Luis Sotero Inaugura su taller de pintura en Nogales, Sonora.
El pasado sábado 14 de marzo, en la calle Víctor Hugo 604 de Nogales, Sonora, el pintor Luis Sotero inauguró su taller “Manos pintando historias”, un espacio nacido no sólo del arte, sino también de la herida, la memoria y la resistencia.
Antes de la apertura de su espacio, Luis Sotero ya había cruzado muchas fronteras: la del miedo, la de la violencia, la del desarraigo y la de la supervivencia. Su historia no comienza en una galería ni en una academia. Comienza en la huida.
Originario de Michoacán, Luis emigró a los 16 años de su tierra natal. “Me vine por Piedras Negras, Coahuila, y viví en La Florida, hasta 2005. Entonces tomé la decisión de regresar a mi tierra. Con los ahorros que junté volví a Morelia. Puse una tiendita, construí mi casa y me casé con la mujer más linda. Tuvimos un hijo”. Por un tiempo, la vida pareció tener rumbo con una familia, trabajo y la esperanza de empezar de nuevo. Pero la violencia no tardó en hacer sus primeros guiños.
“Comenzó una guerra entre cárteles y gobierno. Nosotros quedamos en medio de todo. Los cárteles nos cobraban derecho de piso y después el gobierno hacía lo mismo con una cuota disfrazada de impuestos. El negocito quebró”.
Luis se mudó entonces a Celaya, Guanajuato, con la frágil esperanza de escapar de esa realidad. No fue así. “La historia era la misma. Después me fui al pueblo de mi esposa, en Coahuayana, Michoacán. Al principio uno se acostumbra a vivir con el caos, pero poco a poco te va absorbiendo”.
En 2012, cansados de la violencia y de la impunidad, él y muchos otros se levantaron en armas. “Los ancianos eran los más fuertes”, recuerda. Pero aquella resistencia también fue quebrada. “Peña Nieto corrompió a esos grupos de autodefensa. Los que estábamos en desacuerdo huimos para no volvernos víctimas del sistema”.
En 2015 intentó cruzar de nuevo la frontera, esta vez por Agua Prieta. Su travesía parecía escrita a la sombra del poema Los emigrantes, ahora, de Eduardo Galeano: “Este es el éxodo / de los fugitivos del hambre / y de la desesperanza”. Pero el éxodo no sólo empuja cuerpos: también arrastra nombres, casas, descendencia, lenguas y futuros que se fragmentan a lo largo del camino. Luis logró cruzar, aunque sólo por unas horas. Después de brincar el muro, fue detenido por la migra. No lo deportaron de inmediato porque su caso podía calificar para asilo político. Sin embargo, la desinformación, la falta de recursos y la dureza del sistema jugaron en su contra. El juez no falló a su favor. Así comenzó otro encierro. Once meses dentro del “Central Arizona Florence Correccional Center”. Sin comprender del todo el proceso arbitrario del asilo, y con la pobreza a cuestas, Luis resistió casi un año en el centro de detención. Allí, en medio del encierro, ocurrió lo inesperado: comenzó a pintar.
“En ese centro reinició mi vida. Lo que para muchos era una pesadilla, para mí fue un reinicio. Comencé a dibujar. Mi compañero de celda, un hombre de Honduras, me hizo un regalo. Su esposa le mandó una caja de 50 colores. ¡Eran 50! En mi vida había tenido tantos colores en mis manos”.
Con esos lápices descubrió una forma de resistir, de imaginar y de sobrevivir.
“Aprendí a pintar con lápices de colores. Me sentía soñando con tantos colores. Con eso llegué a generar comida dentro del centro de detención. Cada foto que pintaba me la pagaban a tres dólares con cincuenta centavos. Lo que más se compraba para comer era Maruchan, refrescos y café. Me sentía privilegiado por tener comida, porque muchos se paraban al lado del bote de basura esperando que alguien tirara algo para poder comer”.
Casi un año después, Luis fue deportado por Nogales. Traía sólo 20 pesos en la bolsa. Llegó al comedor de migrantes, donde el padre Samuel Lozano tenía un pequeño taller de pintura. Allí volvió a encontrarse con la pintura. “Me dio la oportunidad de pintar tres cruces. Ahí conocí la pintura acrílica, los pinceles y, además, me pagaron 300 pesos por cada cruz que pinté”.
Ese momento fue decisivo. La pintura dejó de ser únicamente refugio y se convirtió en oficio, camino y posibilidad. Pero la historia aún no terminaba. Apenas una semana después de haber sido deportado, Luis intentó cruzar nuevamente la frontera. “Como todo buen mexicano, a la semana de haber sido deportado volví a intentar cruzar, pero ahora por Sonoyta. En la travesía por el desierto vi cosas inimaginables. Nos localizó un helicóptero y paré nuevamente en el centro de detención y después otra vez en Nogales”.

En esa etapa dormía algunas noches en albergues y muchas otras en el panteón, debido a las condiciones insalubres de algunos refugios. Se entregó a la pintura como quien se aferra a una tabla en mar abierto. Gracias a su arte pudo pagar la primera renta de un cuarto compartido y, tras una conversación con una monja que le sugirió plasmar en su obra lo que había visto y vivido en el desierto, en sus éxodos y errancias, su pintura comenzó a adquirir el sello que hoy la distingue.
“Pinto para alzar la voz de aquellos sepultados en el desierto. No me considero autodidacta, pero sí un curioso. Por ahí alguien dijo alguna vez que yo era como un Rembrandt de Michoacán, y la curiosidad me llevó a descubrir en YouTube quién era este artista. Luego seguí con Rubens, Artemisia y otros. Pinto con dolor. Cada vez que lo hago me duele, porque revivo en carne propia mis travesías. Mi pintura cuenta la cruda y oscura verdad de la migración”.
Cuando se le pregunta si se define como migrante, responde con una convicción que va más allá de su propia biografía:
“Todo ser vivo por naturaleza es migrante. Algunas especies migran por el frío; otras, por la urbanización que las desplaza de su hábitat. Los mexicas migraron de Aztlán a Tenochtitlan. Hoy migramos porque nos desplazan la desigualdad y la violencia. Todos buscamos lo mismo: subsistir. El instinto de vivir es el que nos hace migrar. Los talleres de pintura me dan un techo y dignidad. En la pintura canalizo mi estrés, mi frustración, mi tristeza y mi soledad. Pintar es mi vocación. Llevo cuatro años dando talleres en albergues y casas de migrantes, y quiero contribuir con esta comunidad, además de acabar con el prejuicio de algunos locales que creen que venimos a desplazarlos. Mi arte es terapia. Mi taller es ahora un sueño que se materializa gracias a la generosidad de la profesora de la Universidad de Dartmouth, Beatriz Pastor, gracias a mujeres como ella que ven la humanidad en el migrante”.
El sábado pasado, después de esa cadena de huidas, detenciones y regresos forzados, Luis Sotero inauguró su taller en Nogales. Su obra no nace de la comodidad artística, sino de la necesidad más dura: la de seguir vivo, la de transformar el dolor en imagen, la de encontrar color incluso en los territorios más hostiles y desérticos.
Cada uno de sus cuadros acarrea algo de esa historia. Hay en su pintura memoria, intemperie, resistencia y una afirmación silenciosa, pero firme: incluso después del encierro, del miedo y del destierro, todavía es posible volver a empezar. A veces, la vida brota con lo mínimo. A veces basta una caja de cincuenta colores para reconfigurarse.







