La siguiente historia es absolutamente real.
Los personajes son reales.
Sólo sus nombres han sido cambiados para proteger a los inocentes.
Lucio dejó de hacerle el amor a Pía Luna cuando sintió que sus nalgas operadas se habían vuelto más flácidas que la papada del Papa Francisco. Ella empezó a sentir el rechazo camuflado en pretextos inverosímiles.
—Me duelen las hemorroides, Pía. No me concentro
—¡Pues ya opératelas! ¿Qué esperas? Ve con el doctor Hugo Morales. Dicen que es buenísimo.
—Me da pánico que alguien me vea el culo floreado. Ya inventarán algún medicamento que las destruya.
Por esos días conoció a Gabriela. La vio con un grupo de amigas en la terraza del restaurante La Noria. Lo primero que halló fue un rostro bronceado con leves, pero elegantes arrugas. Luego bajó la vista a su cuello. Era perfecto. Tenía la proporción adecuada entre su largo y ancho en relación con la cabeza y los hombros.
Luego bajó a los pies. ¿Qué esperaba? Unas sandalias blancas que hicieron juego con su vestido de lino. Y no. Lo que halló fue dos hermosos pies desnudos que jugueteaban al lado de las sandalias. En ese momento descubrió que tenía una erección como las que ya no le provocaba Pía Luna.
Gabriela sintió la mirada de Lucio y sonrió nerviosa. Él correspondió con un movimiento de cabeza y un guiño sobreactuado. Ella se sonrojó. Él atacó de nuevo brindando con su old fashion y su vermú 2 pe eme. Pía interrumpió el galanteo con una palmada en la espalda y un comentario vulgar: “Veo que ya no te arde el culo”.
Lucio se las ingenió para conseguir el celular de Gabriela. Esa noche le mandó un WhatsApp provocador: “Me encantaría pintar a la mujer más bella de Puebla”. Antes le dio contexto: “La vi hoy en La Noria y quedé deslumbrado. Me temo que he tenido un desajuste en las córneas ante su deslumbrante hermosura”. Ella lo dejó en visto, aunque durante días miraba el mensaje una y otra vez, y hasta lo compartió con sus amigas. Una de ellas le dio razón de Lucio con pelos y señales. Lo que no le dijo es que padecía esquizofrenia y hemorroides. Eso le habría ahorrado una agonía de tres días, ocho costillas rotas, fractura de fémur, muñecas, hombros y cadera.
*
Tras dejar a Pía Luna, Lucio le propuso a Gabriela Pandal que se fueran a vivir juntos. Ella dudó al principio, pero terminó aceptando. Se fueron a la residencia que él tenía en La Encomienda: una casa de dos plantas, tres recámaras, sala de televisión, cocina, muchos baños, terraza, un estudio y cochera para cuatro autos.
El sexo y los cariñitos abundaron los primeros meses, pero pronto la relación salió de una curva aperaltada y entró en una curva peligrosa: demasiado inclinada y con escasa visión. ¿Qué ocurrió? Que Gabriela halló en un baúl pomadas de todo tipo para enfrentar las hemorroides —cosa que le produjo risa—, y medicamentos para la esquizofrenia y la bipolaridad —Clorpromazina, Flufenazina, Haloperidol y Perfenazina—, cosa que le generó una gran preocupación.
Al principio no dijo nada, y se dedicó a observar a Lucio. Lo primero que descubrió fue un hilillo de sangre en el sanitario de visitas. Pero lo que le preocupó fue un dolor de cabeza que lo tuvo de pésimo humor durante tres días. Al siguiente fin de semana, ya recuperado, le propuso ir a una fiesta swinger en plan de observadores. Pese a su resistencia, terminaron yendo. Casi al final de la fiesta, Gabriela lo vio besando a la esposa de uno de sus mejores amigos. No fue un beso inocente, fue un beso muy carnal. No le gustó nada. Y lo que definitivamente le hartó fue que otro amigo de la casa le susurrara algo inapropiado al oído mientras le decía que era un hembra muy sensual.
