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sábado, mayo 18, 2024

La Tercera Voz 30

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La semana es verde. “Verde que te quiero verde”.

Jueves:

(El jueves que nace la vida)
Él, K Mayúscula, llega a la hora exacta al aeropuerto. A la
terminal 2. Llega. Seguro. Imponente. Simplemente alto.
Ella se hidrata de solo verlo. Todo el cuerpo florece. El
cuerpo es verde. Verde color esperanza. Verde que brota.
Verde que vive. Vive y retoza. Retoza y Rezuma. Rezuma y
palpita. Verde es el color de la mirada y esta historia nace
en la mirada. Nace en los ojos del “otro” que descubren a
Ella y desde entonces Ella existe y es tangible y también
flota y más. Tanto que casi tiembla. Tanto que casi sueña.
Tanto que casi delira. Verde es el cielo en sus ojos.
De regreso a la ciudad de Los Ángeles K Mayúscula le
dice a Ella:
—¡Qué bonita carretera, jamás la habría imaginado!
Y es que esos ojos verdes permanecen en eterna sorpresa. Nada existe. Todo nace con su mirada. Silencio.
Llegan a casa. Ángel, el jardinero tiene la chimenea lista.
El olor del ocote. El campo frío. Frío y fresco. El olor de la
madera. El ocote. La nana Hermelinda tiene preparada
una comida deliciosa:
Arroz verde en chile poblano con granos de elote.
Carne árabe para tacos.
Crepas de huitlacoche.
El Tequila. Uno, dos, tres, cuatro, cinco caballitos. Salen al Zócalo de Cholula. Caminan en silencio. Miran la
pirámide. Se sientan en los portales. Toman otros dos tequilas. Regresan a casa. La noche es larga. La noche es
joven. Ellos son más jóvenes aún.

Viernes:

Ella retoma aquellas antiguas rutinas de los viernes en el
Bar Amoxtli. Antes de salir, K Mayúscula le pide a Ella su
opinión sobre la ropa que trae puesta. No deja de llamar la
atención de Ella la hermosura del hombre, le duele la belleza, incluso si se fuera mal combinado ni quien lo notara.
—No quiero avergonzarte delante de tus amigos con
un atuendo que no sea apropiado, —insiste tras el tercer
cambio.
Y de pronto el tiempo se escurre en una pasarela de
modas. Los dos desfilan, copa de vino de por medio, la
celebración de las modas, la celebración de los cuerpos,
la celebración del desfile del color blanco. Blanco es el
color por el que optan para festejar la noche. Lino blanco. Sí, en una noche fría, de invierno. Se desafía con el
blanco, la noche. Con el lino blanco, sin palmeras, ni
cocos, ni el aire cálido y el salitre de la atmósfera. Pero
los cuerpos están tibios y el alma en ascenso. ¿Cuál inclemencia del clima? No hay nada que los ataje, que los
detenga. Blanca es la armadura, la trama de la historia,
blanco es el ensueño.
Llegan al Bar Amoxtli. Giraffe se encuentra allí, junto
con Betty Blue y Caracolita. El reencuentro de las powerpuff girls. Ahí se sientan y brindan. Después del quinto
tequila y la abrumadora música en vivo se retira la fauna
al Bar Enamorada donde los espera Luis y su amigo “el
Pistolero”. Girraffe le dice a Ella:

—Lo descubrí desde hace más de un año, un viernes en
la tarde, día que destino para tomar café en los Portales
de Cholula. Lo miré de pronto y dije “como quisiera besarlo” le voy a llamar Pistolero. Desde entonces lo veía
casi siempre caminar y registrar con su cámara cada escena cotidiana del zócalo. Un día me acerqué y le hablé.
Pasó el tiempo y lo besé. Quiero que lo conozcas, le he
puesto el sobrenombre de “pistolero”. Creo que me estoy
enamorando de él. Tiene un aura de color violeta.
Ella se acerca, lo saluda, le presenta a K Mayúscula. Al
saludarlo le comenta:
—Tú le das paz a mi amiga Giraffe.
Pistolero le responde con esa voz clara y llena de certeza.
—No, yo no le doy paz, le doy quietud.
“Además de apuesto, poeta el hombre” —comenta Ella
a Giraffe.
Todos toman tequila y piden tacos de bistec. La música en
vivo es espléndida. Así que Ella saca a bailar a Caracolita, y
bailan, bailan, bailan, con qué gusto, con qué desenvoltura.
K Mayúscula sólo la observa y la degusta y casi la engulle
con esos ojos verdes. Ella baila sólo para él. Él es de pronto
toda la audiencia. El bar está vacío y Ella sólo baila para K
Mayúscula. Baila para él, con él y en él. Le celebra con ese
cuerpo diminuto, aporreado y frágil la insistencia en su mirada. Le celebra su presencia en la vida de Ella. Le celebra
la mansedumbre en el verde de sus ojos. Y así, Ella baila.
Se interrumpe la música en vivo y Leonard Cohen entona
“Dance me to the end of love”:

