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jueves, enero 13, 2022
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La Amante Poblana 17

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CAPÍTULO 17

De rodillas, todos

 

El padre llegó al mismo tiempo que el abogado. Ambos se saludaron afectuosamente antes de cruzar la puerta que conducía al féretro. Era bien sabida la amistad entre ambos, a pesar de que el abogado fuera visto como el diablo en persona.

–Manuel, ¿cómo has estado? Tiene años que no te encontraba en un servicio como estos. Y bueno, de la iglesia mejor ni hablamos, ni de broma te paras por ahí.

–Cambié de rumbos, padre. Ahora voy a la del Sagrado corazón, la de usted me coge lejos. Y pues acá ando nada más para proteger a la dama, a la viuda, porque esta retahíla de buitres se la quieren tragar viva.

–Fíjate que no conozco a la esposa de Fernando. Doña Lupe sigue yendo puntualmente a misa con su marido, pero a Fer chico ya no lo volví a ver desde que se casó. ¿Quién es la viuda?

–Es esa de allá, la de las medias negras. La que está parada junto a don Sucio. Por cierto, qué piernón, nunca la había visto de falda.

–Manuel…. Mmmm… ¿Quién es don sucio? Caray, Senderos tú no cambias, ¿verdad? Ya, ya vi quién es. Hasta ahora la conozco. ¿Eres su abogado o qué?

–Me buscó hace rato. Yo la conozco desde que era muy chavilla. Su hermano fue mi cliente. No son de acá, son de Veracruz o por ahí.

–Ahí viene. A ver, preséntamela.

–¡Manuel, llegaste!, mil gracias por estar acá.

–Te dije que si podía iba a venir. Mira, reina, te presento al Padre Augusto Pineda.

–Mucho gusto, padre. Ya había oído mucho hablar de usted. A doña Lupe.

–Anais, ¿verdad?

–Sí, sí.

–Yo también había escuchado sobre ti, sin embargo, nunca te he visto por la iglesia.

–Ni me verá, padre. Disculpe la rudeza, pero no soy creyente. Y de hecho espero que no tome a mal que no entre ahorita a su misa. Otra nota mala que voy a dar esta noche. Espero comprenda.

–No te hace daño estar presente, pero como quieras.

–Prefiero no. Esperaré acá afuera, aunque gracias de todas formas.

–Bueno, bueno, voy a pasar a ver a Lupita y a prepararme para la ceremonia.

–Ándele, padre. Nomás pase rapidito cuando vaya por esa esquina, no le vayan a chingar la cartera esos pillos, terció Senderos.

 

Anais le sonrío a Senderos. Senderos le sonrío a la viuda. Ambos dieron tres pasos hacia atrás hasta quedar en la esquina de la fuente.

–¿De veras no vas a entrar? De plano si eres atea, atea.

–Sí. Y no me digas nada. Ya sé que tú eres un devoto irremediable.

–¿Cómo sabes?

–Ay, Manuel, solamente al entrar a su despacho te das cuenta: santos, ángeles, monjas cojas, Santas teresas arrobadas, niñitos jesuses por todos lados. Qué miedo.

–No seas así… mis cuadros son preciosos.

–No estoy diciendo otra cosa, sin embargo, ahí se desvela tu mochería.

–¡Ahora mochería!

–Sí, sí. Mochería. Porque creo, he escuchado que, así como muy santo no eres.

–Aunque no lo creas, no soy mocho. Soy muy creyente y hago oraciones hasta por mis enemigos, aunque no me lo creas.

-Qué hueva, Manuel. Cambiemos de tema, qué bueno que estás acá, en verdad no sabes cómo me reconforta.

–Vine porque eres tú, a mí me choca asistir a estas cosas: odio las bodas, los bautizos, las comuniones y los funerales ni se diga. Pero sé que estás sola. Mira, los ojos de Lupe. Está esperando que la vaya a saludar. ¡Qué cacaloteada está, mano! Hace años no me la topaba. ¿Te dije que en su juventud era un bellezón?

–Eso dices. Yo he visto sus fotos de joven y no se me hace tan maravillosa: una poblanilla más, cara de moscamuerta.

–Si quieres ve a saludarla.

–No, para qué. Si me detesta. Quiere que vaya a saludar por no perder protagonismo. ¿Y dónde está Fernando?

–Allá, mira, junto a la cafetera con Juancho Bojalil.

–Asumadre, ¿qué le pasó a ese pobre cabrón? Parece mi abuelito. Te juro que creo que él es más joven… un año más joven, sí. Íbamos a la escuela juntos, tomábamos teatro con los padres.

–¿A poco don Fernando es más joven que doña Lupe? Esa no me la sabía.