A esa fiesta le siguieron otras que terminaron siendo más audaces. Lucio le recriminaba todo el tiempo su estúpido puritanismo. Ella se resistía a entrar a ese círculo vicioso. Una tarde, en el estudio Rothko del Distrito de Las Ánimas, Gabriela vio cómo él tenía sexo oral con la amante de uno de sus amigos, quien celebraba la escena. Éste quiso excederse con ella. Se negó tres veces. Lucio montó en cólera y le gritó. La escena terminó en la casa de la Encomienda con varias cachetadas y bufidos. Ella devolvió los insultos con un grito que le salió del alma: “¡Eres un esquizofrénico!”. Y abrió el baúl y aventó los medicamentos al piso.
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Lucio la tomó del cabello, le dio un par de cachetadas y la quiso bajar por la escalera a la fuerza. Gabriela resistía entre gritos ahogados. Él estaba fuera de sí. Y con su fuerza la llevó entre nuevos y más vulgares insultos: “¿Sí sabes que eres una puta reprimida, amorcito? ¿Sí lo sabes, pendeja? ¡Hoy te voy a dar una lección inolvidable, pirujita de quinta!”. Y en ese momento, tras golpearla brutalmente, la lanzó por la escalera.
Minutos después, tras darse una ducha con agua helada, Lucio bajó a ver a Gabriela. La imaginó limpiándose las lágrimas y curándose los moretones. No fue así. Ella estaba inmóvil al pie de la escalera al tiempo que la sangre manchaba la alfombra beige. No eran unas gotas. Era un charco de sangre cargado de mucha hemoglobina. Respiró profundo. Le tomó el pulso. Las señales de vida eran débiles. Un quejido agudo acompañaba la escena del crimen. Lucio respiró otra vez. Respiró como los yoguis, tal y como Pía Luna le enseñó. Entonces soltó un grito que despertó a medio vecindario. La versión, su versión, fue que Gabriela Pandal había caído sola por la escalera. La gente le creyó. Incluso los familiares y amigos de ella que lo acompañaron al Hospital Ángeles. Ahí estuvo tres días luchando por sobrevivir. No pudo. Luego de tres días de agonía su cuerpo colapsó. Nadie podía imaginar que Lucio, tan ligado al arte, fuese un asesino. Cualquiera menos Lucio.
El médico legista se negó a incinerarla: había huellas de golpes, no los que se dio Gabriela debido a la caída por la escalera. Otros golpes. Lucio estaba consternado. No dejaba de llorar. De pronto, sin decir nada a nadie, desapareció de Valle de Los Ángeles. Nadie volvió a saber nada de él. El legista confirmó sus sospechas: Gabriela fue golpeada antes de caer.
La Fiscalía abrió una carpeta de investigación en mayo de 2018. Lucio se convirtió en prófugo de la justicia. Cinco años después —en junio de 2023— por fin lo hallaron. Sin tener 60 años de edad y no haber acreditado una enfermedad crónico-degenerativa, fue enviado al Centro Penitenciario Temporal para Adultos Mayores, ubicado sobre la carretera federal a Izúcar de Matamoros.
El 10 de octubre de 2023, los abogados del presunto feminicida alegaron que su cliente padecía hemorroides, causa que consideraban grave en aras de modificar la medida cautelar de prisión preventiva oficiosa. La estrategia de que llevara el proceso penal en libertad fracasó. Un año después, en noviembre de 2024, se llevó a cabo una nueva audiencia. Un juez de control, pese a no contar con atribuciones para contradecir el dictamen, lo dejó libre. El cambio de medida cautelar incluye un brazalete electrónico. La muerte de Gabriela Pandal había quedado impune. En apariencia.
Hace unos días, Lucio fue castigado por la mano firme de la ley. Un juez determinó que Gabriela no rodó accidentalmente por la escalera, sino que una mano —la de Lucio— la empujó con la fuerza del demonio.



