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viernes, agosto 12, 2022
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Sigilo 08

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Capítulo 08

 

Las hijas de la luz

 

Desde que me enteré de mi embarazo, el 5 de abril de 2020 en plena cuarentena, me volví
más dependiente de Julieta. Aunque mi estado de salud no se había deteriorado aún, me sentí desolada los días que dejé de verla. Así que, después de ponernos de acuerdo en
cómo transgredir el “Quédate en casa”, me salí de la mía y llegué a la suya en la mitad
del tiempo que normalmente me tomaba.

Aquella noche en su departamento, Julieta me eximía sus cubrebocas con incrustaciones de oro y cristales Swarosky, al tiempo que hojeaba un catálogo de vinos para una próxima reunión con su marido y unos clientes tailandeses, muy a su estilo multitask. También se daba maña para rellenar una y otra vez su copa de vino y mi taza de té. Cuando por fin se deslizó en el sofá al estilo de una remolona sirena sobre su roca, Julieta me contó las tristes pero no increíbles historias de cada una de aquellas señoras del grupo de estudio. Los múltiples divorcios de una, el matrimonio in artículo mortis de otra que se había casado con un amigo de su padre sólo para que el anciano pudiera dejar a alguien sus cuantiosos bienes. En el grupo de estudiantes angélicas corría el rumor de que esa boda había salado la relación de nuestra compañera Justa con los pretendientes que llegaron más tarde a su vida. Nunca volvió a casarse, pero insistía en que toda la vida había vivido con su marido, la muy loca. Según ella, nunca le hicieron falta las carnalidades a que “otras” (o sea, Julieta y yo) éramos tan afectas, porque el maridín muerto se servía de ella unas noches sí y otras también. Aquello me pareció buen motivo para reír hasta la madrugada. Pero las simpáticas anécdotas no lograban cubrir del todo ciertos acontecimientos de sus existencias que, pese a la manera cómica con que Julieta los relataba, eran como una sombra maligna que se cernía sobre ellas y nuestras carcajadas hilarantes.

Esa sombra, yo lo sabría después y de la peor manera, estaba íntimamente vinculada con el interés y compromiso que desde los inicios mostró Catalina con los estudios de la alta magia angélica. Interés que la llevó a emprender por su cuenta la construcción de un objeto necesario, no sólo para comunicarse con los ángeles, sino para hablar con uno de ellos, el majestuoso negro que parecía africano con traje de guerrero medieval.

Así, dentro del grupo de oficiantes, Julieta y Cata crearon otro más selecto llamado Las Hijas de la Luz, según la clasificación de John Dee, el matemático alquimista que en la época de Isabel I inventó un instrumento y un método para convocar a los ángeles. Ese grupo lumínico sesionaba todos los martes en una de las más espaciosas habitaciones de la casa de Catalina. Al grupo pertenecían, además de ellas, Esperanza, Sonia, Tere, Verónica y Malusa, las siete puntas del sigilo, según se dignaron informarme. Se reunían en días diferentes a los de las sesiones regulares. A mí me pasaban por alto, igual que se pasaban por alto las restricciones de la pandemia.

–¿Cuándo me van a invitar a su grupito de los martes? –le pregunté a Julieta, sorbiendo mi última copa de champaña.

–Muy pronto, cuando termine la pandemia –me contestó mi amiga–; de hecho tenemos algo especial preparado para ti. Algo que va a cambiar tu vida y la nuestra.

–No me la hagas tanto de jamón, mi Julius. De pronto te pones muy pesada con tus secretitos. ¿No me puedes decir algo tan simple como sí, claro, la otra semana? Ah, no, señor. Pero qué tal le dices todo a la Cata….

–Ay, ya, ni aunque seas mi amiguis comadris te puedo permitir saltarte pasos de tu proceso.

O sea, yo la había visto cogiendo toda borracha con desconocidos, le había limpiado los vómitos y las babas ajenas, pero no tenía aún mi pase al salón de las grandes. Ahí nada más accedían las preferidas de Cata. O eso creía yo.

En realidad, el grupo estaba conformado por un número fluctuante de alumnas. Se puede decir que las más persistentes eran las 7 arriba mencionadas y otras 7. Pero el número siempre debía mantenerse en 14, así que muchas iban y venían. Cata las atraía con invitaciones a desayunar o a cenar en su casa. Les decía que una gran angelóloga las iba a consultar gratis. Julieta tenía un método de “canalizar” a ciertos entes espirituales que les decían cosas muy generales a las personas que la consultaban. Los problemas de un ser humano, en particular una mujer, casi siempre tienen que ver con el amor de pareja, los hijos, el dinero, el trabajo o la salud.

Julieta era experta en sonsacar información escondida entre los pliegues de una conversación informal, “para conocernos”, decía. Y así las atrapaba. Luego de la canalización, las señoras se unían al grupo. Con frecuencia, muchas no regresaron tras asistir a unas cuantas sesiones, otras se quedaban hasta que las materias se les hacían muy complicadas y renunciaban. Pero la base principal de alumnas permanecía.

Lo que yo no sabía era que “las elegidas” ocultaban en un salón de aquella vieja casona del centro de Puebla un proyecto trabajado casi en su totalidad. Solo faltaba activar el artilugio
mágico a partir de un ritual iniciático. Dicho ritual les daría un conocimiento nunca antes disfrutado por ninguna otra persona, viva o muerta. Pero como todos los rituales iniciáticos, los pactos a los que dicho conocimiento obligaría a las Hijas de la Luz no tendrían ya nunca marcha atrás. Y en ese movimiento inexorable yo, sin deberla ni temerla, quedaría atrapada con quien mis voces ya me habían anunciado que sería niña: mi propia hija.

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