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viernes, agosto 12, 2022
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Sigilo 25

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Capítulo 25

 

Violentas flores negras

 

Abrí los ojos sólo para encontrarme con la sonrisa luminosa de Maribel, mi amiga de hospital. La había perdido desde la muerte de su madre en la Clínica Mayo de Florida. Me miraba con una simpatía que mucho tenía de abrazo amoroso a mitad de un simún.

–¿Qué haces aquí?

–¿Aquí dónde? –me respondió con un guiño.

–En el cielo. Me morí, ¿verdad?

–No, Vale. Estás en el Hospital Ángeles. En Puebla.

–¿Y qué hago aquí? ¿Y mi hija? –pregunté, ya casi desamodorrada.

–La tiene su papá…

–¡No! –mi grito exorbitado hizo que la enferma del cuarto contiguo soltara un largo gemido.

–La niña está bien, Vale. No te preocupes.

–Ese señor le quiere hacer daño.

–No seas exagerada. Tu marido te trajo al hospital. Si no ha sido por él te nos hubieras adelantado…

–¿Cómo crees?

–Así fue. Te encontró tirada adentro de la habitación de un departamento de Lomas de Angelópolis. Que no es tuyo, por cierto.

–No, es de mi amiga Julieta… –El recuerdo de mi compañera de desvaríos me llenó los ojos de lágrimas.

–¿Y qué hacías ahí?

–¿Y tú qué haces aquí? –le contesté con otra pregunta.

–Trabajo aquí.

–¿En serio? ¿Y por qué no me contactaste?

–No sabía que recalaría en Puebla. Ni que tú estabas acá, jugando a las escondidas.

–Qué jugando ni qué nada…Tuve que huir…–En ese momento me callé. De pronto me entró la duda sobre la filiación y las intenciones reales de aquella mujer.

–Perdiste mucha sangre, Vale. Estuviste noqueada tres días.

–¿Y cuánto tiempo estuve tirada en el charco de sangre?

–No mucho. Un joven llamó a tu esposo para que te auxiliara.

–¿Un joven? ¿Había alguien en la casa?

–No sé. Pero ese muchacho le dijo a tu marido que estabas encerrada en el panic room. Antonio llegó y abrió la puerta porque se sabía la combinación. Oía llorar a la niña. De otra forma hubiera tenido que tirar la puerta con todo y pared.

–Pero ¿cómo supo en cuál pared buscar?

–Fácil. Los berridos de tu hija se oían hasta la calle…

Recordé que, en algún momento, Julieta trató de seducir a mi esposo y lo había llevado a su “madriguera”, como ella llamaba a su seductor apartamento de soltera. Nunca logró que Antonio cediera ante sus encantos. Más astuto que bonito, le sacó toda la información sobre el sistema inteligente de la casa. Julieta le mostró todo lo que la decencia le permitía mostrar y, ya borracha, seguramente le dio la clave del panic room. Sólo la puerta de entrada estaba vedada. Antonio obligó al portero, mediante una gran suma de dinero, que le abriera con la llave maestra.

Según le relató a mi amiga, nunca olvidaría el espectáculo de mi cuerpo embebido en sangre y cubierto de violentas flores negras. Por un instante pensó que había llegado demasiado tarde.

–Pero movió sus contactos y aquí estás, Vale. En plena recuperación.

Miré mis brazos y levanté las sábanas para verme las piernas. Ya no tenía moretones ni manchas de bordes morados.

–¿Estuve tres días inconsciente? –pregunté, aunque sabía la respuesta.

–No, Vale. Has estado así casi un mes. Aún sigues inconsciente.

En ese momento vi a Antonio con la niña en brazos, en mi casa, en su cuarto de pingüinos pintados en las cenefas verde tierno. Quise tomar a la pequeña pero Antonio se levantó de manera brusca y se paseó para sacarle el aire.

–Pero no te preocupes. En este nuevo estado no necesitarás nada. Sólo descansar.

–¿Qué? –intenté gritar.

–Que por el momento estás aquí y yo te voy a cuidar –aclaró Maribel, resplandeciente bajo la luz led de las lámparas del techo.

–Yo no quiero estar aquí. Quiero ir por mi hija.

–¿Te acuerdas que te dije que tuvieras cuidado porque tu sangre era preciosa?

–Sí, lo recuerdo.

Venire ventus venire, sinere solus sentire relaxari, venire nunc nunc venire, venire, venire, venire –musitó Maribel, mirándome con lástima creciente.

–Sí –respondí. Que venga el viento y se lleve la herida…

Un viento suave acarició mi cuerpo. En ese momento desperté.

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