 2021 y que, en realidad, nunca ha concluido, en la medida en que tampoco han terminado ninguno de sus reclamos.

La posibilidad de un cambio definitivo en Cuba sería también un bálsamo para sus exiliados. Hay gente afuera que ha empezado a ilusionarse con un regreso. He oído a mi padre, en conversaciones telefónicas con sus hermanos —que emigraron en el último gran éxodo, una salida definitiva que en realidad nunca desearon— planear la vuelta al lugar donde nacieron. El deseo de mi padre porque su familia en Cuba no muera acorralada por el hambre es casi similar a las ganas de estar en casa, sembrando yuca y frijoles en la tierra que preparó para que nunca nos faltara nada. Tiene 67 años, la edad de la Revolución, y ya no hay símbolo de esa gesta en el que crea o reconozca. A este punto han llegado los dos, la Revolución y mi papá, completamente desmoronados. A mí, que he notado a mi padre envejecer aceleradamente en tres años, desde que llegó a Miami, me ha dado cierta alegría verlo recuperar el entusiasmo ante la posibilidad de una Cuba sin los Castro, que se traduce a una Cuba donde está su casa y todo lo que construyó. Así que le he seguido el juego, para alargar la felicidad que muy pocas veces tiene en el rostro. Le digo que sí, que nos iremos al mar, que construiremos, que sembraremos, que podemos hacer un negocito. Le encanta la idea, se sonríe, y detrás de los ojos siempre aparece un reflejo de duda, como alguien que lo ha vivido todo, que ha navegado todas las crisis y sabe que nada bueno le ha dado Cuba desde hace décadas. A veces mi papá cree que se va a morir sin ver otra cosa, pero por estos días algo ha comenzado a ser distinto.

El hundimiento de Cuba: “Somos un altar de sacrificios”

Publicado originalmente por Sergio Munguía, David Marcial Pérez y Carla Gloria Colomé en El País. Compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico:

Los pilares del castrismo como la sanidad, la educación, la lucha contra la pobreza y hasta la seguridad se resquebrajan ante los últimos golpes de Trump en una sociedad que ha perdido la esperanza. Solo parece mantenerse intacto el aparato represivo.

A unas pocas calles de la plaza de la Revolución, en un antiguo poblado chabolista de La Habana pasa consulta la doctora Omitsa Valdés. Es un local polvoriento y destartalado, donde avisa a los pacientes que deben traer la jeringuilla y el medicamento de su casa. Pero si toca realizar un reconocimiento general, que incluya exámenes de orina y sangre, la doctora Valdés es aún más directa: “Si tienes cómo resolver por ahí, te hago la orden. Si no, estás embarcado, mi vida, porque en el policlínico que te toca no hay reactivos”, dice a una paciente mientras recicla viejos papeles usados para redactar las recetas.

Durante mucho tiempo, los servicios médicos cubanos fueron la envidia del mundo. Hasta la OMS y la ONU reconocían hasta hace poco que el programa Médicos de Familia, al que pertenece la doctora Valdés, era el paradigma de una atención primaria eficiente, universal y que llegaba a todos los rincones del país. Hoy apenas hay medicinas, cada vez quedan menos médicos, que salen huyendo de la isla, y los hospitales sufren apagones constantes que lo complican todo aún más. Las organizaciones internacionales de la salud han cambiado los halagos por las alertassobre una crisis humanitaria que no para de crecer.

La decadencia de los servicios médicos encarna el desmoronamiento de un modelo, casi de un mundo entero, que durante décadas alumbró en Cuba, con sus más y sus menos, un laboratorio socialista en medio del Caribe. Un símbolo del siglo XX visto desde fuera entre la fascinación, la crítica y el miedo. Una reliquia que, tras 67 años en pie, ya apenas se sostiene. La asfixia petrolera impuesta por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha sido el último golpe en una crisis sistémica que viene desde, al menos, las restricciones al turismo durante la pandemia y la vuelta de tuerca impuesta en el primer mandato de Trump a un embargo de más de seis décadas.

Ya no resisten el desmoronamiento ni sus pilares más básicos. “Las conquistas de la Revolución”, como las llamaba Fidel Castro; o “las fortalezas de la Revolución”, como lo reformula ahora el presidente Miguel Díaz-Canel. La sanidad, la educación, la lucha contra la pobreza y hasta la seguridad se resquebrajan sin remedio. La población ha perdido la esperanza y solo parece mantenerse intacto el, también legendario por temible, aparato de inteligencia y represión del Estado.

