Publicado originalmente por Jorge Zepeda Patterson en El País. Compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico:
Quizá ha llegado el momento de sustituir a partidos mercenarios como PT y PVEM y comenzar un diálogo con organizaciones que realmente representan corrientes de opinión real de otros mexicanos.
La reiteración de planes A, B y C en temas políticos da cuenta de un rasgo del Gobierno de Claudia Sheinbaum. Tras año y medio, es evidente que la claridad de propósitos y la instrumentación con la que se opera en materia de economía, seguridad pública y salud, no guarda proporción con el quehacer en el ámbito político. Pueden ser motivo de debate los resultados en lo que respecta a las variables económicas o a las estadísticas a la baja en crímenes y violencia, pero no hay duda de que en estas áreas hay una estrategia clara y una ruta crítica; se diseña con cuidado, se ajusta y se corrige. No es la sensación que dejan los planes B y C de las reformas políticas.
Es demasiado temprano para asumir, como Claudia Sheinbaum ha hecho, que ella cumple con el pueblo simplemente con presentar reformas políticas deseables, aunque no haya manera de sacarlas adelante. Es un argumento-consuelo comprensible en el séptimo año (“lo intenté pero no me dejaron”), no en el segundo, con más de cuatro años por delante. Y, por lo demás, el segundo piso de la 4T también pasa por sanear nuestro viciado sistema político.
Fácil no es, se entiende. Primero, porque es un campo que quedó minado en la transición entre el primer piso y el segundo de la llamada Cuarta Transformación. Bastante mérito tiene el hecho de que en 18 meses Sheinbaum haya podido neutralizar las rivalidades y operadores enquistados, contrarios a su visión. No fue fácil remontar el diseño que dejó su predecesor: un pastel político repartido entre quienes fueron sus rivales en la contienda interna de Morena. La presidenta apenas comienza a tener control pleno del tablero de mando, pero la respuesta que obtiene de algunos botones y palancas aún es precaria (el Congreso, el partido, entre otros).
Segundo, no olvidar que lo que tenemos en Palacio Nacional es una científica. Con conciencia social y muy capaz, sin duda, pero una científica, y la política no es precisamente una ciencia exacta. A diferencia del crimen o de la economía, la política carece de métricas que permitan valorar acciones y resultados. Es una zona de grises en la que el método científico no es fácilmente aplicable. No estoy diciendo que Sheinbaum carezca de astucia y sensibilidad política, basta ver la manera en que sortea en las mañaneras los frecuentes dardos envenenados o recordar que ya cuenta con 15 años en la administración pública; simplemente afirmo que no es su hábitat natural.
Tercero, poco ayuda que el ámbito político sea el más pobre en materia de colaboradores de la presidenta. No es que no existan cuadros políticos en Morena, es que los que existen fueron reclutados en otras corrientes. Sheinbaum, con razón, entiende que los operadores heredados no comparten su esquema de valores y quienes lo hacen, procedentes de la vieja izquierda, no terminan de procesar la necesidad de ajustar la propuesta “primero los pobres” a una sociedad de mercado como en la que vivimos.
Lo cierto es que existe un desajuste evidente entre las propuestas en materia económica y las presentadas en materia política. Al mismo tiempo que se hace un enorme trabajo para incorporar al sector privado de manera activa y protagónica a un esfuerzo conjunto, sin traicionar las banderas del humanismo mexicano, las reformas político-electorales parecen emanadas de otro Gobierno. Sea porque exhiben un tinte vertical y el uso de prácticas abusivas o porque muestran una improvisación que no vemos en las propuestas relacionadas con la inversión y las finanzas. ¿O cómo considerar comisiones de estudio cerradas al diálogo, como la que preparó la reforma electoral dirigida por Pablo Gómez? ¿Las jugarretas y madruguetes con las que Morena opera en el Congreso para sacar adelante la voluntad de Palacio Nacional? ¿El intento de colocar a la presidenta en la boleta electoral en las elecciones intermedias del próximo año?
No tengo dudas de que Claudia Sheinbaum abriga las mejores intenciones en materia político electoral. Su propuesta original de reducir plurinominales o, por lo menos, designarlas al margen de las cúpulas, era éticamente correcta; y más aún su esfuerzo de fondo para reducir el peso de los partidos mercenarios. También lo es los planes B para ahorrar recursos en congresos locales y ayuntamientos. Pero la manera vertical con la que se preparó la versión A y la improvisación de la versión B, arrojan una imagen distinta.
En el fondo, creo que se trata de una falta de confianza de Claudia Sheinbaum en su propio proyecto. En política carece de la certeza con la que opera en materia de seguridad y de economía. Explicable quizá por los tres puntos señalados arriba. Pero la única manera de llegar al fondo de su segundo piso de la 4T es profundizando su propuesta al terreno político.
A qué me refiero cuando afirmo sobre la necesidad de tener confianza: trasladar al terreno político su argumentación sobre la necesidad de modernizar y hacer más sana la vida pública. Muchos empresarios han asumido la premisa de que la noción “primero los pobres por el bien de todos” es aceptable, en la medida en que la manera de aterrizarla sea compatible con la convivencia de otros puntos de vista.
El deseo de Sheinbaum de dejar atrás una gobernanza apoyada en partidos paleros es loable, pero no tanto si la única manera de entenderla es encontrar la forma de sustituirlos a través de un fortalecimiento aún mayor de Morena por la vía que sea necesaria. El verdadero cambio vendrá si la 4T es capaz de instalar la posibilidad de que el poder esté en condiciones de gobernar a través de la puesta en común con otros actores políticos.
¿Utópico? No tanto. Es lo que se está haciendo en materia económica. Quizá ha llegado el momento de sustituir a partidos mercenarios como PT y PVEM, y comenzar un diálogo con organizaciones que realmente representan corrientes de opinión real de otros mexicanos. Concretamente, me refiero a MC y, por qué no, a panistas responsables. Respecto a la reforma política, por ejemplo, el plan A podría haber consistido en una amplia conversación con estos interlocutores sobre temas de combate a la corrupción política, eficiencia y ahorro en procesos electorales, bloqueo a intereses del narco, eliminación del artificio de partidos parásitos. Habría implicado un acercamiento que ofreciera garantías a otras fuerzas políticas de que se trata de modificaciones que no intentan sacar raja en favor de Morena.
La presidenta ha conseguido acuerdos con gobernadores de oposición en materia de administración pública. ¿Por qué no intentarlo en los cuatro años que faltan de cara a la profesionalización del sistema político mexicano? Es demasiado temprano para renunciar a ello.

