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sábado, enero 10, 2026

Poesía a la tabla

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ROALD HOFFMANN

Maestro olivarero

 

El maestro olivarero vetó su significado

          a propósito, cuestión del hábito hispano, pero

              acabó aflorando, como las amapolas silvestres. 

Dijo que se iría a pasar la noche

            al acecho de los lobos por los olivares —

                      quién se lo iba a negar — y llevó consigo 

una hoja de Toledo (¿o era damascena?); no
había lobos, pero las palabras le hirieron,

                         dijo más tarde, con su doble filo acerado. Esto

sembró incredulidad; disfrazado, disimulado bajo

          las pardas arrugas de la naturaleza, como él iba. El marrano
      soñó que se balanceaba colgado de una larga soga 

           sobre una caldera, cautivo en la fría esperanza
        de alcanzar un borde, preguntándose a cada pasada

                         de quién era la mano divina en el fulcro.

Por qué no visité
el campamento

 

Mi hijo me dio

un broche de salamandra; 

escribió, papi, tú

como la salamandra

has atravesado el fuego.

 

Yo no, fue otro. ¿Quién

dijo, como nos quemamos, 

ardemos, pero por qué no 

ardemos con humo espeso, 

con llama más grande?

 

Hoy, controlamos 

el mercurio

en los crematorios; allí, 

sonrío, lavamos

las cenizas en agua 

para separar el oro.

 

La memoria está helada

en una pátina picada de viruelas, 

el flujo viscoso detenido

en gotas oscuras, estrías 

tapizadas de negro. No 

necesito ver el horno 

para saber que esta olla 

ha pasado por el fuego.

Fritz Haber

 

Inventó un catalizador para extraer kilómetros cúbicos 

del nitrógeno del aire. Fijó el gas

con viruta de hierro; fabricas alemanas siguieron 

en tropel, produciendo toneladas de amoniaco,

 

y fertilizantes, meses antes que las vias maritimas

al salitre chileno y al guano fueran cortadas,

justo a tiempo para acumular existencias de pólvora,

explosivos para la Gran Guerra. Haber sabía cómo trabajan

 

los catalizadores, que un catalizador no es inocente, que 

se involucra, para allanar una cima o socavar
una loma crítica, o que, extendiendo brazos
moleculares a los socios, en las más difíciles

 

etapas de la reacción, los acerca, facilita

la deseada formación y ruptura de enlaces.

El catalizador, renacido, se levanta otra vez

a su celestineo; una libra barata del bruñido hierro

 

de Haber podría producir un millón de libras

de amoniaco. El Consejero Privado Haber del Kaiser

Wilhelm Institute se vela a sí mismo como un catalizador 

para terminar la guerra; sus armas químicas

 

llevarían la victoria en las trincheras; quemaduras

y pulmones calcinados eran mejor que las balas

dum-dum, la metralla. Cuando sus hombres abrieron 

los tanques de cloro, y un gas verde se volcó

al amanecer sobre el campo en Ypres, cuidadosamente 

tomó notas, olvidó las tristes cartas de su esposa.
Después de la guerra, Fritz Haber en Berlín sonó
con mercurio y azufre, el trabajo de los alquimistas

 

apresurando al mundo, transformándose a sí mismos. 

Se preguntó cómo podría extraer los millones
de átomos de oro de cada litro de agua
transmutando el océano en lingotes apilados

 

contra la deuda de guerra alemana. Y el mundo, bueno, 

estaba cambiando; en Munich uno podía oír
las botas de los camisas pardas, uno pagaba

miles de marcos por una comida. Un catalizador de nuevo,

 

eso es lo que encontraría y encontró – él mismo,

en Basilea, la ciudad extranjera en las riberas

de su Rin, ahí se encontro a sí mismo, el Consejero

Haber, protestante, ahora el Judío Haber, un hombre

transformado y moribundo, en la ciudad del astuto Paracelso.

*

 

Me pregunto si los teóricos del flogisto 

eran amantes, si todo empezó cuando 

se encendieron, como la hierba parda

 

sobre las colinas de aquí al norte.

Hace falta tan poco, un toque, para arder.