“Se jodió la potencia médica”
​​La doctora Valdés se pasa la mañana atendiendo, sin mucho que recetar, a gente con algún catarro, personas mayores que acuden por rutina o alguna embarazada. Los pacientes van llegando a cuentagotas. “¿Qué cola va a haber? Si no hay medicamentos en la farmacia hasta por lo menos el mes que viene”, comenta una anciana que espera su turno. El desabastecimiento de medicinas, que según cifras oficiales roza el 70%, viene además de meses atrás, presionado por una crisis sanitaria que incluye dengue, chikungunya y otros virus respiratorios. Unas enfermedades que en otro tiempo tenían como dique de contención los médicos de familia. En los años ochenta, cuando se creó el programa, había un médico por cada 350 personas. Hoy, hay uno por cada 1.500 pacientes.

“La potencia médica se jodió hace rato”, dice una anciana, apoyada en su bastón, mientras aguarda para tomarse la presión en el hospital Miguel Enríquez. La señora mira por el pasillo desconchado y con bombillas fundidas, donde no hay ni un banco para sentarse, mientras decenas de personas, algunos lisiados, otros desfallecidos por algún analgésico, deben aguardar con el cuerpo recostado a las paredes. En la fila, otra señora comenta sobre la falta de experiencia de la mayoría de los médicos que atienden hoy en cualquier instancia del centro, pues la mayoría ha migrado: “Hace tiempo que no me topo en este hospital con un médico que tenga tiempo de madurez en su trabajo”.

Uno de los innumerables lemas de Castro era “sin educación no hay revolución”. Cuba alardeaba de que el 100% de sus niños estaban escolarizados. Entre el paquete de medidas draconianas tomadas por el Gobierno esta semana para sortear la crisis energética, se incluye el cierre temporal de las universidades y un tajo a las becas, lo que ha dejado a muchos estudiantes de provincias a la intemperie, obligados a buscarse un trabajo extra para mantenerse en la capital. Los colegios de primaria y secundaria siguen abiertos, pero sin apenas luz.

Mientras Yovalis Álvarez recoge a su hija en la escuela del barrio, donde han estado sin luz eléctrica la mayor parte del día, Thiago, de siete años, sale del brazo de su madre. Es un niño avispado. Dice que la mayor parte del tiempo está dando clases sin electricidad. Pero, como si fuera un juego, asegura con normalidad saber cuándo y dónde se va a ir la luz.

La represión que no cesa
Pasadas las nueve de la mañana del jueves, Yanet Rodríguez Sánchez, de 39 años, salió de su casa en un barrio en Holguín, al oriente de Cuba, cuando una pareja de agentes de la Seguridad del Estado detuvo su motocicleta y la interceptó. Era otra mañana en la que Sánchez se había despertado sin descansar, después de una noche en la que, en medio del apagón, habría dormido dos o tres horas, el máximo que puede pegar ojo un cubano desde que la electricidad es casi un lujo. Uno de los agentes la tomó por el brazo y le advirtió que “no podía salir a ningún lado”. “Regresa a tu casa o te vas detenida”, cuenta Sánchez que le dijo.

Sánchez se dirigía al juzgado, donde debían comparecer ante el juez Kamil Zayas Pérez y Ernesto Ricardo Medina, dos influencers que han convertido su proyecto, El4tico, en el set desde donde más se denuncia al Gobierno en los últimos meses dentro de Cuba. El 6 de febrero, ambos fueron detenidos durante un operativo policial en la madrugada. Les confiscaron sus cámaras, teléfonos o computadoras, todo lo que necesitaban para, desde un pequeño espacio, salir de la anestesia política y exigir un cambio en el país. El Gobierno dijo basta y cargó contra sus más visibles oponentes: dos creadores de contenido.

Ahora Sánchez, que hace unos días presentó un recurso al juzgado para saber a dónde se habían llevado a los influencers, también se ha convertido en un blanco de la policía política, que estacionó patrullas para vigilar cada uno de sus movimientos en el barrio. En Holguín, como en toda la isla, apenas hay combustible, y sus residentes viven sin electricidad más de 12 horas diarias, pero al Gobierno no le ha faltado el diésel para equipar a sus represores. “Destinan el poco combustible que les queda para movilizar carros y policías para reprimir y vigilar, en eso son expertos”, asegura Sánchez.

