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sábado, octubre 1, 2022
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Sigilo 36

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Capítulo 36

 

La pequeña llama del día

 

El olor de los chiles tatemándose en el fuego de la hornilla me recordó los tiempos de las comidas familiares, a mi abuela cortando la fruta, a los niños jugando con las nueces de Castilla antes de partirlas. Los chamacos acababan tragándose más de la mitad. Las niñas, muy modositas y melindrosas, se comían unas cuantas nueces cuando no las veía nadie. A mí me ponían a batir el huevo para el capeado. Era alérgica a la nuez y detestaba cuando los primos se ponían a aventarme cáscaras para molestarme. Mi abuela procuró tenerme siempre cerca de ella. Al ser la niña más pequeña, la más frágil, delgadita y callada, suponía que siempre sufriría en la vida. O casi, pero ese casi me ha perseguido siempre. Cuando creo tener ya lo que quiero o cuando me siento feliz, ese casi se instala en mi cabeza y la causa de mi dicha se pierde, se acaba, se detiene o se arruina.

Vivir en Puebla me gusta porque es el paraíso del glotón. También porque hay gente y lugares misteriosos. Alguna vez fui a un recorrido con mis compañeros de la maestría. La idea de visitar aquel municipio poblano era admirar el primer cuadro donde aparecen la realeza indiana y un virrey. Lo interesante resultó ser la visita posterior a Santa Inés Ahuatempan, ubicado unos kilómetros más adelante, donde nos llevaron a una iglesia horriblemente remozada con mármol y materiales ajenos a sus elementos originales. Nuestro guía nos platicó que esa iglesia había sido remodelada por un tal Enrique Meza Pérez, un sacerdote al que la diócesis envió a ese lugar perdido en la mixteca poblana, después de haber estado varios años en Canoa, donde incitó el linchamiento de cinco montañistas en septiembre de 1968, unos días antes de la matanza de Tlatelolco. Me platicaron que el curita nunca recibió castigo alguno, excepto el que le asestó su verdadero patrón: el demonio. El tipo era tan avaricioso que, según el guía, había hecho pacto con las fuerzas oscuras y se fue haciendo rico. Tenía un rancho con varias hectáreas de tierra donde sembraba jitomate, maíz, calabaza y cultivos que mágicamente resistían a las sequías prolongadas de esa zona semidesértica. La gente le pagaba el diezmo con animales, muebles de madera o artículos de palma. La zona es pobre y lucha día con día contra la escasez de agua y la delincuencia organizada, ya que es el paso hacia Oaxaca. Aun así, el sacerdote vivía con lujos más allá del decoro, y era intocable para propios y extraños.

El guía afirmaba que el patrón del cura se lo llevó un día a unas grutas cercanas. Ahí desapareció y jamás se le volvió a ver. Alguien se quedó con su rancho y sus animales. En el interior de la iglesia hay una fotografía de él donde se señalan los dos periodos en los que sirvió como párroco, pero obviamente no se dice nada de esa versión sobre el final de su vida. Al escuchar la historia me dieron ganas de visitar la gruta de la desaparición, incluso pregunté si habría alguien que me condujera allá, pero el guía me previno: “No ande por ahí, señorita, usté solita… al Amigo le gusta llevarse a las mujeres bonitas… y de que se las lleva, se las lleva”.

El guía rio mostrando su boca desdentada. Su rostro arrugado se contraía con las carcajadas. Entendí que con eso de “el Amigo” se refería a mismísimo Satanás. Me dio miedo y preferí regresar a Puebla con el grupo. Desde entonces supe que yo quería vivir en ese estado donde la presencia del mal y del bien adquiere rasgos de identidad como no hay otros en ningún lugar del orbe. Y donde esa ecuación de contrarios se puede encontrar en las más antiguas residencias o en los desarrollos más modernos.

