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viernes, agosto 12, 2022
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Trama burlesca del periodista que confundió un mingitorio con un sombrero Panamá

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Conozco muy bien a la autodenominada prensa crítica e independiente de Puebla.

Uno de estos ejemplares, por ejemplo, no tuvo empacho en cobrar sin trabajar (fue aviador, pues) durante cuatro o cinco meses, en virtud de que un gobierno estatal lo había vetado.

Media hora de cervezas bastó para que su riguroso código ético se doblara y aceptara el trato de cobrar sin trabajar.

Yo mismo le ofrecí salidas a su situación:

“Firma con seudónimo en lo que pasa la marea”, le propuse.

No quiso.

Prefirió la opción B.

(El lado B).

Es decir: cobrar sin trabajar una temporada.

Este mismo personaje, por cierto, estaba en contra de la guerra de Felipe Calderón, pero no tenía empacho en tener un dealer de drogas que a cualquier hora del día le llevaba cocaína a su departamento de reportero de izquierda.

Hay más casos que podría compartir con el hipócrita lector, pero prefiero entrar en materia.

Este lunes me enteré que después de una temporada de receso, el portal Lado B había vuelto por sus fueros periodísticos a través de una serie de opiniones, no reportajes, sobre la relación prensa-poder.

Sergio Mastretta es uno de los nuevos colaboradores.

Como supuse que hablaría de mí (soy su obsesión de un tiempo a esta parte), me puse a leerlo.

Recuerdo al Mastretta lúcido de los años ochenta, que, con una prosa cuidada, llegó a escribir la mejor crónica periodística de Puebla en las páginas de Cambio, cuyo director era Fernando Alberto Crisanto.

Enviado especial en las elecciones de Nicaragua, en 1990, le adjudicó por error el triunfo a Daniel Ortega, del Frente Sandinista, cuando la ganadora había sido Violeta Chamorro.

Ese tropiezo lo marcó hasta hoy.

Y es que no se puede ir a cubrir una elección con la brújula descompuesta.

El Mastretta de los años siguientes perdió la capacidad crítica, la buena prosa y la claridad en la escritura.

Sus crónicas se volvieron farragosas.

Gracias a los buenos oficios de su cuñado, Héctor Aguilar Camín, se hizo de una radiodifusora en Puebla en los años noventa.

Ahí ensayó el periodismo radiofónico durante algunos años y se olvidó del periodismo escrito.

Tras venderle la estación a Pedro Ferriz de Con, nuestro héroe regresó a la escritura.

Malas noticias: las musas lo habían abandonado.

Años después abrió una página de internet —Mundo Nuestro— y ahí perseveró en recuperar al Mastretta luminoso de los años ochenta.

No pudo.

Las musas no suelen regresar.

Son veleidosas.

Con esa misma prosa farragosa se volvió defensor a ultranza de Enrique Cárdenas en 2019.

Fue su impulsor principal, su vocero, su jefe de giras.

Organizó cafés y comidas para enriquecer el equipo de campaña, ofreció cargos en el futuro gobierno del estado, atrajo a dos o tres cartuchos quemados.

Una vez que Cárdenas perdió, montó en cólera y dotó a sus escritos de nuevos elementos: la bilis y la frustración.

Escribió dos o tres libros para la fundación de Claudio X. González presidida a nivel local por Cárdenas: Puebla Contra la Corrupción y la Impunidad.

En uno de esos libros, me dedicó párrafos enormes, que, en su momento, respondí puntualmente.

Hoy, con ese mismo material —visiblemente reciclado—, vuelve a hablar de mí.

No dice nada nuevo, pero ha dejado ver algo en su obsesión: busca ser mi biógrafo.

Desde aquí lo autorizo para que publique una biografía, aunque sea reciclada, en algunos años.

Por lo pronto lo dejo vivir en la esquizofrenia de ser cuñado de Aguilar Camín, matraquero de Cárdenas, escribano de Claudio X y esposo de una funcionaria del gobierno de AMLO.

Terrible.

Bebamos.

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