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miércoles, septiembre 28, 2022
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Sigilo 39

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Capítulo 39

 

La cámara de la muerte

 

El día siguiente al cumpleaños de Antonio me preparaba para salir al parque con Amaris cuando oí un toquido en la puerta de nuestra recámara.

–¿Ya desayunaste? –me preguntó mi marido. O todavía no se iba o se dio la media vuelta y regresó cuando iba de camino al trabajo.

–No, voy a la calle con la beba. Iremos a pasear al parque y luego desayunaremos en los Almuerzos. No quiero ver cuando lleguen por el regalo que te di. Qué vergüenza.

–¿No me llevan? –Antonio acabó de entrar a la recámara. Lo miré de soslayo. Me parecía que se estaba disculpando por haber rechazado la estatua del ángel–. Así aprovecho para explicarte…

–¿Qué me vas a explicar? ¿Qué soy una paya, una gárrula que no conoce tus gustos y te quiere imponer sus populacherías?

Antonio se paró junto a mí con los brazos en jarras.

–No entiendo el drama. Sólo es una devolución.

–¡Ay! ¡Hombre tenías que ser! A ver, si yo te hubiera devuelto el anillo que me diste cuando nació Amaris, ¿qué hubieras sentido?

–Nada. Quizá lo hubiera cambiado por un collar…

–¿O sea que si cambio la imagen del ángel por una virgen sí me la aceptas?

—Vámonos. En el camino te explico.

El estúpido patriarcado old school echándome su luz de gas otra vez. Mangonéandome como si fuera una niña de primaria.

Antonio tomó a su hija en los brazos y se encaminó a la cochera. O sea, ni siquiera había salido de la casa. Mi fantasía ya lo había puesto frente al volante, el ceño
fruncido, apretando de a poco el acelerador. De pronto, daría la media vuelta para regresar arrepentido a darme una disculpa. Al ver el coche en el garage, mi niñería se cayó en pequeños fragmentos dentro de mi estúpida mente llena de ilusiones rosas.

Llegamos a Seratta, un restaurante en la Vía Atlixcáyotl. Nada de lo que yo hubiera querido para un desayuno sencillo. Las meseras, al verlo llegar, se derretían en atenciones. Señor Antonio por aquí, señor Antonio por allá, casi se pelean por traerle la carta. Mientras tanto yo me entretenía con Amaris.

Pedí le llevaran papaya con algo de miel. Antonio casi brinca del susto. ¿Miel? ¿Qué no les causa alergias a los bebés de su edad? Ni lo pelé. Seguí preparando a la beba para su desayuno. Como siempre, la chiquita nos miraba en silencio, muy seria. Ante mi actitud indiferente, el padre de mi hija me preguntó si no se me antojarían unos chilaquiles. Sin esperar la respuesta le pidió a la mesera dos desayunos con chilaquiles verdes y jugo de naranja.

–Para que se te baje el enojo -dijo al fin.

–¿Enojo yo? ¿Y por qué habría de enojarme?

–Se te nota, mi vida. Si ese cuchillo tuviera filo ya me lo hubieras enterrado.

–Como se ve que no me conoces. No, jamás te haría daño. No físico, al menos. –Sonreí de manera enigmática y empecé a darle su fruta a Amaris, dedicada en cuerpo y alma a embarrarse la miel en el pelo, la ropa, la periquera.

–Mira, Valentina, rechacé tu regalo porque no quiero que te vinculen ni a ti ni a mi hija con el rollo ese de la angelología.

–Pero…–empecé a rebatir.

Espera a que termine. Ya luego me dices qué piensas.

Tomó un trago de café negro y siguió.

—Cuando era un adolescente me metí en rollos de sectas y grupos de esotéricos tragahongos. No me enorgullezco, pero tampoco lo lamento. Conocí a mucha gente desorientada, ansiosa por conocer la verdad, cualquiera que ésta fuera. Confieso que yo mismo era un muchacho un poco harto de la vida como se me estaba presentando. Quería más, saber más, ir más allá de las cosas y las emociones básicas.

–No te imagino haciendo meditación en tus bares –dije malévola.

–Eso fue después. En ese tiempo me dediqué a ir con curanderas, chamanes, parapsicólogos, brujos. Quería aprender a controlar el tiempo, la materia, el cuerpo. Pasé por muchos rituales de iniciación, a cual más doloroso e inútil. Uno en particular: la cámara de la muerte. Nunca encontré lo que buscaba.

El nombrecito de ese ritual me sacudió una especie de recuerdo, algo escondido en lo más hondo e irrecuperable de mi memoria.

Antonio miró por la ventana. La luz del mediodía parecía una manta de cobalto sobre la superficie de los autos, del pavimento.