–Sí, Lupe le ha de llevar cuatro años. Increíble que se hayan soportado tantos años. Bueno, cuando un hombre es blandengue, la pareja aguanta. Lupe siempre fue de armas tomar, lo dominó dese el día uno.

–No puedo creer que seas contemporáneo de ellos. Te ves muy bien todavía.

–¿Todavía? Uta… sí, reina, yo podría ser tu papá, fácil. ¿Y qué hacen aquí las ratas esas de los hermanos Torres-Cano? ¿A poco siguieron llevándose con Fernando? Lo que es no tener dignidad, carajo.

–¿Por qué, ¿qué le hicieron?

–Se lo llevaron al baile gacho cuando Fernando se metió de mueblero. En la época en la que Zaraín puso a los vaqueros a ser carpinteros. ¿Ya estabas acá en Puebla cuando el boom del rústico?

–Estaba muy chica, pero sí me acuerdo. Venía cada fin de semana a casa de la hermana de mi papá.

 

En ese momento, unos minutos antes de que el padre encendiera su micrófono para el oficio, entró el abogado de los Amaro, y no pudo evadir encontrarse con Senderos y Anais.

 

–Manuel, cómo estás, buenas noches. Anais, qué tal. Siento mucho tu pérdida.

–Gracias.

–¡Qué pasó, carnal! ¿Ya vienes a hincarle el diente a los Amaro? Si quiera espérate unos días.

–Jajaja, Manuel, Manuel, siempre con ese humor ácido que te caracteriza.

–Te lo digo en serio.

–¿Y tú, qué andas haciendo por acá? No llevas amistad con Fernando, ¿o sí?

–Vine a acompañar a mi clienta, la señora Anais.

–Ah, es tu clienta. ¿Qué le estás llevando?

–Todavía nada. Tú debes saber mejor que nosotros qué planean los Amaro después que pase todo esto. Lupe ya empezó a blandir la daga, por lo que me comentó Anais. Y pues acá estoy, para lo que se ofrezca. Supongo que en estos días nos vamos a estar viendo seguido. No seas canijo y aconseja bien a Lupe. No por quererse quedar con tres pinches metros cuadrados de aire en Angelópolis vaya a querer entrar a un pleito innecesario, ya sabes cuánto tiempo se pierde en esto, y ese tiempo lo debería de aprovechar mejor en cuidar a sus nietos.

–No sé qué quiera hacer Lupe. Yo no estoy acá ahora en plan de abogado familiar sino como amigo.

–Ah, sí. Tú eras de la bola de Fernando en la prepa. Eras de esos ladillas que buleaban a Martincito Juárez. ¡Cómo lo jodían por ser mariconcito!, pero bien que les gustaba darle sus llegues, no te hagas.

–Manuel, si me disculpas… Señora, con su permiso, voy a tomar mi lugar para escuchar la misa.

–Corre. Que te caiga un poco de agua bendita, carnal. La vas a necesitar.

 

Anais no podía aguantar la risa. Manuel era un personaje extraño: por un lado, temido por su violencia en el litigio, pero por el otro, como un adolescente provocador y con un gran sentido del humor.

 

–No tienes cajuela, Manuel. ¿Cómo le dices eso que le daban sus llegues al compañerito?

–¡Es la verdad! Tu suegro, este cabrón, los Téllez y el Juancho ese que está ahí parado con cara de San Charbel, eran unos marranos que a veces jodían al Martincito Juárez, le hacían bromas muy ojetas, pero cuando nadie los veía se le arrimaban y le metían mano. Yo los vi. Por eso notaste cómo se fue corriendo este pendejo. Te dije que era un guango, que me tiene pánico. Tu asunto lo voy a sacar en dos patadas.

–A ver, pues vamos a callarnos. Ya está el padre empezando su sermón.

–¿Por qué haces esa cara cuando dices sermón? ¿En verdad no crees en nada, nada? ¿No eres budista o mística o abrazas arbolitos?

–Nada. Sólo creo que cuando esta vida se acaba, ya no hay más. Por eso la vivo intensamente y no me da miedo probarlo todo.

–¿Todo? ¿Qué es todo?

–Todo es todo, Manuel. Eso que seguramente tú has probado o has deseado, pero que reniegas de ello por pensar en culpas y en tribulaciones.

–¿Todo es todo? Mmmm, me tienes que contar lo que incluye ese todo.

–Te lo voy a contar. Debes de saber lo más posible sobre mí para que sepas con quien tratas. No sólo a ti te tienen miedo estos hipócritas.

–Perdón por lo que voy a decir, pero esta gente no creo que te tenga miedo, más bien te desprecia.

–Manuel: ¿y no en el fondo, el desprecio es una consecuencia natural del temor?

¿Qué haces?

 

Cuando Anais Volteó a su derecha, Manuel Senderos se había hincado como los demás, dóciles y sumisos códeros ante la presencia de El Señor.

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