Dance me to your beauty with a burning violin
Dance me through the panic ‘til I’m gathered safely in
Lift me like an olive branch and be my homeward dove
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Oh let me see your beauty when the witnesses are gone
Let me feel you moving like they do in Babylon
Show me slowly what I only know the limits of
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Dance me to the wedding now, dance me on and on
Dance me very tenderly and dance me very long
We’re both of us beneath our love, we’re both of us above
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Dance me to the children who are asking to be born
Dance me through the curtains that our kisses have outworn
Raise a tent of shelter now, though every thread is torn
Dance me to the end of love
Dance me to your beauty with a burning violin
Dance me through the panic till I’m gathered safely in
Touch me with your naked hand or touch me with your glove
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love
Dance me to the end of love

Y ahí permanece la K Mayúscula que mira cautivado a Ella
y simplemente la despoja, la despoja de todo, hasta de su
desnudez, del aciago pasado, de la infausta historia del
desamor. Ella baila, baila, baila. Todos se han ido. Solos
están K Mayúscula y Ella que bailan el uno en el otro de
pronto frente a una chimenea con olor a ocote.

Sábado:

(El sábado de LA CENA en Estrella de Belem)
El generoso amigo Luis con su refinado gusto le sugiere
a Ella que como cena de despedida invite a K Mayúscula
al Hostal Estrella de Belem en Centro Histórico de San
Pedro Cholula. Luis le indica a Ella que se hará cargo de la
reservación. El lugar es indescriptible, una casona Señorial del siglo XIX restaurada que preserva las vigas originales en algunas de las alcobas y en otras los techos tipo
francés. Tras un largo recorrido turístico por las iglesias
de la entidad, Ella está a punto de desfallecer. Así que le
propone a K Mayúscula cancelar la cena, pero él, con ese
aplomo tan suyo le dice:
—No. Vamos a salir. No se diga más.
Así que Ella se disfraza de mujer y los dos llegan a
Estrella de Belem en punto de las 9:00 pm. Los esperan
y los dirigen sí, sí a la azotea. K Mayúscula y Ella se
miran, sin palabras, sin promesa. La mesa, rodeada de
velas al igual que la breve piscina, está ubicada en dirección a la pirámide. Atrás coronan la vista el Convento de San Gabriel, también iluminado y la Capilla Real.
Sin aliento por la belleza del paisaje los dos se sientan
en una mesa impecable con la vajilla de talavera. Y sí,
también la espléndida música clásica. No hablan. El
Dios silencio hace su entrada protagónica. El lenguaje
estorba. Hablar sería irse de bruces. Hablar sería hundirse en un abismo sin fondo. La palabra es la brasa, el
polvo y la ceniza. Entonces. Abren las puertas al cortejo
de los Dioses del silencio. La botella de vino tinto. Brindan sin palabras. Estiran el brazo, tocan la pirámide,
sienten su historia, respiran sus muros y su incienso. Se
detienen en la sombra de los volcanes, prueban la nieve. El frío los habita. Toman vino. Cenan. El amigo Luis
ha ordenado dos menús gourmet distintos. Para Ella
una ensalada caprese, sopa: crema de flor de calabaza y
queso de cabra, plato fuerte: pechuga de pollo rellena
de Jamón Serrano en salsa de queso azul y espagueti al
pomodoro. Para K Mayúscula las mismas entradas y un
medallón de res en salsa de cangrejo con guarnición de
espárragos. No hablan. Comen. Se miran. Se adivinan
el tacto, el gusto. Acaso respiran. Las manos se encuentran debajo de la mesa. Se enlazan. Así permanecen.
Comen postre; estrudel de manzana con salsa pastelera
tibia y un pastel de chocolate con hot fudge y helado de
vainilla. No hablan. El altar al silencio. A la sinestesia.
Al goce de la mirada, del tacto, de los olores, el gusto.
La música: Mozart, Vivaldi. Se elevan, se elevan y se
sostienen en la cúpula de la pirámide. Excelsa, sublime,
exacta. El sábado de LA CENA en el Hotel Spa Estrella
de Belem. Parten, se retiran, han extraviado sus voces,
el habla, la maldita palabra. Se sostiene la historia en la
mirada. En esos ojos verdes en los que Ella se descubre,
se confirma y se anida. A la espera de nada. A la no promesa, a la no certeza, pero también a la no zozobra. El
amor susurra, no grita piensa Ella.
…No te has ido y ya siento la ausencia de tu mirada. Se
instala la ausencia del verde. Así como se fraguan las espadas, así a prueba de fuego. Me despojo de tu verde en el que
me abrigo. Y en ti me respiro y espero, espero, espero.

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