–Ya en la universidad conocí a gente que tenía un grupo de “iniciados” en la angelología, una nueva moda de la new age. Me fui metiendo a lo profundo de ese conocimiento, que pasa por la alquimia medieval, las matemáticas y el estudio de libros sobre toda clase de hermetismo.

–Entonces, ¿los libros que sacaste de mi exestudio ya los conocías?

–La mayoría –contestó Antonio, esmerándose en sus chilaquiles.

–¿Me has estado saboteando todo este tiempo? ¿Por eso sacaste del cuarto mis libros comprados con tanto trabajo y hasta cargaste con mi plantita exótica?

Antonio se quedó con el tenedor en el aire.

–Esa planta es venenosa. Nunca debiste traerla contigo.

—Uy, ya te pareces a Cata. De todo me regañas.

–Valentina, tenemos una bebé que ya gatea y no tarda en caminar y agarrar todo lo que se encuentre. Los frutos de la pong-pong son tan atractivos como peligrosos. Podría comerse alguno.

–Amaris no tiene la fuerza para romper una semilla de esas. Ahí adentro es donde está el veneno.

–¿Y cómo sabes? —preguntó, molesto por haberse quedado sin más jugo.

–Lo consulté en Google. Se rio de buena gana por mi facilona respuesta.

–Bueno, pero mi planta seguirá en la “reserva”, ¿verdad?

–Sí, Vale. Te lo prometí. No sé para qué quieres una planta que debe estar bien lejos de su dueña.

–Algún día podría necesitar sus servicios –dije, sin más ánimo que poner una nota de humor negro en la conversación.

—No digas eso. Ya te pareces a tu amiga Julieta.

–¿Qué sabes tú de Julieta y su opinión sobre la planta esa?

–A Julieta la conocí mucho antes que tú.

–¿Cómo? Esa no me la sabía. Siempre pensé que Julieta te había ubicado en sus correrías por los bares de la ciudad.

–Algo así, pero mucho antes nos conocimos en una conferencia sobre los ángeles.

–¿Y quién daba la conferencia?

—¿Quién crees? Pues ella misma, ni más ni menos. Antes de aficionarse al arte barroco. En ese entonces me le acerqué porque tenía muchas dudas. Yo estudiaba la cábala y su conferencia versó casi toda sobre ese tema. Pero ya que llegamos a este punto te diré algo importante: no quiero tener nada que ver con ángeles. Yo me metí a estudiar a fondo y de manera muy seria las canalizaciones y la teoría angelmática. A Julieta se le queman las habas por construir un sigilo para invocar y traer a los ángeles a nuestro plano, pero eso ya tú lo sabes. Por meses me insistió que le entrara a la construcción del sigillum deus. Le tuve que decir no, yo paso. Pero ella, contra todo consejo instaló una mesa, hizo todo el trabajo de ebanistería, cristales, grabado de los símbolos. Lo único que le faltó fue echarlo andar. Entonces apareciste tú. Y te necesita para eso. Por eso te llevé a Veracruz con la tía, pero huiste como si yo te fuera a matar o a quitarte a la niña.

Me quedé perpleja. Ahora resultaba que yo, quien siempre había sido el juguete de Julieta y su dama de compañía, venía a completar su hocus pocus.

–Entonces, ¿la Julius desapareció o se está haciendo la mensa? ¿Por qué me emboletó en su sigilo?

–Tengo una idea aproximada –dijo–. La volverás a ver. Pronto.

La niña arrojó en ese momento un pedazo de papaya al piso. Luego otro, otro. Parecía
enojada.

—Pones nerviosa a tu hija, Antonio. Ya mejor cambiemos de tema.

—Lo que quiero que sepas, Valentina, es que ya dejé atrás esos tiempos. Las imágenes de ángeles y toda esa parafernalia me sacan de quicio. No me interesa tener en mi casa y en mi estudio un recordatorio de ese tiempo pasado. Ahora mi vida son ustedes dos, la niña y tú. Quiero cuidar de ustedes, no cuidarme de ninguna hija de la luz y sus manías. Recuerda: cuando alguien pide algo poderoso que ni siquiera sabe muy bien qué es, se arriesga a recibir el fuego con el que habrá de quemarse. Esas señoras ya están metidas hasta el tuétano. Aunque el más famoso vidente de la comarca les dijera las desgracias que se les avecinan, no querrán salirse del proyecto sin hablar con sus famosos ángeles.

Antonio se limpió la boca con una servilleta y de paso se levantó de su asiento para intentar limpiar el tiradero de Amaris. La niña miraba fijamente hacia la puerta de entrada. Antes de que mi marido se interpusiera entre la pequeña y las balas del asaltante que había entrado pistola en mano deslizándose hacia nosotros como serpiente de pantano, vi con claridad, detrás de la bebé, una figura gigantesca que nos envolvió con un capelo de luz.

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