Son sus propios vecinos quienes le informaron del operativo en los alrededores. Fidel Castro contó con que los vecinos, en cada barrio de la isla, funcionaran como delatores unos de otros, sospecharan siempre del que está en la puerta de al lado, dentro de lo que llamó los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Pero 67 años después, con la fachada de un país en ruinas, ya son menos los vecinos que informan al Gobierno que los que avisan o alertan de las maniobras de sus represores. La Revolución ha fagocitado su propia ideología, y los cubanos, más que nunca, están convencidos de ello.

En un país cuya existencia ahora mismo se mide en las gotas de combustible que le quedan como reserva, el Gobierno no deja de destinar recursos para acechar a sus oponentes. El joven Ankeilys Guerra Fis, de 23 años, hoy se encuentra en una prisión por agarrar su teléfono y pedir en Facebook un cambio para Cuba. “Porque realmente ya esto no aguanta más”, dijo. Varios más han sido detenidos o se les vigila o se les impide salir de sus casas en operaciones policiales durante las últimas jornadas.

Wilber Aguilar, padre de un joven de 25 años condenado a 12 años de cárcel por salir a las calles durante las protestas populares del 11 de julio de 2021, las más multitudinarias en décadas, despertó hace unos días y se encontró con que su casa estaba custodiada por agentes. Aparentemente, no había sucedido nada para que le impusieran tal vigilancia. “¿Cómo se concibe que hoy no hay misa, no hay nada, y tengo al patrullero parqueado ahora mismo aquí?”, se preguntó en un video compartido en Facebook. Los agentes llegaron a su puerta a decirle que no podía salir, pero el padre no entiende por qué, en un país a las puertas de una gran crisis humanitaria, la policía se ensaña con él: “Yo soy un cubano que quiere vivir con dignidad y exijo la libertad de mi hijo. Eso no es un delito”.

¿El país más seguro del mundo?

La asfixia cubana también impacta si se miran las frías estadísticas económicas. En los últimos cinco años, el PIB ha caído un 11%, de acuerdo a estimaciones del Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC). Tan solo en 2025 cerró con un hundimiento del 5%. La caída de la producción, la dependencia de las importaciones y la unificación de la moneda (el fin del peso convertible) provocaron una inflación desbocada, que este año cerró por encima del 10%, aunque economistas independientes apuntan a que puede ser mucho más alta. En cuanto a la capacidad eléctrica, Cuba solo es capaz de aportar el 40% de lo que necesita con crudo pesado, que apenas puede refinar en unas fábricas que se caen a pedazos. Este mismo viernes se incendió una. Algunas previsiones de firmas energéticas apuntan a que en marzo puede llegar el apagón total.

Las calles de La Habana son un hervidero de urgencias. Las paradas del autobús están vacías desde que esta semana el Gobierno canceló el transporte público. Hay enormes colas en los bancos para, con suerte, sacar algo de efectivo. La basura está por todos lados y la mendicidad es cada vez más persistente en un país donde el salario medio mensual es de apenas 15 dólares y la pensión mínima de siete. En algunas bodegas, las tiendas donde se venden productos incluidos en las cartillas de racionamiento, las colas han crecido estos días. Entre lo poco que venden las autoridades a precios subsidiados, apenas quedan algunas libras de arroz, azúcar, sal y poco más. Algunos preguntan si llegará a ellos alguna donación de la ayuda humanitaria que acaba de enviar México. El bodeguero se encoge de hombros sin saber muy bien qué decir.

México, el último proveedor de petróleo ya refinado tras la caída de Maduro, está buscando maneras de sortear los castigos de Trump. Esta semana mandó dos buques con 277 toneladas de leche en polvo. Antes, Cuba sacaba pecho de los datos de Unicef, que constataban que era el único país de América Latina sin desnutrición infantil. Hoy Unicef afirma que una décima parte de los niños de la isla vive en condiciones de “pobreza alimentaria severa”. El Ministerio de Salud Pública reconoce que cada vez más cubanos comen solo una vez al día. Y el último estudio del Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH) revela que siete de cada diez cubanos se han saltado el desayuno, el almuerzo o la cena por falta de dinero o escasez de alimentos, mientras que casi el 89% de la población vive actualmente en pobreza extrema.

El economista cubano Omar Everleny Pérez considera que la situación es mucho peor que el llamado Periodo Especial de los noventa, tras perder el salvavidas soviético. “En aquella época el Gobierno se entregó al turismo y hubo algo de apertura a la inversión. Hoy ya no sirven ni siquiera esas opciones. Hay mipymes (las empresas nacidas al calor de la apertura) que están cerrando porque no hay combustible para funcionar y no pueden pagar los créditos que pidieron”.