Lo percibieron correctamente, los astutos Becher

 

y Stahl, el principio es el fuego.

La madera, el carbón, y los amantes, y el metal 

también son ricos en él, es lo que se

 

expele en una llama. Y la materia

abandonada, cenizas consumidas (y también 

acertaron en la combustión lenta de la

 

herrumbre), se vacía, laxa, parche

de un tambor desafinado. Un agente 

inconstante en el corazón de esta

 

verosímil teoría, a veces libre, a veces 

combinado con la base, deseando

escapar, pero a menudo retenido, encarecidamente.

 

Su pérdida puede negar el peso, como tú

encendiéndote sobre mí. Puede añadir toneladas, 

la idea de que este día agotador terminará.

ROALD HOFFMAN

Químico de la Universidad de Cornell, obtuvo el premio Nobel de la especialidad en 1981 por sus trabajos seminales acerca de la transformación estructural de las moléculas reales y probables. Entre sus numerosos libros se encuentra Catalista. Poemas escogidos, Huerga y Fierro, Madrid, 2002.

 

FRANCISCO  GARCÍA OLMEDO

 

Suma

 

La sorpresa

de lo improbable,

la aparente seguridad de lo metódico,

 

el fulgor

de lo nuevo,

 

la belleza

de lo efímero,

 

la abreviada alquimia de lo sexuado,

 

la levedad molecular de lo dominante,

la paz en fuga de lo maduro,

 

la certeza

de lo mineral.

 

El todo

menos que la suma

de los dispares elementos. El dios debía saberlo.

Copenhague

A Niels Bohr, In memoriam

 

Después del inútil pacto entre tus hijos,

de la esforzada conciliación

entre las infinitas diferencias y el damero, 

la última cena y aquel memorado paseo 

por el inhóspito bosque de Faelledpark, 

la enajenación definitiva

y la fría, inevitable traición de tu preferido.

 

Una fina lluvia de silencio 

pudrió para siempre
los términos exactos
de aquel desacuerdo.

Él supo ver lo imposible 

de percibir a un tiempo 

la belleza y la gracia 

de la mariposa,

pero no intuyó 

tu razón

ni tu mano tendida

aquella noche de otoño.

Grises palomas

Si tanto te urge, búscala,

pero no lo hagas

por los caminos errados 

de los que pretenden 

haberla vislumbrado. 

Investiga bajo el cero, 

no en el infinito

o en la falsa belleza 

de los algoritmos.

Busca detrás de la nada, 

no en el desierto

o en la aparente perfección 

de la piedra.

Busca donde no alcanzan 

las raíces de lo expresado, 

en lo negro sin dimensiones. 

Tampoco la busques

en el edificio en llamas 

sino en sus cenizas. 

Si tanto lo deseas

parte ya, pero no esperes 

que yo te acompañe

o que comparta tus lágrimas 

porque quiero quedarme 

entre estos dos hemisferios 

como espejos enfrentados 

y contemplar

cómo levantan el vuelo

las palomas grises

en la tenue penumbra.

Cultura emergente

En las apartadas islas de Nueva Caledonia, 

en una Atenas huida hacia las nubes,
unos córvidos han dado razón de su razón, 

concibiendo nuevas artes para la muerte, 

y han acertado a romper

el monopolio cultural

de los endiosados primates.

 

Una bandada de oscuros pájaros 

cortó el crepúsculo en Muroroa 

sin que los ávidos reporteros 

captaran el ominoso presagio.

FRANCISCO  GARCÍA OLMEDO

Connotado biólogo molecular de la Universidad Politécnica de Madrid, novelista y poeta, Es miembro de la Academia Europaea. Se hizo merecedor del Premio de la Real Academia de Ciencias en 1989 y el Premio a las Ciencias de la CEOE, en 1991. Es autor de los ensayos La tercera revolución verde (Debate, 1998), Entre el placer y la necesidad (Editorial Crítica, Colección Drakontos, 2001), y El ingenio y el hambre (Crítica, 2009); del poemario Natura según Altroío (Huerga y Fierro, 2002), y de la novela Notas a Fritz (Tabla rasa, 2004).

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