La tía veracruzana le dedicó dos días enteros a cocinar chiles en nogada para festejar el cumpleaños de Antonio, fanático del platillo más barroco de la angélica ciudad de Puebla. Lo curioso era que Antonio cumplía años el 14 de abril, no el 28 de agosto como le había hecho creer a todos. Me enteré de casualidad, husmeando entre sus papeles personales. De inmediato supuse una suplantación de identidad, algo relacionado con la delincuencia o el espionaje. Pero no era nada de eso, sólo una obsesión de sus días de juventud, cuando conoció a una chica española y se enamoró perdidamente de sus ojos verdes y su cuerpo moreno, rotundo. Cuando ella se fastidió de sus reclamos, sus celos patológicos, sus continuos reproches, lo dejó. Justo un 14 de abril. No se casaron ni tuvieron hijos, así que la separación fue rápida, aunque no menos traumática, a juzgar por la decisión de falsificar un evento fundamental de su biografía. Y la tía, cómplice de él en todo, defendía el 28 de agosto como la única y verdadera fecha del nacimiento de su sobrino querido.

El olor de los chiles rostizándose en la estufa me sacó de la casa. Tomé a mi hija y me dirigí a la zona comercial de Angelópolis en busca de un regalo para Antonio.

Recorrí al menos tres plazas comerciales sin hallar nada que pudiera querer o gustarle. Lo tenía todo y en grandes cantidades. Incluso entré en una de las tiendas de artículos religiosos que abundan en Puebla. De pronto escuché:

–¡Amiga! ¡Acá, mira!

Era Maribel, que igual andaba a la búsqueda de un regalo, según me explicó. También para un hombre que cumplía años ese día. Qué casualidad, me dije.

–Vamos por un café, ¿te late, Vale?

–Sale. Tengo que darle ya su biberón a Amaris, no se vaya a encorajinar del hambre.

Nos sentamos en un Italian Coffee donde me hicieron el favor de calentar un poco la leche de la niña. Al verla tan tranquila sosteniendo con firmeza ella misma su botella, Maribel comentó:

–¿Sabías que el nombre de esta pequeña significa “regalo de Dios”?

–A mí me dijeron que era “hija de la luna”, en hebreo –repliqué, molesta por el comentario.

–Yo creo que viene del griego, por Artemisa. –la mujer seguía insistiendo.

No podía evitarlo: su presencia empezaba a ser un incordio.

–Quién sabe. El caso es que me gustó para esta preciosura –dije, con una ruda firmeza que a cualquiera invitaría al silencio. Mi respuesta, más evasiva que franca, me dio pie para tratar de despejar una duda sobre su vida actual:

–Oye, Maribel, ¿y por qué llegaste justamente a Puebla?

–A ver, dame a la gorda para que te puedas tomar tu café a gusto.

Maribel cargó a la niña y me dejó con la palabra en la boca. Tomé dos sorbos del capuchino ya casi frío y pensé: “Esta mujer me viene siguiendo”. La chica de hoyuelos en las mejillas y hermoso pelo castaño sonreía a la bebé, que la miraba atenta. “Pequeña llama del día, dale tu luz a las estrellas…”, cantaba la improvisada nana.

–Vamos a dar una vueltecita aquí enfrente, Vale. Ahorita venimos.

Maribel caminó con la bebé en dirección de la tienda de artículos religiosos. Los ojos azules de Amaris se clavaron en mí conforme se alejaban. Esa mirada fija de la pequeña me pareció un reproche, como si me reclamara que la estuviera abandonando.

Una de las voces más rudas que de pronto invadían mi cabeza me sugirió: “Ni modo, tendrás que matar a tu amiguita. Te quiere quitar a tu marido y a tu hija”. ¡No! Grité en voz alta. Los parroquianos voltearon a verme. Yo hice como que se me había regado el café en la ropa y me levanté sacudiéndome el pantalón con la mano. “¡Me lleva, qué torpe soy!”. Entonces todo el mundo volvió a sus asuntos. “¡Déjame en paz!”, me atreví a decirle a la voz por primera vez. En el silencio que emergió en mi mente atribulada se coló una imagen: la de una mujer que caminaba por los espacios del mall admirando las mercancías. Otra mujer cargaba a mi hija y se acercaba a la primera señora. Ambas entraban a la tienda de artículos religiosos y se perdían de vista. Mis voces, la gente a mi alrededor, medio centro comercial calló al escuchar de nuevo mi grito, una negación renovada: ¡No!

La mujer que vi entrar a la tienda, y a la cual siguió Maribel con mi hija en brazos, era la misma que vi muerta, abierta en canal, sobre una mesa de piedra en el cuarto del verdadero sigilo. La misma cuya sangre bañó seguramente a sus asesinos la noche en que escapé del lobo.

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