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domingo, enero 9, 2022
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La Amante Poblana 14

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CAPÍTULO 14

LA VERDADERA SUEGRA

 

Doña Lupe Amaro recibió a su nuera el día que mataron a Fernando.

Después de que Anais le colgara a su amante, recorrió el trecho acordonado que conducía al edificio.

Los curiosos fueron dispersándose rápidamente una vez que vieron que la camionera del Servicio Forense levantó el cuerpo.

No hay algo que le interese más aun chismoso que ver sangre, sangre ajena, por supuesto. Y como la policía ya había hecho lo propio y la gente no podía mirar más que ambulancias, patrullas y paramédicos, el tumulto fue languideciendo.

Anais cruzó la banda de seguridad y fue escoltada por un oficial.

–¿Es usted las esposa del difundo?

–Sí, soy yo. ¿En dónde está?

–Se lo acaban de llevar, señito. Lo siento mucho.

–¿Puedo ver el carro?

–De que puede, puede; de que no se debe acercar, pus no. No está permitido aproximarse demasiado porque se altera la escena del crimen. Su suegro, que fue el que llegó primero, tocó el cuerpo, lo movió. Eso no se debe hacer porque pervierte el peritaje, ¿me entiende?

–Entiendo. ¿Cuántas balas fueron? ¿Sufrió?

–Muchas balas, por eso andan por ahí todavía recolectando los casquillos. Fueron ráfagas. Venían a lo que venían. Armas largas. Narco, seguramente. ¿En dónde estaba usted?

–En el gimnasio. Pero le pregunté si agonizó.

–Muerte instantánea. Le dieron por todos lados, vea nada más cómo quedó la unidad.

–¿Qué esperan para llevarse el carro?

–Oh, pues eso no es tan rápido, señora. Le digo que apenas se está haciendo el peritaje y la recolección de pruebas.

–Ya veo. Pues voy a subir.

–La acompaño.

–¿Es necesario?

–Protocolo, señora.

 

Cuando llegó a su piso, detrás de la puerta se escuchaban los alaridos estridentes de su suegra. Un llanto inhumano, y luego vociferaciones.

Anais no llevaba buena relación con la señora, sobre todo desde que un día la encaró, no para preguntarle, sino para acusarla directamente de engañar a su hijo.

En aquel entonces, Fernando aún se dejaba influenciar demasiado por doña Lupe, sin embargo, fue ella misma quien, después de despotricar en contra de Anais, le pidió a su hijo que no hiciera mayores aspavientos. Ya ella, así dijo, se encargaría de limpiar el mugrerío de vida que llevaba esa costeña advenediza.

Y así fue; cada que se le presentaba la oportunidad, convocaba a fiestas en las que los invitados especiales eran su hijo y Anais, así, mientras la fiesta estuviera en su apogeo, se deshacía en elogios hacia la pareja como para dar entender que si ella, una mujer tan recta y de intachable reputación metía las manos por su nuera, los demás debían hacer lo mismo y callarse la boca.

Lo que sucedía una vez terminadas esas fiestas era que la señora envenenaba el ambiente para provocar los celos de su hijo.

Una especie de castigo sin venganza real.

El juego surtió efecto al principio, pero llegó el día en que, sorpresivamente, Fernando le quitó el poder a su madre y le dio el lugar a Anais. El vuelco se dio una vez que la pareja confrontó el problema cara a cara y se sacaron sus trapitos mutuos.

La verdad siempre es el método más eficaz para desactivar el chantaje, y Anais, harta de tener que lidiar con esa serpiente venenosa, le puso un ultimátum a Fernando: o me aceptas con lo que ya sabes, o me voy.

Si bien Fernando hacia el exterior parecía tener un ego robusto, la realidad era que Anais ejercía un encanto sobre él. La consideraba inteligente y una pieza clave para cerrar muchos negocios. Lo que dista mucho de poderlo calificar como un pusilánime.

A partir de que Fernando dio un manotazo en la mesa, a doña Lupe no le quedó de otra más que tragarse su orgullo herido de madre y tomar distancia, eso sí, nunca dejó de defender a su nuera de dientes para fuera en las reuniones del libanés ni en la jugada.

Ella repetía para sus adentros que Anais era una puta sin remedio, pero la puta sin remedio seguía siendo parte de su familia, y hubo que camuflar el encono. Soportó años la pena de imaginar a su hijo con una cornamenta de alce, sin embargo, ahora que era una madre huérfana, las cosas iban a cambiar.

–Hola señora. No puedo imaginar la pena que debe estar sintiendo, dijo Anais al cruzar el umbral.

–Eres una desvergonzada, una maldita. No tienes idea de lo que me está pasando por dentro; me estoy pudriendo. ¡Y llegas como si nada! ¡No te veo llorando, mijita! ¡Te ves entera! ¡Claro, ya te lo quitaste de encima!

–Señora, le pido que no me agreda. Eso es todo. Está usted en mi casa, sé que está fuera de sí por lo que pasó. Sólo quiero lleva la fiesta en paz en estos momentos.

–¿La fiesta? Claro, la fiesta. La muerte de mi hijo te viene como anillo al dedo.

–Puede quedarse si quiere a esperar a su esposo. Yo voy a mi cuarto para cambiarme e irme a ver lo de la velación.

–¿Ya te urge enterrarlo? ¡Dios mío!, no sé en qué momento Fernando perdió la cordura y se casó contigo. Todavía está su cuerpo en la morgue y ya quieres despacharlo haciendo de su muerte un coctel social.

–A ver, doña Lupe: es mucha su pena, y lo entiendo. Yo no tengo porqué mostrar mis sentimientos con usted. Y aquí la única que hará de esta tragedia un evento para causar lástima y aventar veneno en Valle de los Ángeles es usted. Ya estuvo bueno de insultos. Vámonos respetando. Y como no me soporta, lo mejor será que guardemos distancia en lo que esto acaba.

–Me parece bien. Estoy destrozada, y eso no lo vas a entender nunca porque eres una egoísta de primera que ni siquiera le pudo dar un hijo a mi hijo.

–Ahí se queda doña Lupe. Y por favor, si va a rezar hágalo en silencio. No soporto escuchar rosarios ni lamentaciones. ¡Ah!, y cuando se vaya vacíe su cenicero en la basura.

–A mí no me vas a dar órdenes. Yo rezo como quiera porque es la casa de mi hi-jo. Acuérdate bien que tú no tienes nada, Anais. Así que más vale que vayas viendo a dónde te vas a largar después de que esto acabe… faltaba menos.

Atea desgraciada.

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