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viernes, marzo 20, 2026

De los anamorfismos a las falsedades profundas

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Rosalía Pontevedra

 

Manipular imágenes a fin de engañar la vista no es algo nuevo, no es un fenómeno que haya comenzado en la era digital con las falsedades profundas o deepfakes generadas mediante IA.

Desde antes del Photoshop, cuando la fotografía se procesaba en cuartos oscuros de manera analógica, física, empleando sustancias químicas, charolas, ganchos de la ropa para colgar las imágenes en papel sensible a las emulsiones, su poder evocador ya era utilizado con intenciones de confundir al espectador por razones ideológicas o simplemente en son de burla.

Los fotógrafos se vieron tentados a manipular las escenas captadas por sus cámaras, como si éstas fuesen la puerta a un mundo fantástico, casi real. De hecho, no fue sino hasta la década de 1930 cuando la fotografía comenzó a profesar cierta fidelidad a los hechos al utilizarse como medio de enterar al lector de culturas lejanas y sucesos notables.

En fecha reciente, el Museo Rijks de la ciudad neerlandesa de Amsterdam, abrió en una de sus salas una exhibición temporal de algunas fotografías tomadas entre 1860 y 1940, las cuales forman parte de su acervo. Dichas placas se montaban en “tarjetas de visita”, muy populares durante la era Victoriana. Así, una joven pareja, ella una hilandera y él un campesino, sueñan con un futuro prometedor, escena reflejada en la pared del taller. En otra un hombre, sorprendido, se encuentra con su espectro, al cual solo le vemos la cabeza, mientras el cuerpo se halla envuelto en una sábana blanca. En alguna más, preludiando el surrealismo, un hombre lleva en una carretilla la cabeza gigantesca de un hombre que fuma un cigarro.

¿Acaso la fotografía ha dicho alguna vez la verdad? ¿Son momentos congelados de la realidad en movimiento? Incluso el cine y el vídeo pueden ser distorsiones de la memoria.

Si bien es cierto que las trampas al ojo no aparecieron con las redes sociales y el desarrollo acelerado de la IA generativa, como pretenden darnos a entender los curadores del Rijks, también es verdad que algo ha cambiado en forma dramática. Pongamos por ejemplo los anamorfismos, juegos ópticos que se pusieron de moda durante el Renacimiento europeo. Su intención era juguetear con la perspectiva, la luz especular, las formas de los objetos. Algo similar sucede con las fotografías de dicha muestra. Buscan hacernos reír, sorprendernos ante el manejo magistral del truco.

En las deepfakes del siglo XXI ya no es un artista el que trata de mostrar un talento para entramparnos la vista; es alguien que aprovecha de manera mal intencionada el poder de los algoritmos entrenados para copiar la realidad sin constreñirse al contexto. No desea sorprendernos, sino mortificarnos. En el peor de los casos, cualquiera que tenga recursos monetarios suficientes para pagar una versión premium del programa y el prompt acertado podrá conseguir una “obra de arte”. Ya no se trata de maravillarnos dentro de los límites de la realidad, sino de hacernos dudar.

La exposición mencionada recuerda la manera como el paranoico José Stalin adulteró una famosa escena. A la izquierda vemos una de las fotografías tomadas por G.P. Goldstein, en la que Vladimir Ilich Lenin arenga a las tropas que habrán de partir hacia el frente polaco. De pie, en unos escalones del templete, encontramos a Leon Trotski y Lev Kámenev. Tiempo después, una vez declarados enemigos del Estado, por órdenes del dictador, Trotsky y Kámenev son borrados del registro, como se muestra en la foto de la derecha; no es la misma toma, pero sí la escena. Como puede verse, la imagen fue retocada. Los amigos de Lenin han sido reemplazados por peldaños de madera.

 

 

Rosalía Pontevedra

Escritora de ciencia, radica en Madrid.

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