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domingo, junio 16, 2024

La caja

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Vi por la calle 16 de septiembre, justo en la esquina de la avenida 9 poniente, a una señora indígena pidiendo plata con esa costumbre de poner una cara de tragedia, sentada en el piso, diciendo unas palabras entre español y náhuatl, como queriendo arrugarme el corazón y lo peor es que lo logró. En mis brazos llevaba una bolsa de plástico negra grande repleta de ropa para niñas, y en otra bolsa de ropa para alguien de mí tamaño. Le dije que se la regalaba, estaba limpia, por favor la cuidara y si no la iba a usar que se la diera alguien de su familia o a otras señoras que anduvieran pidiendo dinero por la calle.  

La señora al ver mi gesto buscó una caja de cartón cerca de unos trapos tejidos. Me dijo que caminara un poco más arriba como yendo a la iglesia. Que mirara la caja por dentro, pero que no dijera nada. Todo me parecía extraño, igual no tenía nada que perder si seguía sus instrucciones, así que me fui asomando y empecé a escuchar de la nada un lenguaje como que venía del cosmos. La señora sonreía y ahora me invitaba a que metiera la mano, y así fui sacando algunos símbolos que pertenecían a Puebla.   

En el primer intento saqué a la catedral, solo que con otro tipo de gente adentro. Al principio pensé que eran personas de otros países, algunos venían de la costa, porque las chicas llevaban tangas mínimas y con unos sostenes que apenas le tapaban los pezones. Muchos hombres descalzos, otros con sandalias, pero sobre todo disfrutaba el ambiente de fiesta que había dentro, del templo que parecía reventar de tanto perreo. Yo quise meterme en la fiesta, pero no sé por qué, no pude.  

La segunda cosa que saqué fue el volcán del Popocatépetl, me asombré porque pude hacer un recorrido por dentro y caminé hacía abajo como si estuviera yendo al centro de la tierra, hasta que me conseguí a unos extraterrestres que vivían entre el magma y por las paredes internas del volcán, además que me impresionó unos sembradíos de obsidianas. Supe que aquellos seres tenían allí una de las bases más importantes de México. Preferí no hablar para no entorpecer el silencio que nos unía, hasta que me llené de valor y quise decir unas palabras, pero cuando lo intenté me salieron unos sonidos guturales que para mí no tenían sentidos y para ellos sí. Me trataron bien, arrancaron una flor y al ponérmela en la mano pesaba tanto que de una vez mi mano la dejó caer.  

La señora indígena miraba mi estado de trance, con su dedo índice me dio un pequeño empujón por una costilla y me sacó del volcán. Ya le estaba agarrando el gusto a esas nuevas historias y no podía dejar meter de nuevo la mano.  

Esta vez me salieron unas chalupas, pero no tenían grasa, eran unas chalupas que no parecían chalupas, además que tenían mucha carne, la salsa no estaba tan picante y la chica que me las pasaba se parecía a una escritora de novela eróticas que conocí, con un vestido rojo y de un escote amplio del que se le veían las pecas como si fueran estrellas de una galaxia privada. Me distraje confundiendo la realidad con la ficción y ya el hechizo se había ido. 

Saqué mi cuarta revelación, si es que a eso se le podrían decir revelaciones, o quizás unas alucinaciones sin drogas, como si fuera un artificioso ancestral el que ahora tenía en mis manos.  

Llegué a una familia de clase muy alta de la sociedad, de esas que prefieren hacer las compras por internet antes que ir al centro, pero esta familia peleaba porque parecía que nadie era feliz en su mansión que le había construidos unos arquitectos italianos con un toque entre minimalismo y grandes espejos de diamantes. Supe que ella era infeliz porque su marido lo que hacía era escribir y las historias que narraba no servían para nada. Y él como podía se defendía, pero ninguno de los dos llegaba a acuerdos porque él no iba dejar de escribir y porque ella tenía todo lo que le diera la gana, menos quitarle el don a lo que él vino al mundo. Y aquella historia entre bizarra y de bonanza me parecía tan auténtica como si pudiera haber sido un argumento para una película de Fellini. Mejor quité mi mano de la caja y solté esa historia de drama, ironía y caprichos poblanos. 

La señora indígena me miró y yo a ella, fue una conexión profunda, muy profunda diría yo, a tal punto que me dijo que metiera la mano en la caja por última vez, así que cerré los ojos y agarré a unos señores que jugaban básquetbol en el parque ecológico, entre ellos se hacía llamar Los Macuarros, era un equipo poco competitivo, pero de gran corazón y de hígado mucho mayor después de que salían de jugar.  

Pude detallar a pocos de ellos porque eran muchos. De los que más recuerdo era un jugador que se le veía que en algún momento era gordito, ahora estaba menos relleno y siempre andaba cazando chicas, por hombría o por lo que fuera, era capaz de gastar 3 mil pesos en una salida para complacerlas. También estaba otro chaparrito que le decían El General, según, lo habían traído los santos desde otra dimensión, otro flaco que tenía las piernas como de espaguetis, El Gomoso que hacía honor a su cuerpo de hule, El Turus que confundía el balón con unos chilaquiles rojos con arrachera, El Gomita que era más pequeño que El Gomititita, El Lima que parecía sacado de una película de boxeo callejero, El Renalgón que llegó con 180 kilos y hasta ahorita ya iba por los 120 kilos en menos 2 meses, El Juanchamucho que hacía conjuros y nuevas leyes antes de empezar la reta, El Ángel que era más demonio que otra cosa y El Coronavirus que a sus 27 años había fumado más mota que Bob Marley. 

La señora indígena me quitó la caja y me dijo que lo mejor era que siguiera mi rumbo, si quería que me llevara la ropa que le había regalado, total ella no la necesitaba. Le dije que esa ropa era de ella, que no se le ocurriera porque era semejante descortesía.  

Agarró la bolsa y la puso a un lado de la caja. Fue sacando prenda por prenda y de la caja apareció una gran boca con grandes dientes que se tragaba la ropa. Me fui caminando pensando en aquello que me había sucedido. Al final me devolví al apartamento y cuando llegué, sentí el alivio de que la ropa ya no estaba en el mismo rincón desde hacía 20 días.   

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