Los datos de salida del país son abrumadores. Entre 2022 y 2024, la población se redujo de 11 millones de habitantes a 8,5, un éxodo migratorio sin precedentes. Pérez resume el momento con una palabra “que siempre ha acompañado al pueblo cubano”: la esperanza. “Pero se ha superado el límite. La gente no tiene para comer y se están dando las condiciones para un aumento de la criminalidad”.

Castro solía repetir también que Cuba es “el país más seguro del mundo” y que el capitalismo “no resolverá jamás el problema del orden público”. Pero los cubanos notan con preocupación el aumento de la inseguridad en los últimos años. “La calle está caliente”. Es una frase muy utilizada para definir lo difícil que se puede poner resolver el día a día y últimamente suena mucho en las conversaciones. Constantemente circulan por redes sociales y estados de WhatsApp los llamados de ayuda para buscar una “bicicleta que me robaron anoche”, una moto desaparecida, “una mochila roja y amarilla que me acaban de arrebatar, mientras caminaba por la avenida 23”.

Los casos aumentan y las soluciones escasean. Cada vez es menos frecuente ver a la policía patrullar las calles y barrios de la ciudad, salvo en momentos de fuerte tensión política. Y esa presencia suele circunscribirse a los municipios del centro de La Habana. “Si te roban, la policía aparece a las cuatro horas, si llega. Pero si gritas ‘Abajo el comunismo’, llegan enseguida”, dice una chica a la que le robaron en casa hace poco. La sensación, añade, es de creciente inseguridad e impotencia tras un robo violento o tras abrir la puerta de casa y verla vaciada de todos los equipos electrodomésticos. “Volver a empezar no es nada sencillo en un país como Cuba”, asegura.

Mientras unos se resignan a la pérdida de sus pertenencias e intentan dejar el hecho atrás, otros intentan recuperar sus pertenencias. “Este mensaje es para ti que entraste a mi casa a robar”, se escucha decir a Yasser González Cabrera en un reel de Instagram que se volvió viral a finales de enero. Había sido víctima de un robo en su vivienda, de la cual le sustrajeron un ordenador, una planta eléctrica, su bicicleta, recursos que utiliza para su proyecto comunitario Citykleta, donde intenta promover el uso de la bicicleta en La Habana.

Varadero, un paraíso mudo
A 140 kilómetros de La Habana, el pulmón turístico de Cuba, es otra muestra del desmoronamiento. Relanzado en los noventa con la gran esperanza de entrada de divisas, Varadero es hoy el esqueleto de esa apuesta por el turismo, un debilitado sector que acumula las peores cifras de visitantes en las últimas décadas. Las mujeres del servicio trapean una y otra vez un suelo impoluto, los socorristas scrollean en Instagram y los turoperadores repiten a los escasos turistas que visitan la isla en estos tiempos convulsos que para ellos sí habrá gasolina. “Ustedes van a estar bien cuidados. No se preocupen”, dice uno de ellos al micrófono en una guagua turística.

Las anchas avenidas de Varadero están mudas. Nada que ver con las trovas, los carros con reparto a todo volumen o los toques de salsa tan comunes hace apenas unos meses. El Cabaret, la casa del ron y las tiendas de ropa echan el cierre anticipado y las grandes hoteleras aprovecharon la sangría de turistas para hacer obras y reparar los letreros de la fachada. En la calle pasea un puñado de parejas de la mano a las que pitan los almendrones, los coches clásicos para pasear al turismo.

En esta ciudad —que hereda el nombre de la icónica playa de 23 kilómetros de arena blanca y aguas cristalinas— se hospeda anualmente cerca del 40% de los turistas que pisan el país. Pero 2025 cerró con bajísimas cifras, una caída del 25%, que prolonga el golpe tras cerrar Trump el grifo del turismo estadounidense, con mucho la principal fuente. Desde este lunes, los cubanos han ido viendo cómo los canadienses, y ahora los rusos, adelantaban su vuelta a casa, incómodos.

“Esto no es una temporada alta ni es nada”, lamenta Fernando, artesano en un mercado solitario. “Ojalá vuelvan el año que viene”. Air Canada anunció esta semana que suspende operaciones hasta marzo, Iberia ofrece devoluciones y cambio de billetes y, junto con Air Europa, hará parada técnica en Santo Domingo para repostar. Solo Aeroméxico mantiene sus operaciones sin variaciones.

