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domingo, febrero 25, 2024

Limpia, limpia, guarda todo en su lugar. . .

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Cada que cierra un año me da por hacer limpieza de clóset. Lo que no usé, lo que ya no me queda, lo que ya no me gusta, lo separo para darle espacio a nuevas cosas, además —según Mary Kondo— cada que ordenas, estableces un diálogo interno y, como consecuencia, estabilidad emocional. Sin embargo, antes de que la Gurú del orden existiera, hubo otras dos Marys en mi vida, mi madre y mi abuela. Las dos, enfermas del orden y la limpieza, la primera por su fascinación al olor del Pinol y, la segunda, Mary por necesidad. 

Mi abue Mary limpió casas para mantener a sus siete hijos cuando el abuelo cayó enfermo y después murió. Mientras me enseñaba a hacer sopa de fideos o a lavar baños, me decía que cada patrona tiene sus mañas, los patrones son o libidinosos o ausentes, luego ni los buenos días te dan —decía con cierto coraje—, pasaban a un lado de ti como si no existieras y los niños se convertían en mis hijos.  

Mi abue alimentaba hijos mientras mamá se cocinaba un huevo (solo uno) antes de irse a la primaria vespertina   

Mi madrina también fue limpiadora de casas de ricos, de gente muy rica y siempre se encariñaba con los hijos de los patrones. De ahí mi segundo nombre que casi no uso y la mayoría desconoce, Lizeth. 

Mi tía fue la cocinera personal de los dueños de una famosa cadena de restaurantes de comida mexicana. A ella le tocó hacer comilonas de 30 o 40 personas un jueves por mes y las cenas de Navidad. A mi tía le dio cáncer y los patrones le dieron las gracias. 

Gracias a esas historias de terror, tenemos la costumbre de tratar al personal de servicio dignamente. Entiéndase “personal de servicio” como toda aquella persona que ofrece algún tipo de mantenimiento en casa: carpintero, albañil, fontanero o electricista. Tere, por ejemplo, lleva 10 años conmigo, le tocó verme como intento de madre para mis dos hijos y ahora como intento de escritora. Me ha limpiado lágrimas y yo a ella. Le expliqué la menopausia, la diagnostiqué con Covid y, a cambio, me trajo frutos de sus árboles. Somos familia. 

Cuando me topé con el libro de Alia Trabucco Zerán, Limpia (Lumen, 2023) pensé que se trataría de una novela sobre las mujeres y nuestra labor no reconocida y no remunerada en casa. No me equivoqué del todo. Hay una voz, sí, de una mujer, sí, no reconocida y mal pagada, sí. Es la voz de Estela, una mujer joven que deja el sur de Chile para irse a vivir a la ciudad como empleada doméstica.  

A ella, como a tantas mujeres, la contratan con el fin de limpiar una casa y termina haciendo las veces de nana, secretaria y enfermera. La narración es en primera persona, un monólogo de más de 200 páginas en las que va contando su versión de cómo y por qué cree que la niña de la casa murió.  

El libro apenas empieza e intuyes la trama. La niña se murió y la principal sospechosa es la sirvienta, la criada o la chacha, es que no mientan queridos hipócritas lectores, todos en algún momento hemos llamado así a la señora de limpieza. 

¿Quién si no ellas para ser culpables? 

Los anuncios al respecto bien lo dicen: “Se solicita muchacha de confianza con referencias”. 

A través de Estela, Alia Trabucco cuestiona a ese lado de la sociedad que despersonaliza a las mujeres trabajadoras mediante el eufemismo de empleadas domésticas, cuando en realidad son esclavas del hogar que se curan el dolor de espalda o de pies, tras las puertas de un cuarto siempre contiguo a la cocina o a lavadora. Como para que no olviden que ocupan el mismo lugar que un electrodoméstico.  

Robotina de los Supersónicos se queda corta. 

Otro dedo en la llaga que Trabucco logra magistralmente: la crianza en las altas esferas. Estela, pues rescata a la patrona de su depresión postparto haciéndose cargo de la niña y a la niña de unos padres exigentes mediante la complicidad. Como si la ecuación fuera sencilla, padres ricos y exitosos es igual a hijos extraordinarios. La competencia en la escuela por ser el mejor promedio, por aprender a tocar algún instrumento, por saber uno o varios idiomas, por destacar en el deporte. Una agenda llena sin espacio para el juego, el desparpajo o la vagancia de cualquier niño común y corriente.  

Y por supuesto la soledad y el desapego de la familia, narrados desde los ojos de la que limpia, porque ¿a poco no? ellas son las que mejor conocen el teje y maneje de lo que sucede dentro del hogar. 

 Ahora que empezó el Maratón Guadalupe Reinas, Limpia es uno de esos libros para leer de corridito y que les estruje el corazón. ¡Felices Fiestas! 

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