Del medio centenar de hoteles que salpican este rincón paradisíaco, apenas 20 están operativos. Los de menor porte cerraron a principios de semana y reubicaron a sus clientes al Meliã, Cuatro Palmas o el Iberostar. Dentro de cualquiera de estos se esconde el escaso bullicio caribeño que caracterizaba Varadero. En los lobbies suena el chancleteo de las sandalias, la batidora de las piñas coladas y algo de ruso, inglés y francés. Diomel, chef, teme que el hotel en que trabaja sea el siguiente en cerrar. “Si no es cocinando aquí, yo me busco la vida cocinando fuera o llevando a gente al aeropuerto… Pero aquí uno está más tranquilo”, narra. Los sueldos de los empleados de los hoteles oscilan entre 4.000 y 5.000 pesos cubanos (10 y 15 dólares), pero muchos se duplican solo con las propinas de los turistas.

Pero en Varadero no todos tienen un plan B. Fernando descansa cada dos días y Alain, conductor de los populares cocotaxis, dice que ya resolverá. Por ahora, aprovecha antes de que se quede sin gasolina para trabajar e infla los precios de cada trayecto. Calcula que le quedan cuatro días más de combustible. “Yo soy adivino y guardé gasolina cuando la había”, cuenta. “Si sigo adivinando, sé que cambiarán las cosas… pero no por los americanos, sino por nosotros”.

Jacky, de 53 años, rellena su termo de cerveza antes de entrar en la playa de Varadero. Como los últimos cuatro años, reservó junto a sus amigos del colegio dos semanas en febrero para sustituir el frío de Montreal por el calorcito cubano. “En casa todos me escriben que tenga cuidado, que no salga del hotel… Yo no sé si el año que viene nos tocará buscar otro destino, pero este año estoy muy tranquila”, reconoce. Ella viajará de vuelta a Canadá el sábado, como tenía previsto. Ramona, de Suiza, sí está algo más preocupada. Viaja con su marido y sus dos hijos pequeños a Varadero desde hace seis años y cada vez lo ve peor. “Solo me preocupa que haya gasolina para las guaguas”, dice. “La buena noticia es que estas playas se quedan solo para nosotros”.

El dilema del exilio
Las aerolíneas no son las únicas que están cancelando sus rutas. Cubamax, la agencia con sede hace 25 años en Estados Unidos, especializada en viajes, envíos de paquetería, remesas y recargas hacia Cuba, ha comunicado oficialmente a sus clientes que, “debido a la actual y severa escasez de combustible”, estará limitando sus envíos a insumos de primera necesidad, como medicamentos y medicina. La situación comienza a impacientar a las familias cubanas en el exterior, ante el miedo de no poder ayudar a los suyos en esta coyuntura de máxima necesidad.

La situación no solo desespera, sino que crea enfrentamientos en un exilio históricamente dividido en dos. Entre quienes apuestan por la eliminación total de cualquier ayuda a Cuba —remesas, envíos de comida, recargas de celulares— con el argumento de que así se sostiene al régimen, y entre quienes insisten en que no dejarán sin comida ni medicinas a sus familiares dentro.

También están quienes, desde fuera, esperan a que la presión de Trump a la isla haga a la gente tomar las calles, y quienes no se atreven a pedir a los cubanos que se arriesguen a enfrentarse al régimen. Sobre todo después de los más de 1.000 presos políticos que dejaron las protestas de 2021, por las que algunos pagan sentencias de hasta más de 15 años de prisión. “Después del 11 de julio yo no tengo cara para pedirle al pueblo cubano que se tire para la calle”, dice Janet Soto, una artista del tatuaje de 31 años en Miami. “Al final, todos somos fichas de un tablero de ajedrez que juegan los poderosos. Cuba es un altar de sacrificios y siempre el cubano va a salir dañado”.

En medio del caos, hay nuevos rituales que son cada vez más habituales en La Habana. Una vecina del casco viejo ni se inmutó frente a la bola de fuego que emanaba hace unos días de un montón de basura desperdigada en la esquina de su casa. Ninguno de los testigos movió un solo dedo para apagar las llamas. Los vecinos habían incendiado aquel montículo de desechos, en medio de la oscuridad, para llamar la atención de las autoridades después de 16 horas sin electricidad en la zona. Y lo consiguieron. Apagadas las llamas, se hizo la luz.

Una metáfora incendiaria de un mundo que, citando un clásico marxista, no termina de morir, mientras que el nuevo tampoco parece que aún acabe de nacer del todo.

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